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Los Pajaritos ratificaron que Numancia está en Soria

Por José Mª Esparza 17 febrero, 2019 - 19:57

La segunda mitad empañó la vibrante y abierta imagen que dejó la primera. Los sorianos, echados atrás, trabaron a los rojillos, que pudieron obtener mayor renta.

Partido entre Numancia y Osasuna correspondiente a la vigesimosexta jornada de Liga. MIGUEL OSÉS.
Partido entre Numancia y Osasuna correspondiente a la vigesimosexta jornada de Liga. MIGUEL OSÉS.

No decepcionó el empate de Los Pajaritos, pese a distar del triunfo en Gijón. Los rojillos dieron la cara los noventa minutos. Mantuvieron el control del juego en una primera mitad abierta, vibrante, vertical, veloz, endiablada, en la que a pesar de encajar en una acción desafortunada, merecieron mejor premio por juego y oportunidades.

Luego, en la segunda, los sorianos ejercieron una defensa numantina. Sin llegar a plantar ‘el autobús’, abocaron su despliegue táctico a cortar la creatividad del cuadro navarro, sobre todo en la sala de máquinas, obligándole así a desarrollar un fútbol trabado pero merecedor al menos del épico empate final.

Para el Numancia, el empate resultó frustrante. Pese a su preocupación por destruir, presionar a  cada rival con tres hombres, con faltas, pérdidas de tiempo o ralentizando el juego, no puede negárseles su trabajo a destajo, su motivación extra en una tarde de ambiente futbolero y rivalidad. No obstante, en el pecado llevaron la penitencia. La defensa de un resultado siempre debe ir acompañada de algo más que no dejar jugar al contrario, so pena de topar con fallo propio o un acierto como el de Roberto Torres, que ya había avisado con otro disparo raso al palo. 

En esa segunda mitad trabada, Roberto Torres se echó al equipo a la espalda en una lección de madurez futbolística. No era tiempo de lucimientos, sino de trabajo oscuro dentro de un tono gris de la generalidad del equipo. Defendió, palió deficiencias de los tapados  Oier-Mérida. Y dinamizó adelante, donde trató de minimizar la ausencia importante de Rubén García. El gol del empate premió al de Arre, y también al conjunto, que no dejó de intentarlo de todas las formas posibles.

Como casi siempre,  Jagoba Arrasate influyó en el cambio de dinámica que llevó a ese empate ‘in extremis’. De nuevo cambió las piezas de la ofensiva (Barja por Róber, y Xisco por Brandon) y, sin alterar el sistema, trató de dar mayor fluidez al balón en el centro del campo al entrar Iñigo Pérez por Fran Mérida. No resultó una transformación espectacular, ni mucho menos. Simplemente, entró sabia de refresco, nuevas ideas, confianza renovada, otro estilo de empujar que a la postre dio resultado.

La primera parte, de tú a tú, abierta, con ritmo y ocasiones resultó más vistosa, entretenida, esperanzadora a pesar del gol en contra. Sin embargo, en la segunda, donde había que nadar y guardar la ropa, el equipo enseñó mejor su carácter, sin tirar la toalla, insistiendo con fe, fajándose ante un equipo que le apagó la luz en casi todos los rincones del campo. Es por esto que el empate guarda un valor añadido más allá de la tabla clasificatoria.

El sábado próximo llega el Zaragoza, que protagonizó un partido muy serio contra el Albacete, donde los equipos dieron una lección de fútbol intenso, vivo, de ida y vuelta pese a la ausencia de goles en La Romareda. Costará ganarles. Lo ideal sería sumar el juego de El Molinón a la actitud de Los Pajaritos, pero en el peor de los casos ésta última y el apoyo del público deberían bastar.


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