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Épica norteña de Osasuna en Lugo

Por José Mª Esparza 07 Abril, 2019 - 19:13

El Lugo maniató a Osasuna, sin dejarlo jugar, matándolo al contragolpe. Luego se le acabaron las fuerzas, reaccionaron los rojillos y hasta pudieron golear.

Partido entre Osasuna y el Lugo en el estadio Anxo Carro. LALIGA 123
Partido entre Osasuna y el Lugo en el estadio Anxo Carro. LALIGA 123

¿Es justo el empate? La pregunta del millón. Seguro que los lucenses lo califican de maldición tras la ventaja de dos goles, mientras que a los osasunistas les deja con la miel en los labios, convencidos de que por juego y oportunidades merecieron golear. Sabor agridulce para la parroquia rojilla, alegre al ver a su equipo igualar dos goles, pero contrariada al contabilizar la sucesión de ocasiones que no terminaron en gol. En cualquier caso, buen punto. De mucho mérito en un campo históricamente nocivo. Un empate épico en medio del temporal de lluvia y frío. Un punto de oro a estas alturas de temporada. También, un premio al trabajo y a la confianza en el estilo de juego.

El rival también juega fútbol, y el Lugo quemó naves en el empeño. El técnico Monteagudo tenía muy estudiado el sistema de Arrasate, y lo cortocircuitó con la colaboración de sus once legionarios, especialmente de su portero Juan Carlos, a la postre el mejor hombre del partido. Los lucenses salieron a por todas, sin escatimar un metro de carrera, un segundo de esfuerzo, un miligramo de presión. Presionaron por todo el campo, sin dejar pensar a los rojillos, impidiéndoles triangular. Imposibilitaron su juego fluido y sorprendieron a contragolpe.

Tal fue la superioridad táctica del Lugo en la primera parte que hasta alguno pudo preguntarse si sería conveniente que Osasuna cambiara su sistema de juego. Quería jugar al ataque y, además de no lograrlo, se veía sorprendido en defensa. El hecho de que las dos primeras ocasiones fueran suyas quedó en anécdota ante la contundencia de los dos tantos lucenses. El equipo de Arrasate, que optó por entregar la punta al incordiante Brandon, en lugar de al habilidoso Villar, se empeñó en jugar como siempre pero le salía peor que nunca.

Quizás en esa primera hora de partido debieron templar más el juego, tratar de asentarse en el centro del campo, salir de la presión lucense, gestionar la ansiedad local. Pero ni siquiera tras la continuación apareció la consigna de pararse un momento a pensar y reconducir la situación. Todo siguió igual hasta el segundo gol gallego. Entonces sí, Jagoba Arrasate movió fichas. Dio un giro copernicano y se la jugó con todas las consecuencias. Quitó a Oier en el centro del campo, armó el ataque por las dos bandas, y el panorama comenzó a cambiar. El Lugo se replegó y Osasuna comenzó a campar a sus anchas.

Arrasate jugó con dos factores. El primero, la urgencia de dar la vuelta al resultado. El segundo, el hundimiento físico lucense. El técnico rojillo abrió el campo con dos extremos: Kike Barja y Róber Ibáñez. Después, puso un referente arriba con Xisco, que remplazó a Brandon. Y finalmente prescindió de Rubén García para confiarle a Juan Villar la resolución del atasco existente. No cambió de sistema, sino que alteró sus piezas. Fiel a su estilo, revolucionó al equipo en la parte de adelante, y sólo le faltó un gol más, que por cierto mereció aunque solo fuera en un penalti por mano clara que el árbitro no señaló.

Además de retroceder, el Lugo comenzó a agobiarse. Su entrenador, Monteagudo, quitó piezas de arriba y alineó a tres centrales. Cualquiera habría hecho lo mismo, y más con un equipo fundido, pero el repliegue le costó caro. La imposibilidad de salir con el balón quedó clara a la par que se veía sorprendido por el ataque navarro desde todos los flancos. Puede dar gracias por salvar al menos un punto. El equipo navarro comenzó a llegar con mayor fluidez, apareció Roberto Torres, el juego tomó otro cariz, más hilvanado, vertical. Los laterales, Clerc y especialmente Nacho Vidal, cohibido desde la tarjeta amarilla que vio al principio, subieron más desinhibidos para colaborar con la ofensiva rojilla total.

Partido vistoso, entretenido, intenso, vibrante, con alternativas, resultado imprevisible, dos equipos entregados en medio del temporal. Épica norteña. La pena, el escaso público para tamaño espectáculo. Apenas 3.500 espectadores en un campo acostumbrado a cubrir sus gradas con paneles publicitarios que disimulan la ausencia de público.

Lástima de ese tercer gol que finalmente no llegó.


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