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Muy duro, pero Osasuna termina donde merece

Por José Mª Esparza 03 junio, 2018 - 8:54

Una final no se puede disputar tirando la mitad del partido y buscando lo imposible después, sin argumentos. Este desenlace quedó anunciado en Soria y rubricado en Valladolid. Si Diego Martínez quiere hacerle un favor a Osasuna, que siga la estela de Zidane.

Los jugadores de Osasuna se lamentan ante una ocasión perdida en Valladolid. PABLO LASAOSA
Los jugadores de Osasuna se lamentan ante una ocasión perdida en Valladolid. PABLO LASAOSA

Punto final. La temporada ha terminado para Osasuna. Visto el partido de Valladolid, a nadie puede extrañar que la plantilla esté de vacaciones. Repasada la temporada, tampoco. La afición se ha dejado la vida, y los jugadores el alma, pero se quiera o no, Osasuna no ha merecido jugar este play-off. No ha estado a la altura de las ilusiones que encendió o del potencial que presumía.

Ha decepcionado en casi todo, en primer lugar por el juego. En Pucela y en el cómputo de las 42 jorgadas dispotadas. ¿Dónde hay que mirar? Arriba, sin duda. Al primero, al entrenador. Al ‘factotum’ también, pero ahora al que decía antes de viajar a Pucela que “llegar aquí significa que hemos hecho las cosas bien”, y ahora no reconoce que la cara de bobos con que nos deja “significa que hemos hecho las cosas mal”. Prefiere echar la culpa al árbitro. Encima, mal perdedor.

Días tristes para el osasunismo. Se puede ganar o perder, esto es fútbol, pero Osasuna debe hacerlo de otra forma, transmitiendo vida, carácter, corazón, rasmia, algo que tampoco en la última jornada ha sabido hacer más allá de la impotencia. Eran muchas las esperanzas puestas en la cita vallisoletana. Tantas, que hasta pudo anidar el convencimiento de jugar el play-off sin disputar este partido.

Pesaron más las ganas que, por ejemplo, el recuerdo de hace dos semanas en Soria. Regala más felicidad creerse un cuento, aunque sea tan  frustrante como el de la lechera, que enfrentarse a la cruda realidad de los últimos nueve meses. Podía sonar la flauta, hay experiencias recientes, ojalá, pero al final Osasuna termina la temporada en la zona templada de la tabla. Media alta, pero media. Donde merece.

En la enésima final, en este caso la definitiva, los rojillos salieron a jugar igual en las mil anteriores. Apostaron una vez más por ralentizar el balón en un tuya-mía tan horizontal como absurdo, sin posesión de balón y, lo que es peor, sin presionar a un contrario que salió con una fijación: atacar para meter gol, llegar por bandas, meter velocidad, trazar cada jugada como si la última del partido se tratase.

En cambio, Osasuna tiró al completo la primera mitad, sin una ocasión, pisando área solamente a balón parado. ¿Culpa de los jugadores o del entrenador? A priori, en un encuentro tan decisivo, difícil respuesta, pero después de tantos partidos iguales… no cabe duda. Tantísimos primeros cuarenta y cinco minutos calcados señalan al entrenador.

Para la gran cita, Diego Martínez alineó a los once esperados y con el mismo esquema que acostumbra desde la llegada de Lasso. Sin embargo, el equipo dio la impresión de poco trabajado, sin ideas. “Parece que estamos en pretemporada, sin ideas” resumió al descanso un buen aficionado. Desesperante. Ni con el gol en contra reaccionó el equipo.

Los once siguieron como empezaron, a dormir el balón y a las ovejas, atascados por el centro, sin desdoblar por bandas, donde Ibáñez y Quique permutaron tantas veces que terminaron sin saber dónde se encontraban. Luego, tras el descanso, llegaron las prisas, la urgencia, el quiero y no puedo, el corazón sin cabeza, pero no el juego, ni el peligro. Solo un tiro a puerta con intención.

Podría valer tal reacción de empuje en El Sadar, con el campo entregado, pero en el Nuevo Zorrilla, ante un Valladolid muy superior como equipo y también jugándose la vida, si no acompañan argumentos sólidos sólo cabe esperar al segundo gol, como así ocurrió.

El equipo de Diego Martínez nunca aportó razones de peso para revertir el desaguisado. Peor todavía. Solo podía llegar la impotencia, como así sucedió, y tan acertadamente escenificaron los rojillos sobre el césped, con certificado arbitral incluido. Pudieron venir otros cuatro goles más con firma castellana, algo que afortunadamente no ocurrió. Fallaron ocasiones claras, pero el marcador les valía, no peligraba, y tampoco se movió. Obvio.

El partido no cierra mucha más historia hacia dentro, pero muchas hacia fuera. La temporada ha sido tal cual. Salgo siempre a jugar así, a por el cero-cero, me repliego si marco o  me estiro si encajo, más en Valladolid con la temporada perdida.

Sí, perdida. ¿Qué quedará de ella en el recuerdo? Poco. No se ha logrado deportivamente nada, la afición ha dado un bajón importante, la plantilla queda desnaturalizada, y más todavía la idiosincrasia del equipo. Si Diego Martínez aspira a ser un día como Zinedine Zidane  que tome ejemplo de su última decisión y diga que “por el bien de este equipo, yo me largo”.


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