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Solo faltaron la charanga de Marcilla y Rubiales

Por José Mª Esparza 09 junio, 2019 - 9:11

Broche final a una temporada inolvidable. Otra victoria más, El Sadar imbatido, copa de campeones, confetis, despedidas, vuelta al ruedo a hombros.

Plantilla y cuerpo técnico del Club Atletico Osasuna posan con la copa de campeones de la Liga 123 que les ha sido entregada esta noche en el estadio del El Sadar tras la disputa del partido que les enfrentaba al Oviedo. EFE/ Jesús Diges.
Plantilla y cuerpo técnico del Club Atletico Osasuna posan con la copa de campeones de la Liga 123 que les ha sido entregada esta noche en el estadio del El Sadar tras la disputa del partido que les enfrentaba al Oviedo. EFE/ Jesús Diges.

Más de catorce mil espectadores en El Sadar. Faltaron muchos, es cierto, pero 14. 000 parecen una barbaridad para un partido en horario intempestivo para muchas circunstancias, donde Osasuna no se jugaba nada. Además, la gran mayoría se quedó hasta el final de los festejos tras el partido, con más mérito si cabe por lo tardaron en arrancar. El reclamo merecía la pena: El Sadar despedía una de sus mejores temporadas. Nadie quería perderse unos momentos tan especiales como son los de agradecer, reconocer y despedir un año irrepetible.

La nota negativa más destacada la puso el desplante de Luis Rubiales, presidente de la RFEF, en la entrega de la Copa. Hace unos días estuvo un cuarto de hora en Pamplona para comprar, por cien mil euros, votos para las elecciones del próximo año y dejar a Rafael del Amo la doble encomienda de suplantarle en la entrega de la Copa y, sobre todo, de las cuentas de ‘la profesionalización’ de Navarra, que vaya tela.

Igual de mal o de bien, y en cualquier caso con tan poco carisma, también Miguel Cuesta, vicepresidente de Osasuna, pudo entregar la Copa, que  también es de la RFEF y de casa. Además, habría podido explicar por qué Osasuna es el único club no representado allí por su presidente, a quién debe él ese favor que nos puede hipotecar el futuro todavía más de lo que está. Doble feo el de Rubiales por no acudir a El Sadar, y por no tratar a Osasuna como merece.

Pese a Rubiales, hubo cita con el gol, colorido y cantos durante el partido, y también en las postrimerías, donde el ‘speaker’, Eduardo Díaz, ‘Sebas’, se dejó el alma y puso ritmo una vez entrados en harina, pero que las pasó canutas innecesariamente hasta entonces, intentando lo imposible. Para la próxima vez, ahora que estadio y coso pamplonés cada vez se confunden más por tantos motivos, mejor recuperar a la charanga de Marcilla para llenar el tiempo muerto dando vueltas al campo, como hacía la del maestro Bravo en la Monumental pamplonesa.

Puede añadirse una tercera ausencia, la del centenario de Osasuna. Ni una referencia. El Archivo General de Navarra dejó claro que la fecha constatada es el 31 de Mayo, pero en el club han hecho oídos sordos. El tema es lo suficientemente grave que merece un comentario específico. Otro día.

Ahora toca seguir con los festejos de la temporada, en los que la parte principal correspondió a las despedidas, a las ya conocidas de Clerc y Olavide, y a las no pocas que flotan en el ambiente. Hay que abrir hueco a más de media docena de fichajes titulares.

¿Sería el de Xisco el último gol como rojillo? ¿seguirá siendo El Sadar la casa de Rubén García…? Las preguntas son muchas, referidas a aquellos que el club no podrá retener, y también a aquellos otros de los que la dirección deportiva se desprenderá.

Cada aficionado que presenció el partido ante el Oviedo pensó más, de una u otra forma, en el futuro de cada jugador para dentro de tres meses. Las exigencias de la Primera División no tienen absolutamente nada qué ver con las de Segunda. Dos mundos con el mismo número de fichas profesionales en una plantilla.

Por ejemplo, ¿qué pensó el aficionado cuando Sergio Herrera salió de su área y se hizo merecedor de una tarjeta roja, o cuando hizo el paradón en la falta lanzada por Berjón junto al palo? ¿qué significaron los murmullos de la grada cuando Aridane flirteaba con el balón? En fin, sentimientos encontrados, decisiones difíciles. La Primera impone reglas obligadas que penalizan severamente el mínimo fallo. Incumplirlas conlleva el castigo más severo, la derrota.

Por eso el último partido resultó también tan especial. Los finales de temporada, y más de una tan especial como ésta, aúnan la alegría de tantos momentos irrepetibles con el dolor del adiós a futbolistas que se dejaron la piel jornada tras jornada para regalarnos tal derroche de emociones. Muchas gracias a cuantos lo han hecho posible.


 

POST DATA. Los comensales del asador Mutiloa vieron aparecer el pasado martes al presidente Luis Sabalza, dispuesto a participar en una tertulia radiofónica que no existió.  Nadie le esperaba. Quizás el departamento de comunicación del club no comunicó su presencia con la antelación requerida para poder organizar el evento, y  en cualquier caso no comunicó la suspensión a su presidente.

La incomunicación no pasaría de anecdótica sino fuera por la realidad que entraña. ¿Se imaginan al comisario político plantando así al ‘factótum’?


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