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Osasuna depende de sí mismo

Por José Mª Esparza 13 mayo, 2018 - 9:51

Los rojillos se complicaron la vida en una mala primera parte, pero en la segunda supieron aprovechar el paso atrás del Oviedo para ganar por fin y sumar tres puntos de oro en El Sadar.

Partido entre Osasuna y Oviedo disputado en El Sadar (26). IÑIGO ALZUGARAY
Partido entre Osasuna y Oviedo disputado en El Sadar (26). IÑIGO ALZUGARAY

La noticia no puede resultar más positiva: Osasuna depende de sí mismo para poder disputar el play-off de ascenso a Primera. Dando por hecha la victoria en casa ante el Lorca, si Osasuna vence en Soria y en Valladolid, obtendrá matemáticamente una plaza entre los seis primeros, porque acabaría clasificado por delante de numantinos y pucelanos que hoy le preceden en la tabla.  

Como decía Miguel Flaño, la disputa del play-off no salva la temporada rojilla, ya que supondrá un fracaso todo lo que no sea ascender, pero a día de hoy, con lo que ha llovido, dos meses a estas alturas sin ganar en casa, por ejemplo, no estar descolgado de tal posibilidad ya resulta todo un éxito.

Así se ve la vida tras ganar al Oviedo, otro equipo que estaba por delante del cuadro navarro, y que tras perder en Pamplona le mira ahora la espalda. Los carballones pagaron muy caro su conformismo en El Sadar. Aprovecharon al contragolpe un robo de balón, fruto de la presión ejercida entonces, para ponerse en franquía al cuarto de hora, pero no acertaron al gerenciar esa ventaja que noqueó a los rojillos.

Primero dieron un paso atrás hasta el descanso, al que añadieron otro tras el descanso con cinco defensas fijos y, lo que es peor, perdiendo también el control de balón y, por tanto, sin acertar a dormir el partido. Cavaron su propia tumba, y perdieron merecidamente. A estas alturas de Liga hay que hacer algo más que especular con la ventaja de un gol para sumar tres puntos.

Lástima de primera parte rojilla. La de siempre, el partido de todas las jornadas, de una tras otra. Ni una jugada, ni media ocasión, esta vez con el noqueo añadido del gol en contra. Si los ovetenses pisan el acelerador, sentencian. Enfrente tenían un equipo plano, que luchaba sin fe, roto, nervioso, impotente, que definitivamente no conecta con la grada, como demostró la pobre entrada pese a los saldos de taquilla.

Las caras y habladurías durante el descanso no podían resultar más escépticas. Sin embargo, el equipo demostró que no estaba muerto. Necesitaba la reacción que llegó. En los dos primeros minutos de la reanudación crearon más peligro que en los tres cuartos de hora previos.  

Durante la segunda parte no cambió el juego, ni el sistema o la entrega del jugador. Simplemente, la actitud fue otra. El equipo apretó puños, miró al portal contrario, aumentó pulsaciones, corrió más kilómetros, soltó lastre mental, metódico, y contó con la entrada de Fran Mérida, ausente del once titular.

El técnico Diego Martínez respetó una antigua tradición, que el fútbol olvidó hace tiempo, según la cual tras una victoria, y más a domicilio, había que repetir once inicial.  Como Mérida no pudo jugar en Tarragona, comenzó en el banquillo en Pamplona. Luego, el equipo agradeció su retorno, aunque fuera a costa de un Roberto Torres entonado.

Al copiar y pegar el once de Tarragona, jugó Miguel Flaño, que aporta serenidad en la defensa, que manda desde atrás, y que poco pudo hacer en el gol, donde se vio solo ante dos,  y Torró, Laso y Torres repitieron el triplete creativo con más ganas que eficacia. Emergieron la tarea descomunal de Lucas Torró, las ganas y ofrecimientos de Borja Laso, y el compromiso de Roberto Torres, pero en conjunto la maquinaria no marchaba fluida.

Demasiado trabajo para tan poco rendimiento. Ni dominaban la franja ancha, ni encontraban vías de entrada, ni enlazaban con el ataque.  La entrada de Mérida, mejor compenetrado con Torró,  dio más libertad a Laso, de cuyas botas, por ejemplo, salió el pase del penalti, fundamental para abrir la lata azulona.

Durante la segunda parte tampoco hubo mucho fútbol, destacaron las ganas, el empuje. Los rojillos jugaron a empujones, pero les resultó. La explicación es muy sencilla. Si algo valora El Sadar es la entrega, las ganas, la explosión de vida, es decir, el corazón. Si los rojillos ponen corazón, transmiten.

La grada les corresponde, les jalea, les empuja y lleva en volandas. El partido es otro. No habrá fútbol de alta escuela, ni falta que hace, pero emerge el Osasuna de toda la vida, el que se deja la vida en cada jugada, en cada balón. Y cada espectador apura pulmones o mete la pierna en cada acción de los suyos. Menos método y más corazón, habría que gritarle al entrenador para los próximos partidos.

Por otra parte, es preciso elogiar a Róber Ibáñez. Va a más, aunque ante los carballones atravesó fases intermitentes.  Es frío, se ausenta, tiene su propia visión del fútbol, pero cuando entra, se acopla y acompasa con sus compañeros aporta cosas diferentes y únicas en este equipo. Debe resultar pieza clave para las visitas a Soria y Pucela, básicas para concretar el decisivo sprint final.

Son estadios ajenos, donde el empuje no funciona igual que en casa. Es preciso jugar más a fútbol, proponer, en definitiva la asignatura de este equipo de nuestros desvelos. Las matemáticas están con Osasuna más que nunca. Depende de sí mismo, lo cual significa que depende de su juego. Arma de doble filo, según salga.


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