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Opinión / osasuNAvarra

Las espadas en alto en Montilivi

Por José Mª Esparza 16 junio, 2016 - 3:14

Osasuna se adelantó pronto, pero dio después la sensación de que no hubiera marcado el segundo si el Girona no le iguala previamente. Trató sobre todo de controlar, sin cometer errores, pensando en el global de la eliminatoria, en la que tiene ventaja.

Osasuna saborea el ascenso al alcance, casi lo toca. Es posible. “Sí se puede”, gritaron los aficionados cuando jaleaban a los jugadores mientras daban la vuelta al campo, esta vez sí que con sabor a despedida. A Mikel Merino se le entumecieron los ojos mientras le mantearon y el campo le mostraba su agradecimiento. La temporada ha echado la persiana en El Sadar.

La próxima cita, en la Plaza del Castillo o en ninguna parte. Allí quiere reunirse el osasunismo el sábado a la noche y el domingo a la tarde. Las espadas están en alto. Osasuna parte con un gol de ventaja, y el Girona le espera en Montilivi con el mismo resultado que remontó al Córdoba.

No será fácil. Quien lo pensara, aunque solo un momento, antes de comenzar la eliminatoria, el primer ‘round’ dejó en evidencia su equivocación. El Girona anda armado atrás, se posiciona bien en el campo, presiona hasta al portero, nadie da un balón por perdido, mueven con velocidad y disciplina táctica, rentabilizan todo tipo de argucias…

Tienen calidad, trabajan, saben a qué juegan. Bastó ver cómo estorbaron a Merino-De las Cuevas- Torres, que no brillaron como en las tres citas anteriores. Lo hizo más Manuel Sánchez, un portento. Quizás Martín, conocedor del potencial gerundense, no planteó el partido igual que ante el Nàstic. Tampoco los hombres de Pablo Machín se mostraron como los tarraconenses. El caso es que tras el gol inicial de Kodro, que en realidad lo marcó la grada, los rojillos trataron de templar el ritmo de encuentro, de controlar al rival, de no cometer errores, más que de seguir en una aventura loca en pro del segundo.

Dio la impresión de que Osasuna buscó más cortar las ínfulas catalanas que de sentenciar la eliminatoria, sabedor además de la dificultad de lograrlo con el Girona, que tampoco se arredró ni con el marcador desfavorable ni ante el formidable ambiente de El Sadar. Que los dos equipos se temen quedó demasiado claro, tanto que Osasuna dio muestras de conformarse con la ventaja inicial a la espera de jugar sus bazas en el segundo ‘round’ y, seguramente, nunca habría marcado el segundo gol si el Girona no le hubiese igualado el primero. Por su parte, al Girona pareció dolerle más el segundo gol que el primero. Les escoció verse tan pronto de nuevo en desventaja, pese a que les viene mejor el 2-1 que el 1-0, que hubiese gustado más a los navarros. En fin, conjeturas.

No salió un partido vistoso, sino trabado, que a la postre dejó satisfechos a los dos. Así lo constataron. Los cambios no engañan: Roberto Torres se alejó cuanto pudo del túnel de vestuarios cuando miró de reojo su número en la pizarra, mientras Pablo Pachín apuró la segunda sustitución durante el descuento. Habrá batalla en Montilivi, una batalla abierta y que puede salir larga. En tal sentido, el físico contará y mucho. Los gerundenses dieron la impresión en El Sadar de que andan algo más finos, pero en una final podrán más las ganas que el plomo de las piernas. La lluvia que arreció por momentos en El Sadar, aparte de deslucir el espectáculo, castigó más a Osasuna que a la postre llevó el peso del partido y, pese a los posibles favores recibidos del andaluz José Luis Munuera Montero en el área de Nauzet, resultó mayor merecedor del triunfo.

La eliminatoria ante el Nàstic dejó claro que Osasuna debía encarar la del Girona con el mismo corazón de El Sadar y la misma cabeza que en Tarragona. Quizás en la ida se ha impuesto más la cabeza que al corazón, sabedora de que queda otro partido, el definitivo, tres días después, y hay mucho en juego. En tal sentido, hay que dar por bueno el resultado. Ahora Osasuna parte con ventaja y hay que confiar en que sabrá jugar sus bazas. Un ejemplo, la factura de los goles. Ante el Nàstic primó la estrategia a balón parado mientras que ante los gerundenses los dos tantos llegaron como fruto de jugada hilvanada. Hay que esperar. Más que nunca, la incertidumbre se antoja máxima hasta el pitido final. Imposible firmar ahora más juicios sobre la eliminatoria. Lo único claro es que el ascenso está ahí, al alcance, pero que costará sangre, sudor y lágrimas.

 


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