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La gloria, a dos pasos

Por José Mª Esparza 11 junio, 2016 - 22:03

Osasuna volvió a sorprender en Tarragona. Tuvo temple para sobreponerse al gol tempranero. Templó, fue a lo suyo, igualó, remontó y puso la eliminatoria imposible para el Nàstic.

Esta tarde de domingo, por fin, numerosos osasunistas seguirán por la tele un partido de Segunda División en el que no juega Osasuna. El partido de vuelta entre Girona y Córdoba  cobra un interés especial para saber quién será el próximo rival del equipo de Martín Monreal.

Cada cual tendrá sus preferencias, pero visto lo visto ante el Nàstic, da igual quién de los dos. Al equipo navarro solo le importa él mismo, seguir fiel a la identidad que ha cuajado en los tres últimos partidos, en los que ha dado la imagen de un bloque ambicioso, compacto, seguro de sí mismo y con las ideas muy claras. Cierto que todavía no ha logrado nada Osasuna, pero nadie puede poner en duda que los objetivos de la temporada han sido cumplidos con creces. Por supuesto que el pensamiento de todos se llama ascenso, pero de momento volver a disfrutar un partido en El Sadar ya resulta un premio impagable.

En el partido de ida hubo destacados, pero no en el de vuelta. El éxito del Nou Estadi recae en el bloque. Cada jugador aportó lo suyo dentro de su estilo propio, pero más que nunca el éxito recayó en el conjunto. Basta un dato para refrendar lo dicho. En un partido a vida o muerte, con la friolera de cinco goles, la victoria llegó a domicilio por goleada y jugando sin delanteros.

El equipo como tal quien hizo y deshizo, defendió y atacó, marró en el primer gol local y brilló en los tres suyos. Puesto a destacar algo, esto sería sin duda el triángulo mágico, el formado por Merino-Torres-De las Cuevas, sin olvidar la seguridad de contar por detrás con un descomunal Manuel Sánchez, sexto defensa o cuarto centrocampista según tercie. Increíble su aporte para marcar el tempo del partido.

Gracias al trabajo oscuro, sucio, de Manuel la tripleta pudo coger la manija del juego, hacerse dueña y señora de la pelota. Con el balón en los pies brilló la enorme clase de Merino, el fútbol de millones de kilates de Miguel de las Cuevas, ambos completados por Roberto Torres para sujetar el juego. Entre los tres, o entre los cuatro, o entre los once, dieron la vuelta a un partido que se puso muy cuesta arriba.

El gol inicial dejaba la eliminatoria para el Nàstic a solo un tanto a falta de más de ochenta minutos. Terrible en aquel infierno. Pero perdió el balón porque el triángulo mágico supo hacerse con él, jugarlo para cortar las ínfulas tarraconenses. De hecho, antes de empatar, Osasuna ya daba la impresión de que solo en una jugada fortuita podría encajar ese gol que le apeaba. El Nàstic ya jugaba muy lejos de Nauzet.

Repetimos que volvió a brillar el triángulo de más calidad de Segunda División, pero más que nunca el fútbol fue un deporte de equipo, el de un equipo que por tercer partido consecutivo es otro. Juega a ganar, no se arredra, se muestra duro de cabeza, confía en sus posibilidades, y despliega fútbol. Sabe jugar a fútbol. No habíamos visto a este Osasuna en 41 partidos de la Liga. Ha aparecido en los tres últimos.

Cada uno de sus jugadores ha explotado en el momento oportuno, dando lo mejor de sí. Martín ha confiado en la veteranía de un equipo joven, en la experiencia de partidos jugados. Así ha dado con el once ideal para disputar  finales de tanta trascendencia. Para dar la vuelta a un partido tan cuesta arriba como se puso el del Nou Estadi hace falta jugar bien a fútbol, pero sobre todo manejar con temple la situación, algo que supieron hacer los once y sus sustitutos.

El caso es que Osasuna vuelve a El Sadar. No cuesta imaginar las revoluciones ambientales, los pálpitos de cada aficionado, la manera como se vivirá una cita así. Si los jugadores salen al campo con el mismo corazón que en el partido de El Sadar contra el Nàstic y la misma cabeza que en Tarragona, Osasuna jugará el año próximo en Primera.


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