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Opinión / osasuNAvarra

Porque somos Osasuna, esto nunca va a morir

Por José Mª Esparza 09 junio, 2016 - 1:31

El mejor partido de la temporada, sin duda. Osasuna se ha trasmutado, y el 3-1 refleja el giro copernicano dado en su mentalización y puesta en escena.

Con el 3-0 quizás Osasuna debió replegarse, guardar mejor las posiciones defensivas, gerenciar su renta como ha hecho durante toda la temporada, y que la grada esperaba que realizara durante toda la segunda parte, tras los dos goles de ventaja de la primera.

Pero, no. El corazón pudo más que la cabeza. No importa. Este equipo tiene corazón, siente, está vivo. Los jugadores estaban lanzados, motorizados, querían más. Quizas, el Nàstic supo aprovecharse de  semejante ímpetu para anotar en una acción rápida que no cogió a todas las piezas de la contención en su sitio. Un jarro de agua fría que deja las espadas en alto para Tarragona.

Los rojillos llevan una ventaja importante, pero deberán hacerla buena. El 3-1 e mucho mejor que el 1-0 que la gran mayoría de los aficionados daba por bueno antes del pitido inicial, pero es peor que un 2-0. En fin, por encima de cualquier otra consideración, Osasuna puede seguir adelante.

La apertura del play-off resultó desconcertante. Al ver la alineación inicial (5-4-1), cualquiera habría pensado que el ‘autobús’ estaba aparcado ante Nauzet, pero nada de eso. A Manuel le correspondió llevar el peso dela trabajo oscuro, casi como sexto defensa, para que el triángulo mágico (Merino-De las Cuevas-Torres) gozara de mayor libertad  creativa y se fueran hacia adelante con soltura y alegría.

Tanto fue así que Martín se vio obligado a recomponer el esquema, adelantando a Oier junto a Manuel  y dejando la defensa en una línea de cuatro, porque el Nàstic se había hecho dueño de la parcela ancha poniendo más hombres y mejor colocados, sin dejar en ella el mismo agujero  que el equipo navarro. Así crearon los visitantes dos ocasiones tan claras que pudieron matar la eliminatoria en el primer cuarto de hora.

Recompuesto el centro del campo rojillo, y con un empuje como no se ha disfrutado toda la temporada, llegaron los dos primeros goles del emperador Merino, que hizo diabluras, como De las Cuevas y Torres, quizás el mejor triángulo de toda la Segunda División.

Curiosamente fueron los tres cambios que hizo Martín en los noventa minutos, posiblemente pensando en su necesaria recuperación para el sábado, algo que el público aprovechó para dedicarles las ovaciones de la noche. Nino no pudo jugar ayer por motivos personales, pero el míster confió en Kodro. El bosnio hace pocas cosas pero útiles. Kenan anda en plena forma y le recompensó con el gol más bonito de los cuatro anotados. Y a punto estuvo de hacer otro en un balón que no esperaba.

Con el aliento de la grada y las palpitaciones de lo mucho que hay en juego, los jugadores se vaciaron. Dieron una lección de pundonor, y de ambición que ahondó en lo ya visto en el Carlos Tartiere.

Y es que este Osasuna de los dos últimos partidos no tiene nada que ver con el visto en los otros 41 partidos de Liga. Muestra una avaricia y ganas de morder irreconocibles. Tuvo noqueado al Nàstic. Lástima de gol tarraconense… Quizás también lo merecieran en el cómputo global del encuentro. El cuadro catalán sorprendió por su buen posicionamiento, la calidad de sus hombres y las ideas claras. Hacen un fútbol de toque acompañado de una velocidad envidiable, especialmente visible en sus pequeños diablos de color. Queda fuera de toda duda que el partido de vuelta quedó en El Sadar tan abierto como apasionante.

Una reflexión última, el regusto del sabor a despedida. Cuando Martín hizo el cambio de Mikel Merino (por Maikel Mesa), El Sadar se puso en pie para saludar y agradecer al futuro jugador del Borussia Dortmund, que respondió con un aplauso circular a todo el estadio. Nadie sabe si volverá a pisar este césped vestido de rojo, porque nadie puede asegurar si habrá un nuevo partido de play-off.

La escena se repitió al final del encuentro, con la grada entregada a sus jugadores mientras daban la vuelta al campo para agradecerles su apoyo. ¿Sabor a despedida? Quizás sí, quizás no. En cualquier caso, bonito, emotivo. Grande.

Aunque solo sea por la grandeza de estos momentos, que ningún estadio del mundo vive con la misma intensidad, esta afición y este plantel de jugadores merecen volver a aplaudirse dentro de una semana apostando juntos la vida y la gloria. Porque somos Osasuna, esto nunca va a morir.


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