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A Martín se le dan mal los vascos

Por José Mª Esparza 13 diciembre, 2015 - 20:27

Resulta difícil saber a qué salió a jugar Osasuna ante un rival que, además de colista, traía la condición de filial, es decir, de los que juegan al toque y, por lo general, resultan inofensivos. Martín perdió el Norte.

Osasuna se dejó dos puntos vitales ante el colista, y duelen mucho. Duelen por tres motivos. Primero por lo humillante que resulta jugar contra el Mini-Bilbao, segundo por la rivalidad existente, si es que queda, y tercero por el valor de los puntos, el segundo puesto.

En fin, todo se fue por la borda por un planteamiento cuestionable, porque a pesar de las revoluciones en estrategias y nombres, este Osasuna juega a lo mismo siempre, y esto no puede ser. Si hay unos rivales que telegrafían su forma de jugar antes de salir al campo, éstos son los filiales, y más si llegan con la condición de ‘farolillo rojo’, es decir, de bisoños, de inocentes. Es decir, presumiblemente jugarán al toque, no presionarán a nadie sin balón, correrán a por el que lo conduzca… todo muy previsible.

Todo eso hizo el Mini-Bilbao, y más, sin salirse del guión imaginable. Resultaba un equipo claramente bizcochable para un Osasuna gallito, en superioridad clara en la tabla, con un potencial sensiblemente mayor. Pero no resultó así.

Con unos nombres o con otros, Osasuna jugó a lo de siempre, a verlas venir. Esta vez armó la línea defensiva con cinco, y se vio desbordado por unos bilbaínos fogosos, que dominaron el balón a su antojo, inocentes ante el marco rival, pero con la técnica suficiente como para cruzar al palo largo con efecto un tiro desde fuera del área y adelantarse en el marcador.

Los rojillos habían gozado de tres ocasiones claras (una de Nino y dos de Milic) y fabricó un libre directo de Torres al palo, pero pasó toda la primera parte a merced de los ‘cachorros’, que con más puntería ya habrían hecho un roto imposible de arreglar.

Previsiblemente, Martín cambiaría sustancialmente el panorama dentro del vestuario, pero volvieron los mismos al campo, donde ya habían naufragado en la parcela central toda la primera mitad. Decía un amigo al lado que Osasuna jugaba en inferioridad numérica por aquello de ver a José García y Milic sobre el césped, y que hasta el más ciego veía que éste era un partido para los Olavide y Berenguer, es decir, no para esperar a los bilbaínos, sino para ir a por ellos y doblegarles con sus armas.

Que somos Osasuna y aspiramos a llegar a Navidad en puestos de ascenso. Pero los rojillos, pese a dar un paso adelante en sus pulsaciones cardiacas tras el descanso, siguieron jugando a lo mismo, a no se sabe qué. Los ‘cachorros’ no pasaban apuros, y con el balón en los pies seguían siendo mejores, bisoños, pero mejores. Inocentes, pero con las ideas más claras.

Para cuando se encontraron sobre el terreno de juego Olavide, Berenguer y Pucko faltaban diez minutos, los de la heróica. Entonces tocaba maniobrar con los ‘jugones’, justo cuando se trataba de quemar naves con el corazón. Ya había marcado Roberto Torres empalmando de volea con rabia, pero el ‘Cuco’ Ziganda supo mantener a los suyos sin perder la cabeza, y la verdad es que lo tuvo fácil.

Además, a diferencia de otros partidos en que los árbitros han respetado la condición de líder, el valenciano Saúl Ais Reig volvió a donde los colegiados suelen por estos alres, y no tanto porque influyera en el marcador como por lo desacertado que estuvo en la dirección del juego, siempre perjudicando a los locales.

Queda claro que los vascos (el Alavés en Mendizorroza y el Mini-Bilbao en Pamplona) no se le dan bien a Martín Monreal, que no logra imponer su personalidad con ellos. Le cuesta cambiar el ‘chip’, y sigue sin convencer con sus argumentos.

Ha perdido sus señas de identidad como bloque compacto inexpugnable, y continúa sin encontrar la adecuada alternativa en el juego. Además, da muestra fehaciente de su confusión con sus últimas ‘revoluciones’ en el once titular, que para nada se traslucen después un una apuesta diferenciada sobre el césped. Malo cuando naufragan tales ‘revoluciones’. Se pierde el Norte. Vitorianos y bilbaínos ya se lo han pillado de momento.


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