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El ‘clan de los gallegos’ se le cae a Sabalza poco a poco

Por José Mª Esparza 24 febrero, 2018 - 9:05

Los jugadores quieren, luchan a destajo, pero no pueden. Todos les dicen que son la mejor plantilla de Segunda, y ellos también están convencidos de ello, por lo que algo falla, y mucho.

Los jugadores del Sporting celebran uno de los dos goles a Osasuna este viernes en El Molinón. FOTO: LALIGA123
Los jugadores del Sporting celebran uno de los dos goles a Osasuna este viernes en El Molinón. FOTO: LALIGA123

Lo peor de la derrota en Gijón no son los tres puntos, pese a la importancia que tienen. Lo que más duele es el golpe anímico, la sensación de superioridad que dejó el Sporting. Los gijoneses dieron un repaso a Osasuna en cualquiera de las facetas a considerar, sobre todo en la táctica. Tuvieron las ideas más claras. Sabían muy bien qué buscaban y cómo conseguirlo. Con un pelín más de acierto firman un resultado de escándalo que, además de aumentar el sonrojo rojillo, habría dilapidado lo único que dejaron inconcluso, el ‘goal-average’. Lo tenían en contras y ahora igualado, el único consuelo del osasunismo. Algo es algo, desde luego, aunque sepa a tan poco.   

Ciertamente, a Diego Martínez se le trastocaron los planes a los cinco minutos. Los gijoneses se adelantaron en un clamoroso fallo defensivo de Aridane, que marcó mucho el partido. Pesó como una losa. El Sporting pasó a sentirse cómodo, y los rojillos a dejarse el alma y asumir dosis importantes de riesgo. La defensa quedó con tres al convertirse Clerc en un delantero más obligado por las circunstancias.

Sin embargo, Osasuna no creó peligro, no mordía. Ni llegaba. Salió con ímpetu renovado en la segunda parte, pero pronto se apagó, mientras los locales encontraban pasillos con relativa facilidad.

El técnico rojillo reordenó esquema con Coris por delante de Lillo, y Barja de Clerc, es decir, con un 4-4-2 más reconocible que, sin embargo, pronto desapareció con Rober Ibáñez en vez del desinflado Barja, y finalmente con el cambio de Miguel de las Cuevas por Lillo. Difícil aclararse de a qué jugó Osasuna los veinte minutos finales. Pese a qué Ibáñez inquietó algo con sus ganas, el equipo hacía aguas por los cuatro costados. Osasuna se alejó del portal de Mariño, y pasó a verse dominado por los muchachos de Rubén Baraja, más acertado con su planteamiento.

Escrito ha quedado mil veces que el comportamiento de este equipo no depende del 4-4-2, del 3-3-2-1 o del 3-2-3-2. Al final siempre juega igual. Su comportamiento solo varía según se vea obligado por el rival. No muestra personalidad, se arredra. Fuera de casa es tan poco lo que propone que hasta le puede salir bien, pero en Pamplona, que debe proponer sí o sí, normalmente le sale mal. Y el próximo visitante es el Cádiz, uno de los clubes amigos de Fran Canal, y de Quique Pina. Donde ahora milita Fausto Tienza.

Pero antes de volver a hablar de Fran Canal, un aviso para navegantes. A los jugadores se les vio muy enchufados en El Molinón. Lucharon hasta dejarse el alma. Quisieron, pero no pudieron. Los resultados no llegan, no se corresponden ni con cómo los buscan ni con la calidad que reconocen tener. 

Todavía queda mucha temporada, hay tiempo para todo, pero así como el partido del Sporting resultó el mejor faro de la primera vuelta, el equipo gijonés puede cambiar las tornas en esta segunda. Se abre una brecha entre lo que propone el entrenador y lo que son capaces de hacer los jugadores.  Si la confianza se rompe, las botas pesarán una barbaridad.

El clan de los gallegos hace piña. Los jugadores no son tontos y también lo ven. Si bien Braulio pudo parecer discordante, en su última rueda de prensa, cuando se desentendió de la planificación del Promesas (retratando a Canal) o criticando el partido del Rayo (puyita a Diego), lo cierto es que su mensaje quedó tan forzado y previsible como los  planteamientos del míster. Así, entre uno, otro y el ‘factotum’, siguen sin dar con la tecla.

El objetivo no está inalcanzable, pero se aleja. Y que no vengan con hacer bloque y demás trapalladas. Aquí el único objetivo se llama ascenso. Fran Canal lo tiene bien claro, en el ascenso estuvo su apuesta inicial, como la de todos. Ahora, a salvar la silla si el escenario cambia.

El partido del Cádiz resultará clave. Cita precedida de la asamblea para la recompra del patrimonio, ahora objetivo prioritario. No había prisa alguna, pero han cambiado las tornas. Fran Canal sabrá. Anda tan preocupado en su política de planificación y control interno que, pese a la ayuda del directivo que se va pero se queda y quisiera de presidente, la camiseta de Osasuna,  objetivos prioritario de su gestión, seguía vacía en El Molinón.

Tras el fiasco de Gijón, esta semana se presentará a bombo y platillo al nuevo patrocinador, Euskaltel, según fuentes solventes. El ‘factotum’ debería aprovechar para explicar su aportación real. Y si el arrebato de sinceridad le llega más lejos, recordar qué pasó con el frustrado patrocinio de Sportium. Entonces nadie hablaría de la derrota de Gijón.

Habría temas más jugosos para los compromisarios, ahora más divididos tras la salida de la Federación de Peñas del entramado Sadar Bizirik, es decir, del control de los amigos de Fran Canal y, por tanto, del propio ‘factotum’. El clan de los gallegos se hunde poco a poco. Puede recoger brillo, pero… el problema es qué dejará cuando desaparezca.


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