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El liderato en Navarra (y VI): ni con lo mejor de los ocho saldría uno para todos

Por José Mª Esparza 24 marzo, 2017 - 7:00

Si como decía Juan Cruz Alli, el liderazgo es "la cualidad de dirigir a otros, de ser guía y conductor de personas", en Navarra no resulta difícil constatar la crisis de líderes, azuzada por la proliferación de siglas

Fachada del Parlamento de Navarra. IÑIGO ALZUGARAY
Fachada del Parlamento de Navarra. IÑIGO ALZUGARAY

Si repasamos las cualidades que pedía Juan Cruz Alli en 1994, concluiremos la dificultad existente para encontrar hoy y aquí a un guía cualificado. El entonces presidente de Navarra vestía al líder de ideas, capacidad de captar los signos de los tiempos, visión de futuro, previsión para trazar metas claras y comprobables, capacidad de colocar a los suyos en el lugar adecuado y de atraer a otras personas y vincularlas al proyecto, es decir, visión convincente.

Al liderazgo le pide capacidad de comunicación, de transmisión de sus proyectos para generar ilusión y confianza, bases de la adhesión al proyecto.

Al sucesor de Alli, Miguel Sanz, también otro animal político si bien de corte muy diferente, se le ha escuchado en diversas ocasiones decir que por encima de las crisis que han sacudido y sacuden Navarra, a él le preocupa la crisis de liderazgo, sea referida a partidos o a sus dirigentes.

Un líder es capaz de trazar un camino que transcienda los hechos consumados donde se desenvuelven y quedan enterrados los mediocres, como ocurre en estos momentos en el Viejo Reyno.

La nómina de rectores de formaciones parlamentarias navarras la conforman hoy Adolfo Araiz (Bildu), Laura Pérez (Podemos), Marisa de Simón (IE), Uxue Barkos (Geroa Bai), María Chivite (PSN), José Javier Esparza (UPN), y Ana Beltrán (PPN), a los que con toda seguridad habrá que añadir  en un futuro a Carlos Pérez Nievas al frente de Ciudadanos.

Costaría conformar un líder de referencia social con las cualidades sobresalientes de cada uno de ellos. Evito tarea tan morbosa. La reduzco a comprobar el bajonazo de nivel. Efectivamente, cualquier tiempo pasado fue mejor.

Quizás el más capaz sea Adolfo Araiz, pero su ideología fundamentalista resulta inasumible más allá de la minoría sociológica donde funciona. El tafallés nunca podrá guiar a Navarra.

En el polo opuesto se encuentra la peor de largo, Laura Pérez, capaz por sí sola de echar a perder uno de los discursos más vendibles por su populismo. No resulta casual que el primero se haya hecho tan fuerte a costa de la segunda.

Examinando el conjunto, ni con lo mejor de cada uno saldría un líder emergente para una tierra tan complicada, con una exagerada inflación de siglas. El fraccionamiento político existente y su bipolarización en dos bloques dificultan los liderazgos.

Consecuentemente, son las marcas políticas las que se imponen pasando a un segundo plano su personificación, desdibujada tras las consignas partidistas. Las posturas de cada cual, tan contrapuestas a las de enfrente, oscurecen la nitidez de los discursos personales. Solo un líder de mucho peso podría hacerse escuchar. Hoy no existe.

Precisamente por ello, la primera obligación de un buen líder, más allá de las siglas de su partido, consistiría en articular un mensaje conciliador, que ahonde en lo que nos une y no en lo que separa, que posibilite una convivencia en paz, algo que en esta tierra suena a dislate para unos o utopía para otros.

Que un autobús de color naranja altere la vida ciudadana y saque de sus casillas a los dirigentes indica el grado de inmadurez en el que nos movemos, el simplismo, la visceralidad, ceguera, intolerancia.

En una sociedad tan polarizada como la navarra, ninguno de los jefes de partidos plantea en su perfil la capacidad de superar los enconados sesgos históricos, sino más bien todo lo contrario. Constituye su razón de ser.

Buscan el ruido, la verborrea, la imposibilidad de entenderse nadie con nadie más que los suyos. Esto ayuda también a    los más mediocres a crearse un estatus bajo el paraguas de sus siglas, y vivir cómodamente en él, sin retos donde afloren sus limitaciones.

Ya lo avisaba Juan Cruz Alli: "Un líder no se repliega ante el cambio ni los conflictos, sino que los afronta, ya que en otro caso no se desarrollan las energías individuales y colectivas capaces de superarlos".

Quizás sea la líder socialista la única que de alguna forma intenta ponerse en medio. Evidentemente, sus posibilidades distan del éxito, pero ya quedó apuntado que un futuro Gobierno alternativo pasaría por ella, y eso al menos significa visión de futuro, porque a falta de liderazgos sólidos las estrategias partidistas serán quienes se impongan en el mercadeo de los votos.  El futuro Parlamento, que previsiblemente reunirá ocho formaciones políticas, así lo demuestra.

A falta de líderes sólidos, referentes sociales más allá de un eslogan, serán los partidos quienes agiten las urnas, con el riesgo que esto entraña, es decir, con resultados volubles, variables de un día para otro, como ya ocurrió en las últimas elecciones forales. Un líder emana seguridad, e inestabilidad su ausencia. En tales coordenadas no caben análisis simplistas como el de José Javier Esparza.

“La gente tiene ganas de que volvamos, me lo dicen en las fiestas de los pueblos” declaraba en una entrevista el último otoño. Unos días después, en otra completaba así la misma frase: “Y el año pasado no me lo decían”. No explicaba en qué fiestas, si en las de Milagro o en las de Leitza.

En un escenario tan complejo, con ocho siglas en una Comunidad tan pequeña, un líder, y más en la oposición, debería articular y liderar un cambio que le condujera al poder, en lugar de confiarse a una inercia que en cualquier momento puede cambiar de dirección, como ya le tocó sufrir al hoy presidente de UPN.

"Es inherente al liderazgo el conocimiento, la intuición racional del devenir y la capacidad de establecer objetivos que permitan afrontar nuevos retos", escribía Juan Cruz Alli un año antes de alternar su liderazgo en UPN con el del CDN. Se adelantó a los tiempos.

Entonces pedía al líder "actitud intelectual abierta y libre, superadora de todo prejuicio o suposición no examinada críticamente"; "una actitud permanente de crítica y autocrítica, esfuerzo en el aprendizaje, considerando que el cambio existe y se precipita en algunos momentos históricos", y en este último caso demandaba al líder capacidad de percibir el cambio y plantear alternativas. Como si lo hubiera dicho hoy.


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