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El Nobel al juglar de nuestro tiempo

Por José Mª Esparza 15 octubre, 2016 - 11:03

A Bob Dylan le esperaba el Premio Nobel de literatura desde hacía años por la calidad de las letras de sus canciones, pero siempre había topado con quienes se resistían a considerarlas literatura

Bob Dylan, premio Nobel de Literatura.
Bob Dylan, premio Nobel de Literatura.

Los juglares recorrían el mundo cantando o recitando canciones, poesías, romances populares. El maestro apostilló su clase de literatura con esta sentencia: “La tradición de los juglares sigue viva con cantantes como Bob Dylan”, dijo  adelantándose a su época aquel maestro de escuela, hace más de cuarenta años, allá por la segunda mitad de la década sesentera. Así conocí al bardo de Minnesota, y aunque no sabía inglés, las discográficas tenían la costumbre de escribir las canciones traducidas en las contraportadas de los vinilos. Así descubrí aquellas letras que, si bien difícilmente comprensibles, me llamaron la atención por la fuerza de sus imágenes, su lenguaje caótico, aparentemente inconexo, inabarcable,  críptico, magnético, subyugante.

Los juglares recorrían calles, plazas, casas, y también palacios, cantando historias de la vida, de personajes épicos o fuera de la ley. ¿Qué otra cosa ha hecho Bob Dylan a lo largo de su existencia? Su vida ha sido una gira continuada de escenario en escenario cantando canciones de amor y de guerra. Una gira interminable por el mundo con una caravana por hogar. Así llegó a Pamplona. Siempre cantando, de relato en relato. Historias de redención, de denuncia, de fronteras etéreas entre lo social y la persona, contadas en un lenguaje poético sin otros límites ni tempo que el genio creativo.

Este Nobel era esperado desde hace años. El inconfundible lenguaje literario de Bob Dylan ya era reconocido fuera de las aulas encorsetadas.  A la literatura oficial le chirría la creación inclasificable, que cambia el soporte papel por el vinilo, que transgrede toda norma literaria establecida. El tempo dylaniano les resulta incomprensible, como sus imágenes oníricas, delirantes, combativas, visionarias, mezcla de alucinaciones con las realidades más sombrías. Dylan combina lo conceptual con lo descriptivo, lo sublime con la realidad callejera, las miserias políticas con  la nota periodística, mientras se ríe del mundo o de sí.

Le buscan influencias de la generación beat o los surrealistas, de Kerouac, Grinsberg o Rimbaud, de Dylan Thomas, Steinbeck o Woody Guthrie. Da igual. A un lector empedernido, con un interés desmesurado por su tiempo y una memoria prodigiosa, todo le cabe. En el caso de Bob Dylan, no obstante, solo cuenta él. Difícil encontrar un genio creativo como el suyo, con una producción inagotable durante más de seis décadas. Ha escrito la historia del mundo contemporáneo, reinventado sus mitos y revisitado la iconografía norteamericana, en la que incluye con una lucidez inusual la imaginería mexicana, latina, española.

Es posible concretar una evolución en las letras de Dylan, de la fogosidad juvenil a la madurez personal, de la crítica social a los misterios del amor o sus inquietudes religiosas, del barroquismo a la simplicidad, pero  atestiguar influencias en él resulta tan difícil como descifrar los significados de sus letras. Nunca ha explicado ninguna, ni dado una sola pista de sus inspiraciones. Siempre ha dejado las respuestas en el viento. Su cripticismo es total respecto a su obra y a su vida. Su biografía esconde tantas lagunas como su fuerte personalidad. Nada hay más allá de sus canciones.

El Nobel le llega por sus poemas, por los cientos de letras de canciones, que ya han sido compendiadas en diversas publicaciones que homenajean su talento inigualable. Es por la fuerza de sus textos, y él lo sabe. Por eso, mientras rara vez interpreta de la misma forma una canción y reinventa los arreglos, respeta los textos originales. Publicó un fallido libro de poemas, "Tarántula", y el primero de sus tres tomos de "Crónicas", de momento más interesante desde el punto de vista del itinerario musical que del literario, pero por ninguno de ambas publicaciones le ha premiado la Academia sueca, que reconoce al juglar y  sus canciones.

Tampoco le han premiado los suecos por su obra pictórica,  ni por los libros editados con dibujos con anotaciones poéticas, ni por sus esculturas, sus películas o  programas radiofónicos. Pese a su condición de genio universal, similar a los del Renacimiento por la amplitud de campos que abarca su ingente obra, Bob Dylan pasará a la historia por la letra y música de sus cientos de canciones. La música rock, que rebosa de canciones de usar y tirar, de consumo urgente, albergará en su historia imperecedera el más de medio centenar de álbumes dylanianos originales.

Gustaran más o menos sus canciones o su estilo, pero como explicó un día Bruce Springsteen, cualquiera de los últimos discos, que son los menos valorados, habría inmortalizado a un cantautor. En el caso de Dylan le resulta imposible superarse. Ha dejado un centenar de canciones sencillamente geniales, mil veces versionadas, inmortales.

En estos días serán recurrentes las citas de Leonard Cohen, Bruce Springsteen o Tom WaitsJuan Manuel Serrat o Joaquín Sabina, reclamando también para ellos premios literarios de primer orden. La nómina podría alargarse tanto como la lista de cancioneros apilados en las estanterías del tiempo. Pero Bob Dylan está al menos un punto por encima. No solo culmina la tradición de los autores folk norteamericanos o da un giro definitivo en la concepción letrista del rock, comenzando por los mismísimos Beatles, sino que sobre todo ensancha, abre, los límites que encorsetan la tradición de literatura.

Bob Dylan enlaza directamente con aquellos juglares altomedievales que cimentaron en sus poesías cantadas un tipo de la creación literaria que ha perdurado a lo largo de los siglos. El bardo de Minnesota ha abierto también nuevos caminos literarios a los  trovadores que hoy encuentran su expresión poética junto a la música popular. Así lo ha reconocido el Nobel, por fin. 


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