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Osasuna, club ingobernable

Por José Mª Esparza 25 marzo, 2017 - 23:08

Sigue siendo un orgullo ver que, a pesar de los pesares, Osasuna sigue siendo uno de los cuatro clubes de la Liga, un prestigioso distintivo al alcance de nadie más. A partir de ahí, todo se vuelve en contra del club navarro, a veces más parecido a un club de pueblo.

Un momento de la pasada asamblea extraordinaria de socios compromisarios de Osasuna. ALZUGARAY
Un momento de la pasada asamblea extraordinaria de socios compromisarios de Osasuna. ALZUGARAY

Es uno de los cuatro clubs de la Liga española, pero Osasuna no guarda con Madrid, Barça y Athletic otra similitud que el estatus jurídico. Son muchas las razones, empezando por las históricas, por las que existen tantas diferencias con ellos. El club navarro parece que se mueve en otro escalafón dentro del mundo del fútbol, más similar en su funcionamiento al de un equipo de pueblo que al de un gran club. Basta mirar dónde estamos hoy para tirar de la madeja y ver quiénes somos y a dónde vamos. 

No es nada nueva, pero sí cada vez más profunda. La herida osasunista viene marcada hoy por unas elecciones anticipadas, es decir, un club sin junta directiva, o provisional, con el laberinto judicial de fondo, el eterno desencuentro con la Hacienda Foral y los cuatro partidos que sustentan el actual Gobierno de Navarra, el equipo hundido en Segunda, sin un plan global de futuro, con unos estatutos hasta con faltas de ortografía, que si bien resultan un punto de partida no dejan de ser una chapuza, una realidad económica hipotecada, y sobre todo una fractura social de difícil sutura. Vayamos por partes.

Por encima de cualquier otra consideración, el laberinto judicial sigue marcando la realidad de este club. Las sucesivas decisiones judiciales aligeran el peso de la carga, que sigue siendo enorme. Ningún otro club soporta tamaña espada de Damocles, con amenazas reales de imprevisibles consecuencias. Definitivamente, no habrá descenso administrativo a Segunda B al no haber sido incoado expediente disciplinario alguno, pero cualquier sentencia, y todavía quedan unas cuantas, que toque al club, aunque sea lateralmente, da al traste con cualquiera de los planes de la junta directiva más optimista. De todas formas, esto no es hoy lo más grave.

A diferencia de Real Madrid (“el equipo del Gobierno”), el Barça (“más que un club”) o el Athletic (“el equipo de Euskadi”), Osasuna poco significa en su Autonomía. La fractura social y política que soporta el club rojillo siempre ha quedado fotografiada en la confrontación política de los partidos que operan en Navarra. Cuando el Parlamento Foral votó en 2014 la llamada Ley Osasuna quedaron reflejados todos los agentes políticos y sociales de Navarra, y ahí seguimos. Un sector importante del osasunismo prefiere esquivar el apoyo a su escudo antes que traicionar sus opciones políticas. Y así nos va. Osasuna queda como un mono de feria.

Tanto Barça, como Madrid o Athletic tendrían tanto o más que Osasuna para purgar si la Justicia entrara o hubiese entrado a saco en sus balances anuales, actuaciones institucionales, fichajes, cuentas con Hacienda, etc. Pero claro, a diferencia de Navarra, donde Osasuna escenifica los antagonismos políticos,  en Madrid, Cataluña o Bilbao sus clubes son intocables. Ejemplos hay para dar y tomar, sobre todo con el más cercano, el del PNV. Y nadie pide aquí privilegios legales, sino simplemente equidad, prudencia, no persecuciones.

Por supuesto que la judicialización que sufre Osasuna resulta merecida, y solo es debida a las chapuzas, corruptelas y robos de sus dirigentes, electos o no, que deben pagar por ello.  Pero chapuceros y ladrones hay en todos los lados. Bastaría con investigar a fondo otras compras de partidos o las partidas de dinero perdidas a la vera del camino de cualquier traspaso para llenar cárceles. Pero, a diferencia de Osasuna,  los otros tres clubes gozan de una sobreprotección política, legal y económica que el club navarro tiene en contra. Gestionar un club de futbol dentro de estos parámetros no resulta fácil. Los otros tres juegan con ventaja, es decir, Osasuna se ve condenado a remar contra viento y marea en un mundo, el del fútbol, donde competir y cuadrar balances sin ayudas resulta harto difícil.

