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La justicia volvió la espalda a Osasuna en Sevilla

Por José Mª Esparza 07 noviembre, 2020 - 22:07

Osasuna jugó para empatar, y gozó incluso de más ocasiones para ganar que el Sevilla. Sin embargo, cayó víctima del fútbol tecnológico que en otras ocasiones le ha beneficiado.

El delantero de Osasuna, Ante Budimir, durante el partido ante el Sevilla en el Sánchez Pizjuán. EFE/ Jose Manuel Vidal
El delantero de Osasuna, Ante Budimir, durante el partido ante el Sevilla en el Sánchez Pizjuán. EFE/ Jose Manuel Vidal

Por trabajo, intención y méritos, el partido era de cero-cero. Por eso la derrota deja mal sabor de boca, regusto amargo. El fútbol ha regalado a veces a Osasuna alegrías injustas, pero en este caso le ha infringido una pena de difícil comprensión. En un balompié tan matemáticamente controlado, tan estudiadamente preciso, programado y controlado, parece que siempre debe ganar el mejor, sea por calidad o juego, pero no siempre es así. La visita de Osasuna al Sánchez Pizjuán lo evidencia. Ganó el Sevilla sin tirar una sola vez a puerta con mínimo peligro. A Osasuna le quedó la sensación de tirar por la borda un trabajo ímprobo, correctamente realizado, merecedor de algo más.

Unas veces sales perjudicado y otras feliz como unas castañuelas. ¡Quién no recuerda el penalti de Ander Capa para celebrar el ‘centenario’! En Sevilla tocó la de arena. El de ‘Monca’ fue como la fotografía de aquél. El jugador golpea de forma absolutamente innecesario al rival que, preceptivamente, exagera golpe y caída para que el VAR ajuste la decisión inapelable. Así es el nuevo fútbol, el del imperio tecnológico. La jugada no habría sido castigada jamás donde siempre se movió este deporte. ‘Monca’ sale con el balón jugado convencido de la limpieza de su acción. Sin embargo…

Algo parecido podría decirse del primer penalti parado por Sergio Herrera. Antes, jamás se habría repetido el lanzamiento. Son las nuevas normas escrutadas hasta el milímetro. Es el nuevo fútbol, que nada tiene que ver, por ejemplo, con aquellos choques entre sevillistas y rojillos que marcaron una época en ambos clubes. ¿Qué es mejor, esto o aquello? Para gustos, colores. Lo que nadie puede negar es que la adrenalina que entonces corría por la sangre del aficionado regalaba otra dimensión más allá de lo estrictamente futbolístico. El fútbol se medía también como ahora, con escuadra y cartabón, pero la pasión no la manejaba un cortarla un dron.

Otra cosa determinante es, con perdón, la puta pandemia. Cualquier partido sin público es otro que nada tiene que ver, pero en algunos casos la diferencia resulta sencillamente infinita.

El caso es que Osasuna llegó esta vez al Pizjuán decidido a aprovechar la resaca europea del Sevilla. Le plantó cara, y fue a por él. Nadando y guardando la ropa, muy sólido en defensa, pero a por él. Suyas fueron las únicas ocasiones del partido, gracias a su planteamiento clásico ejecutado con posicionamiento, presión y juego. En el choque de trenes en el centro del campo, acentuado tras la lesión inicial de Torró y consiguiente entrada de juego de Oier, salió mejor parado Osasuna, porque tuvo las ideas más claras de lo que buscaba.

El Sevilla solo mostró cierta solvencia tras el gol a favor, gerenciando el ritmo lento con la entrada en el campo de Rakitic, mensaje que potenció Lopetegui con los conservadores cambios finales, que apagaron el nuevo partido que Arrasate quiso proponer quitando a los dos centrales y metiendo todo su arsenal, con Jony, por ejemplo, de media punta, conduciendo por el centro. A pesar de todo, la propuesta funcionó quemando naves en los últimos diez minutos, que el árbitro, muy tacaño, cortó con apenas tres de prolongación. Sólo entonces respiraron los hispalenses. Otra vez será.


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