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Osasuna compitió y resistió

Por José Mª Esparza 30 octubre, 2016 - 19:27

Martín le jugó a Valverde con sus propias armas y acertó. Los rojillos supieron leer y desarrollar un partido intenso y de poder a poder hasta que los cambios y las fuerzas lo permitieron.

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No hubo victoria como en Ipurua, ni Osasuna acertó a meter tres goles, pero este punto logrado en San Mamés guarda más valor que los tres de Éibar. En un campo más amplio y presionante, ante un rival más ambicioso e incómodo, los rojillos lograron un empate que sabe a triunfo porque primero trataron de tú a tú al Athletic, y segundo porque supieron contener el vendaval cuando los obligados cambios y el lógico desgaste comenzaron a pesar lo suyo.

A diferencia de otros encuentros en que Osasuna ha especulado durante la segunda parte, en San Mamés no tuvo otro remedio. El Athletic, muy enrabietado, buscó la victoria con más revoluciones de las aconsejadas. Perdió la cabeza y su empuje que terminó por encerrar a los rojillos en su área, pero facilitó la tarea defensiva navarra. Atacar con más corazón que juego ayuda la labor de contención, sobre todo si ésta no pierde la presión al contrario, algo que los pupilos de Martín mantuvieron hasta el final pese al cansancio físico acumulado.

Además, los hombres de Martín, que supieron sobreponerse al enésimo gol tras fallo defensivo y acertaron a guardar posiciones, a seguir jugando en bloque,  perdieron potencial tras las lesiones de Oriol Riera y Digard al filo de la media hora de encuentro, algo que les obligó a plantear un partido de mínimos, sin la misma alegría con que lo comenzaron. Lógico. Su osadía inicial obtuvo el premio de un gol que puso nerviosa a ‘la catedral’, pero las lesiones trastocaron el potencial como equipo. No perdió intensidad, es decir, ni trabajo ni ganas, pero comenzó a cambiar la óptica de juego.

Efectivamente, Osasuna no volvió a ser el mismo adelante sin Oriol Riera, que firmó en media hora su partido más vistoso desde su segundo aterrizaje en Pamplona, y perdió consistencia en el centro del campo sin Digard. Un partido tan físico, de poder a poder, donde en todo momento se disputó cada palmo de terreno, le iba como anillo al dedo a Digard, que impuso su poderío mientras estuvo. El juego se movió siempre dentro de esas coordenadas de choque de trenes, con más intensidad y emoción que jugadas brillantes. Un cuerpo a cuerpo, sin imaginación ni habilidad en unos y otros para superar la contención contraria. Fútbol inglés dirán algunos.

Este partido con lluvia y barro habría recibido todos los calificativos similares al concepto de fútbol norteño, circunstancia que concede más valor al empate rojillo, que careció de las inclemencias temporales como aliadas para dificultar la ofensiva rival, obligado a defender con argumentos propios, juntando líneas y apretando puños, sin perder la cara al balón, pese a que la posesión crecía y crecía a favor de los rojiblancos. Obviamente, hay que destacar el trabajo en  defensa de todo el equipo, muy especialmente de la línea más pegada a Nauzet, y dentro de ella a Alex Berenguer, muy motivado en San Mamés. Peleó lo suyo con Williams y subió con decisión.

En cualquier caso se trató de trabajo colectivo, solidario, a lo Oier Sanjurjo. Osasuna destacó como bloque más que por individualidades. Es lo que tocaba y funcionó. Parece que Enrique Martín acierta con la tecla para un determinado tipo de encuentros. Funcionó en Ipurua y también en San Mamés. En ambos campos es donde mejor ha sabido competir, ayudado por las características del rival. No obstante, todavía dista de lograr un estilo propio ante formaciones más abiertas, o de encontrar en el campo un líder, un jefe en su patrón de juego, una referencia que le aúne y sostenga como grupo. Tiempo al tiempo. Además, la visita del Alavés, otro equipo norteño, si bien de diferentes hechuras de armeros y bilbaínos, puede ayudar a seguir dando pasos adelante. A ver.


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