Opinión / osasuNAvarra

A la espera de Urko Vera

Por José Mª Esparza 16 enero, 2016 - 23:36

Esta vez sí, a Osasuna solo le faltó el gol. El Oviedo no lanzó a puerta en los noventa minutos, pero supo defenderse a conciencia.

Osasuna cuajó el que probablemente sea su mejor encuentro con el balón. Incluso, el mejor partido global, pese a lo arriesgado que resulta tal afirmación cuando se ha empatado en casa ante un rival que no disparó a puerta en todo el partido.

Los rojillos dominaron todas las facetas del juego, tuvieron cuatro ocasiones claras, dos por cada mitad, y realizaron jugadas de ensueño, brillantes, de lujo. Pero, evidentemente, careció de pegada y el gol brilló por su ausencia. Si ante el Nàstic hubo aires más alegres en el planteamiento, ante el Oviedo dio Martín Monreal un paso adelante. Creció en ambición, dejó a Nino en el banquillo, y lanzó a sus hombres desde el primer minuto. Sin duda, mereció ganar.

Ahora bien. Siempre hay que mirar al rival, en este caso el Oviedo, que logró su objetivo. Convirtió su abierto 4-3-3 en un cerrado 7-2-1 que le dio resultado. En la primera parte abortó las dos ocasiones con aciertos propios, mientras que en la segunda salvó las otras dos gracias a la falta de puntería ajena.

El caso es que los carballones volvieron a dejar en evidencia los problemas de Osasuna en casa (donde ha ganado menos partidos que empatados y perdidos), sumaron un punto vital que les mantiene por delante, y partirán con cierta ventaja en un último partido de Liga que promete ser espectacular en el caso que ambos equipos se jueguen lo mismo.

Martín sorprendió de salida con un mix entre tradición y modernidad con Kodro-Berenguer, y sobre todo dejando fuera a Nino. Ya era hora. El almeriense, se quiera o no, lleva una campaña con más sombras que luces.

Sus admiradores dicen que está en todas las partes (si bien no destaca en ninguna), trabaja incansablemente (aunque no le cunda lo deseable), lleva fama de goleador (pero falla más que acierta), y también de dinamizador (a costa de jugar cada día más fuera del área y una cuestionable generosidad con el compañero). Ante el Oviedo salió en la segunda mitad, volvió a fallar ante el guardameta Esteban, y puso de acuerdo a fans y críticos en su labor oscura.

Además, de nuevo con resultado irregular, el técnico dio continuidad al trabajo de José García para, pese a los lenguajes tan diferentes de uno y otro, apuntalar a Mikel Merino, quien un día deberá explicar cómo consigue aunar semejantes prestaciones en trabajo sucio y creatividad. Un superclase, pero que pese a multiplicarse de tal forma no consigue por si solo un mayor control de la zona ancha, necesario para desarbolar al rival.

En ella no sufrieron los oventenses, solo desarbolados de verdad con las genialidades de Berenguer primero, y de Olavide después, sin desmerecer del trabajo de Roberto Torres. En cualquier caso, unos y otros siempre quedan faltos de la puntilla final. Por eso, a Urko Vera ya se le empieza a llamar ‘el deseado’, como al rey Fernando VII. Ahora bien, a diferencia de aquel monarca tan decepcionante, a ver si el vizcaíno se erige en referente del área y aporta la pegada que falta.

Por lo demás, el cuarto resultado adverso consecutivo en El Sadar no dejó motivos de preocupación. Todo lo contrario, el aficionado disfrutó. Valoró una defensa impecable y una mejoría evidente desde el mediocampo hacia adelante concretadas en esas ocasiones fruto de jugadas trenzadas y cuajadas.

Por tanto, el equipo sigue en el buen camino. Es cierto que otros dos puntos quedaron en el camino, y que sumar de tres en tres es lo que importa, pero quizás este empate sea más importante para el futuro, en el sentido de que pone cimientos sólidos en el juego, que las victorias sobre el Leganés o Albacete, que poco o nada aportaron más allá del resultado. El tiempo dirá.


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