Pero la desprotección, o persecución, política no es lo de menos. El factor que más incide en la gobernabilidad de Osasuna en el día a día es la propia idiosincrasia del primer club navarro, más similar a veces a la un club de pueblo que a un equipo de Primera División. Osasuna resulta ingobernable por la cantidad de socios, o simples aficionados, que se creen presidentes, contentos cuando se hacen las cosas a su gusto y dispuestos a montar una revolución cuando les meten en cintura, el directivo de turno no les gusta, o no aparece su bandera, sea la de su pueblo o la de otra Comunidad Autónoma, en la cartelería oficial.

Todos queremos a Osasuna, siempre que sea el nuestro, es decir, a nuestra imagen y semejanza, y eso es imposible y más en una tierra tan desvertebrada como la navarra. No hay más que analizar con un mínimo de frialdad la última semana en Osasuna para comprobar la imposibilidad de dirigir a este club, la cantidad de intereses cruzados y manipulaciones que inciden en su gestión, sean de cariz político, raíces laborales (a nadie le gusta ser despedido), periodísticos, sociológicos, económicos o revanchistas. Hay de todo. Cada uno daría para escribir un libro.

Hemos llegado a un modelo de club donde cada socio, donde cada vocero, se cree con derecho a cortar o poner cabezas. Como en el peor equipo de pueblo, como si Osasuna fuera el Sauquillo de Boñices. Igual. Los estatutos aprobados en la última asamblea consolidan un modelo de club asambleario que dificulta extraordinariamente la gobernabilidad. Resulta francamente difícil que una persona en su sano juicio exponga su dinero para luego tener que someterse al imperio del asamblearismo. Esto no ocurre en ninguno de los tres clubes, pero aquí somos más papistas que el Papa y más tontos que Capirote.

Ahora, por ejemplo, ¿quién se va a presentar a unas elecciones? ¿Lafón y Eva Blanco, que no pusieron un euro en la junta de la que fueron expulsados? Un aval de seis o siete millones no lo pondrá nadie. Apuesto otros cien euros, los que no me aceptó Vasiljevic al decirle que Mikel Merino no vendría. Es imposible. Hay que estar loco para apostar la hacienda familiar para meterse en semejante fregado. Si Osasuna estuviera en Segunda, serían alrededor de dos, cifra menos relevante pero también de sumo riesgo.

En el Madrid, Barça y Athletic hay que avalar igualmente sumas millonarias, pero tienen detrás un respaldo político, social y económico que aquí se le vuelve en contra al Quijote de turno. La única opción viable hoy por hoy en Osasuna es que siga la actual junta, que es lo que ocurrirá, según el modelo minuciosamente prediseñado. En tal sentido, la campaña de acoso y derribo sufrida hasta les ha podido venir de perlas para a la postre salir fortalecidos. Nadie va a poner seis millones ni la LFP permitirá una gestora sin avales. Hay que esperar acontecimientos, pero el escenario aparece bastante clarificado.

Resulta francamente difícil, por no decir imposible, asumir un club como Osasuna, con la economía de riesgo en que se mueve, pendiente de resoluciones judiciales y en un medio político hostil, y una masa social tan sesgada. En tal sentido, crecen voces que piden un cambio de estatus jurídico, para acabar en una sociedad anónima deportiva similar a la Real Sociedad, a la Erreala, es decir, con un capital social repartido entre todos los navarros que demuestren de verdad querer a este club con su bolsillo. Hoy, a las puertas del centenario, cuesta imaginarlo, por tantos motivos… ¡Antes morir! Totalmente de acuerdo. Sin embargo, Osasuna no puede seguir así.


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