Opinión / osasuNAvarra

A Martín le han cogido la medida

Por José Mª Esparza 01 noviembre, 2015 - 20:23

La batuta que le regaló a Martín esta semana la Pamplonesa debió olvidarla en casa, porque fue Pablo Machín, técnico visitante, quien dirigió la partitura en todo momento, de principio a fin. El veterano Girona la interpretó siempre con mayor acierto, y le bastó con aprovechar un fallo en cadena.

Osasuna volvió a salir en función del rival, a esperarle, y lo pagó muy caro. Quedó a merced, sin capacidad de reacción en la primera parte, ni de sorprenderle después. Una pérdida de balón de Adrián Cruz y el consiguiente remate que se tragó Nauzet, descolocado, le bastaron al Girona para evidenciar que Martín necesita reinventarse. El técnico visitante avisó que jugarían al ataque, más interesado en criticar las críticas, solo acertó a decir del rival que era muy intenso. Quizás por eso le esperó atrás desde el principio, lo cual no es nuevo. Pero, claro, si te marcan un gol debes mostrar una mínima capacidad de reacción, y no seguir empecinado en un planteamiento que ya no sirve.

El equipo de Martín se enquista, se enroca. Sus dos defectos más notables, la falta de un hombre de referencia en el centro del campo y la ausencia de extremos, le hacen demasiado previsible y le obligan a jugar sin balón cuando le toca hacer algo más que defender. Esto quedó claro hasta bien entrada la segunda mitad. Respecto a lo primero, hasta que Merino no dio un paso adelante no llegó esa referencia esperada, pero era tarde. El jugador ya estaba exhausto y los visitantes llevaban campando en la zona ancha todo el encuentro. En cuanto a lo segundo, la falta de extremos para abrir el juego, Martín no deja subir a los laterales hasta que la necesidad le obliga. Ayer además se dio cuenta que los laterales no son extremos. Centran, pero no desbordan. Trató de corregir dando entrada a Berenguer y volviendo a resituar a Roberto Torres en la otra banda. Ya era tarde.

La primera jugada de Osasuna con cuatro pases trenzados no llegó hasta el minuto 17, y el primer remate a puerta, un cabezazo inocente, no lo hizo hasta el 41. Es decir, toda la primera parte tirada. El Girona presionaba más y mejor cada balón con tres hombres, no dejaba pensar, llegaba antes a todas las pelotas, ganaba siempre por velocidad, de cara a la jugada. En fin, cuarenta y cinco minutos tirados a la basura. La vuelta de tuerca llegaría en la reanudación, pero entonces Pablo Machín era quien esperaba cerrado atrás, inexpugnable. Sabía que debía hacerlo, y sus tres hombres de refresco  se incorporaron a esas tareas defensivas, pero sin olvidar el contragolpe, con el que pudieron hacer un roto descomunal en El Sadar. En cambio, los rojillos apenas gozaron de una ocasión en todo el encuentro, al final y jugando a la desesperada.

Martín salió con el acostumbrado 5-3-2. Sorprendió colocando a Adrián Cruz como acompañante de Merino, quizás para reforzar las labores defensivas de la medular, y concedió a Roberto Torres la libertad acostumbrada para enlazar con Nino y Javi Martínez, la otra sorpresa del once inicial.  No funcionaron ninguna de las dos novedades. El centrocampista no encontró su sitió, y el de ayer no era un partido para Javi Martínez, condenado a jugar al choque contra jugadores mucho más potentes.

Cuando el técnico rojillo quiso dar un paso adelante en la segunda parte, cambió cromos después con Olavide, tratando de desbrozar entre líneas la madeja tejida por los ilerdenses, y con Pucko, que incompresiblemente acabó de lateral. Puro despropósito. El jugador que más sorprendió en los tres primeros partidos jugando de lateral tiene motivos fundados para incubar una seria crisis de identidad, A cambio, Oier lo hacía en la media punta y Nauzet tratando de rematar a gol. Así acabó Osasuna, roto por todos los lados. Luchando con ganas, pero con las posiciones entregadas y sin ideas.


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A Martín le han cogido la medida