Opinión / osasuNAvarra

Diego Martínez tropieza en las mismas piedras

Por José Mª Esparza 16 diciembre, 2017 - 21:00

Tan claro se veía que se cumplió: o iba Osasuna a por el 3-1 o empataría a dos. Al técnico osasunista le pega ser jugador de pequeña en el mus, quizás también por eso muestra tal desprecio por la mitad de su plantilla.

Fran Mérida trata de jugar el balón entre tres futbolistas del Numancia. MIGUEL OSÉS
Fran Mérida trata de jugar el balón entre tres futbolistas del Numancia. MIGUEL OSÉS

Todo empezó bien y acabó mal. Parecía que 13 de los 14 habituales de Diego Martínez (Torres gozó de permiso paternal) iban a por todas, pero fueron de más a menos, y no precisamente por falta de ganas, sino por disposición táctica de su entrenador. El inicio de partido presagiaba lo mejor, pero el final firmó lo peor. “Hay que ganar como sea”, había anunciado, y los primeros minutos confirmaron la declaración de intenciones. Pero, claro, las cosas no acostumbran a ser como comienzan, sino como terminan, y más tratándose de un partido de fútbol en el que se escapan dos puntos de forma tan evitable. Hubiese bastado con seguir ambiciosos.

Los habituales de Diego Martínez salieron definitivamente a morder, decíamos. Una delicia verles con verticalidad, con ganas de pisar el área rival, con el punto de mira en el portal soriano, desarbolando la defensa numantina. No extrañó el gol made in Xisco a los 6 minutos. Concretaba sensaciones. Por fin, Osasuna alumbraba maneras para ganar en El Sadar dos meses después. Sus hombres se estorbaban a la hora de rematar. Todos querían. Había que frotarse los ojos. Un festival. Sonrisas, complicidad, recuerdos del 2-0 al Sporting, imaginaciones en la tabla clasificatoria. Feliz Navidad…

Desgraciadamente, nada se cumplió. Un fiasco. Otro más. El cuarto consecutivo.

Cuando empató el Numancia, tras un veloz contragolpe que cogió fácilmente la espalda a un equipo definitivamente lento, empezaron los malos augurios. Conociendo el percal, cualquiera pudo pensar que si Osasuna remonta en la primera parte, algo que ocurrió a los dos minutos gracias a Lillo-Xisco, al míster Diego Martínez no le pillarían en otra igual. En el descanso reorganizaría su planteamiento habitual, es decir, el de esperar atrincherados atrás y a ver qué ocurre adelante. Dicho y hecho.

La segunda parte nada tuvo que ver con la primera. Dos pasos atrás, con los defensas metidos en su campo, con los pivotes Torró-Mérida ocupados más en labores destructoras, y por si quedara alguna duda del evidente repliegue, dando entrada a Arzura por David Rodríguez. El resto del partido resultó la crónica de un empate anunciado.

No hay manera de que Diego Martínez se muestre ambicioso de veras. Apuesta a mínimos. Si practica el mus, seguro que juega a pequeña. Y ya se sabe… perdedor de mus. Un equipo que aspira a todo no puede jugar con el corazón encogido, sin aire, tembloroso, mezquino, diluyéndose en la nada. Solo una victoria podría justificar una segunda mitad tan soporífera, pero es que ni eso. Bastó una mala acción de Torró, que debió hacer la falta 20 metros antes, para dinamitar la victoria, las ilusiones, los sueños con la tabla clasificatoria, el sano disfrute o la feliz Navidad.

Es preciso aclarar que la culpa no fue para nada de Lucas Torró, para entonces vaciado por el esfuerzo hecho, luchando contra viento y marea frente a un Numancia que empujaba con velocidad e ideas más frescas. Tras la reanudación, Osasuna jugó como a Diego Martínez le gusta, con sus habituales diluidos en tejer una tela de araña que tantas veces les ha llevado a enmarañarse a sí mismos, y lo volvió a pagar bien caro.

Además, y esto lleva camino de resultar de juzgado de guardia, Diego Martínez volvió a alinear a sus diez fichajes de campo. A la salida de Arzura en la segunda mitad siguió la de Mateo, que tampoco hizo nada, y dada la ausencia de Torres, no agotó los tres cambios. Habría tenido que tirar de cualquiera de la otra mitad de la plantilla en la que nada confía, y prefirió evitar un dolor estomacal. ¿Dónde estaba ahora Tano o Barja? Vaya, como si al miedo táctico a perder uniera el miedo a desagradar a cualquiera de los veteranos a quienes rinde pleitesía. Es un insulto la gestión que el míster hace de la plantilla, un insulto primero a una docena de profesionales, y después al propio club que dejará asolado en el posible caso de no cumplir el objetivo trazado.

El nuevo fiasco deportivo llega en una semana donde, además, Fran Canal ha sido más factótum que nunca, al erigirse también en portavoz para masacrar el ‘preaval’ de la candidatura Somos 15.910, algo innecesario porque ya lo había hecho la Junta Electoral. En cambio, obvió lo que a él le duele, la reforma estatutaria, que es lo que Lafón ha llevado precisamente a los tribunales de justicia. Da pena ver la deriva hacia la que camina este club. En lo deportivo ha perdido sus señas de identidad, los valores donde siempre se ha reconocido en lodazales como el de Oviedo o tardes de lluvia y frío como la última de El Sadar. En lo institucional… a la vista salta. Mejor ahorrar calificativos en vísperas de la Navidad.


  • Los comentarios que falten el respeto y que no se ciñan al tema de la noticia, podrán ser eliminados.
  • Cada usuario será el único responsable de sus comentarios.
Diego Martínez tropieza en las mismas piedras