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Puñetazo en la mesa, y bien fuerte, en La Rosaleda

Por José Mª Esparza 12 marzo, 2019 - 0:07

El carácter resulta necesario, pero no basta por sí solo para superar con nota una reválida tan exigente como la de Osasuna en Málaga.

Los jugadores de Osasuna celebran la victoria ante el Málaga en su partido disputado en el estadio de La Rosaleda. LA LIGA123
Los jugadores de Osasuna celebran la victoria ante el Málaga en su partido disputado en el estadio de La Rosaleda. LA LIGA123

Más incluso que el golpe de efecto o el puñetazo en la mesa bien dado, la victoria de Osasuna en Málaga deja sensaciones futbolísticas de altura. En un escenario como La Rosaleda, ante el equipo de mayor presupuesto de la categoría, que sabe jugar a fútbol, con poderío,  que había calentado el partido con aires de revancha durante la semana… En fin, que la derrota no podía sorprender a priori, y cualquiera habría firmado un empate previo al pitido inicial, o al del comienzo de la segunda mitad. Sin embargo, faltaba la segunda, a la que los rojillos llegaron en superioridad mental y arrollaron a sus adversarios.

Ocurre muchas veces, quizás demasiadas, cada vez más, que la primera mitad nada tiene que ver con la segunda, y más a Osasuna, acostumbrado a tirar por la borda los 45 minutos iniciales durante las últimas temporadas. Quien haya visto solamente la primera parte de La Rosaleda, se sorprenderá de la derrota del Málaga. No porque Osasuna renunciara a jugar en ella, es porque sencillamente no podía ni sabía cómo contrarrestar el potencial costasoleño. En cambio, un espectador de la segunda mitad tratará de razonar por qué no goleó Osasuna. Todo tiene su explicación.

Los malacitanos salieron en tromba, con potencia e intensidad, presionando, disputando todos los balones, con una disciplina táctica encomiable, con superioridad numérica en cualquier parte del campo, jugándoselo todo a una carta, la del gol de Adrián, fruto lógico del arrollador planteamiento. Por su parte, el cuadro de Jagoba Arrasate, algo partido entre el debo contener pero quiero atacar, bastante tuvo con aguantar, es decir, no perder la cara al partido. Ahí estuvo la clave, en saber gestionar esa primera parte en la que se vio en clara inferioridad.

Después, el Málaga confió en volver con los deberes hechos pero se vio sorprendido en un contragolpe poco habitual. Habría que tirar de hemerotecas prehistóricas para recordar un gol rojillo como el de Rubén García, arrancando desde el centro del campo. Su finalización magistral desconcertó, metió el miedo en el cuerpo y noqueó a los albiazules. Les dejó sin capacidad de reacción. Además, desapareció su mejor hombre, N’Diaye, y cambió el partido. No era malo el empate, pero la dinámica arrolladora de Osasuna solo podía terminar en victoria. Era cuestión de tiempo, hasta que engatilló Juan Villar otro de sus grandes goles.

Supo sufrir Osasuna en la primera mitad e imponer su voluntad en la segunda. La lección de juego solidario inicial dio paso a un juego colectivo del que emergieron las individualidades, especialmente del centro del campo en adelante. Las rápidas transiciones del cuadro navarro sometieron al cuadro andaluz a un auténtico suplicio mental, sin entender cómo había pasado del viento a favor a la galerna en contra. Nadie era capaz de robar un balón a Torres, Rubén, Róber o Juan Villar sin hacerles falta. El fútbol en corto de la primera mitad dio paso a un despliegue táctico abierto, con cambios de sentido, triangulaciones imposibles o cambio de juego impensables hasta entonces.

La victoria no podía escaparse y, a la espera del empuje final a la desesperada de los malagueños, Arrasate amarró el partido con la entrada del bullanguero Brandon adelante, refrescando el centro del campo con el sacrificado Iñigo Perez en vez del apercibido Mérida, y cerrando atrás con Aridane como tercer central. A lo dicho, la importantísima victoria no podía escaparse. Los números de ensueño aumentan más y más.


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