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Las esencias rojillas llegaron a remolque

Por José Mª Esparza 27 febrero, 2022 - 22:36

Parecía que hubieran hablado los dos entrenadores de que debía hacer para frenar al contrario en un partido que parecía condenado al empate. Un gol de rebote premió a los realistas, que disfrutaron así de viento a favor para mantener la ventaja.

El delantero croata de Osasuna, Ante Budimir intenta superar al guardameta de la Real Sociedad, Alejandro Remiro. EFE / Javier Etxezarreta.

¿Resultado justo? Puede. Quizás el empate premiara mejor los méritos de unos y otros, francamente repartidos. Si al menos el gol hubiera definido una jugada espectacular, hablaríamos de otra cosa, pero es que ni eso. Un mal barullo en el área que beneficia a los albiazules, y nada más que hablar. Dentro de lo malo, al menos el único movimiento del marcador en el arranque de la segunda mitad trajo otro partido, de tal forma que podemos hablar de dos tiempos, de dos partidos y, lógicamente, dos suertes dispares

El encuentro vino marcado por la primera mitad, excesivamente táctica, algo que suele aburrir, restar espectáculo. Ocurren tan pocas cosas que hay quien se anima a decir que mejor haberla suprimido, que los dos equipos la tiraron por la borda. A la primera entrega podríamos definirla mejor como una partida de ajedrez, en lugar de un encuentro de fútbol. La Real, eso sí, movía blancas. Tomó la iniciativa y metió el balón en el campo rojillo, pero poco más. Obligó a estirarse a Sergio Herrera, en tanto que Osasuna apenas pisó el área rival.

La igualdad resultó manifiesta en ese primer acto. Ambos conjuntos movían piezas en función del contrario. Según se moviera uno lo hacía también el otro, tratando de neutralizar al poseedor de la pelota a la vez que tapar sus posibles destinos. Los rojillos basaron su fortaleza en el tribote, mientras los albiazules confiaron la medular a la visión de juego de Illarra y Mikel Merino, muy acompañados por las alas del campo, obligando al conjunto navarro a colapsar por la parte interior. La imagen más expresiva la daría Ezequiel Ávila, más ocupado en ayudar atrás a su defensa que en atender adelante al príncipe Budimir.

Ambos equipos buscaron la presión alta, para impedir mejorar al adversario y madurar así, poco a poco, el partido propio. En tal sentido, en el inicio de la segunda mitad, los realistas, motu proprio, se estiraron ligeramente, pero sin que ello pudiera significar que marcharan decididamente a por el gol. No dio tal impresión. Difícil asegurar que los albiazules habían pactado despeinarse. Simplemente la fortuna les favoreció en el gol. Eso sí, los goles normalmente sonríen a quien juega en el área enemiga, algo que Osasuna apenas intentó hasta entonces. A partir de ahí, sí.

El aficionado se preguntará por qué Osasuna no jugó la primera mitad como hizo en la segunda tras verse obligado a buscar el empate. Posiblemente a Imanol Alguacil también le podríamos hacer la misma pregunta si Aritz Elustondo no acierta. Habría tenido que abrir el partido, arriesgar más. Pero el gol dictó sentencia. Los cambios donostiarras fueron encaminados a mantener el control, tratando de ralentizar el juego, conjugando la presión alta con la fortaleza defensiva. Puestas las bases, el técnico albiazul agotó pronto los cinco cambios con una última variante: el aprovechamiento de los contragolpes.

Arrasate, en cambio, confió en las piezas que tenía en el campo, a las que ya tenía aleccionadas para reaccionar con el marcador en contra. A las sustituciones esperó al acostumbrado minuto 64, y no hizo el segundo cambio hasta que Alguacil había realizado cuatro. El caso es que, con cambios o sin ellos, el juego de Osasuna fue otro, el más reconocible. Aparecieron los pases cortos, endiabladamente precisos, verticales, sin renunciar al juego directo al que obligaban los donostiarras con su ocupación de los espacios. El fútbol resultó mucho más vivo, alegre, vistoso, bonito. Pudo llegar el empate, especialmente con Nacho Vidal, el destacado en la picota junto a Ezequiel, es decir, la banda derecha. Marcó tras un fuera de jugo nada de claro. Sale del fuera de juego, pero la impresión es que ya se encuentra en posición correcta cuando le envían el balón.

En fin, la pena es que salieran esas esencias rojillas de forma obligada en lugar de haber sorprendido antes con ellas.


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Las esencias rojillas llegaron a remolque