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Diego Martínez califica de final un partido que no sale a ganar

Por José Mª Esparza 22 abril, 2018 - 17:43

Una primera parte sin tirar a puerta con tres clamorosas ocasiones del rival, cinco hombres atropellados en un centro del campo sin Lucas Torró, y como siempre un equipo sin alma ni ambición. Osasuna se juega la vida y solo hace bostezar.

Encuentro entre Osasuna y el Alcorcón. LALIGA123 3
Encuentro entre Osasuna y el Alcorcón. LALIGA123 3

Aseguro que no he conocido un Osasuna tan desnaturalizado como el de este año. Tiene mimbres, prometió ir a por todo, en fin, se las prometía felices cuando la palabra ascenso alcanzaba carta de exclusividad en su vocabulario. Nueve meses después el panorama resulta desolador, como volvió a evidenciar el empate sin goles de Alcorcón. “Este fin de semana hay dos finales en Madrid, la de Copa y la nuestra”, avisó el entrenador. Las palabras de Diego Martínez, con el equipo jugándose la vida para entrar en el play-off, situado entonces a cinco puntos, invitaron al optimismo, a ver un partido que nada tuviera que ver con el anterior fiasco ante el Córdoba. ¡Qué va! Palabras huecas, falsas, sin contenido, igual el discurso escuchado durante el último año.

¿Quién puede entender una final de un equipo que quiere ascender ante otro que trata de evitar el descenso, en la que en la primera parte no tira a puerta, apenas pisa el área cuatro veces, tres de ellas a balón parado (dos córners y una falta), sufre tres clamorosas ocasiones del contrario, y el portero rival solo toca el balón en cesiones de los suyos? Hasta los comentaristas televisivos, que tienen la consigna de no hablar mal de los equipos, se despacharon con Osasuna: “Parece que no le sale nada”, “no encuentra su juego”, “mucho premio se lleva con el punto”, se les escuchó una y otra vez. ¿Cómo va a encontrar su juego Osasuna si no lo tiene? En el estadio Santo Domingo volvió a representar el mismo partido que repite toda la temporada, aquel en el que no juega a nada.

Ha quedado claro que con Diego Martínez da igual cualquier sistema, porque al final juega el mismo partido, y siempre dependiendo del rival. En Alcorcón quedó claro nuevamente, pese a revolucionar el esquema. Alineó una defensa de tres, con tres centrales, pero eso no significa que saliera al ataque, sobre todo tras ver el caótico centro de campo con teóricamente cinco efectivos. En bandas puso a Lillo, que no es extremo, y Barja a pie cambiado, que tampoco es defensa. En el doble pivote optó por Mérida y Arzura a costa de Lucás Torró, y se suponía que Roberto Torres jugaría por delante de ellos. En la práctica resultó un desbarajuste total. Las bandas se asfixiaban adelante y atrás, Fran Mérida no podía él solo, Arzura no daba un pase acertado ni a metro y medio de distancia, Torres no apareció, los cinco se comían el terreno unos a otros, y nadie enlazaba con los dos puntas. Simplemente, y no siempre, impedían jugar al rival.

Osasuna, que se desentendió del balón durante la primera mitad, pareció buscarlo tras el descanso, lo cual no quiere decir que estuviera dispuesto a jugarlo. Al menos, simuló dar un paso adelante, que Torres escenificó, para buscar el gol en alguna ocasión aislada, caso de un pase largo de Fran Mérida que plantó a Quique delante del guardameta Casto. Ahí terminó el espejismo, el bagaje ofensivo, la carga de ambición del viaje a la Comunidad de Madrid. Solo quedaba hasta el final otra media hora de bostezos, que esta vez ni los cambios aliviaron. Un desaguisado tan mayúsculo difícilmente podría encontrar arreglo. Desde luego que Ibáñez, Torró y De Las Cuevas no lo consiguieron. Se asemejaron más a convidados de piedra que a futbolistas ganadores.

Mientras matemáticamente haya vida, el árbitro no pitara el final de partido, pero cada día parece más claro que Osasuna poco tiene que argumentar para entrar en el play-off. Se diluye él solo, se fagocita a sí mismo ya en el vestuario, antes de salir al campo hundido anímicamente, muerto, sin alma. Sonará muy fuerte, pero si es verdad que Diego Martínez sigue con la misma plantilla que fue calificada unánimemente como la mejor de Segunda, completada después con los dos mejores fichajes del mercado invernal, es el propio técnico quien la ha matado, quien la ha anulado a base de cuadricularla, de metodizarla hasta dejarla sin capacidad de pensar, de vivir, de jugar a fútbol. Tiene delito jugarte todo en un partido y salir deliberadamente a no jugar a nada, a perderte como siempre en el no se sabe qué. Dicen que la esperanza es lo último que se pierde y, desde luego, este equipo no la encuentra.

¿No vamos a hablar del ‘factotum’? ¿Dónde queda en medio de semejante desaguisado? Tan perdido como el equipo. Si con el patrocinio de Euskaltel, quizás dolido por las críticas a su inoperancia para rentabilizar la camiseta, monopolizó las fotos para presumir de lo que no había hecho, esta semana no salió en ninguna. El club presentó la esponsorización de Kirolbet para los próximos tres años, sin que Fran Canal saliera en la foto. Quizás, al fin, de alguna forma, alguien le ha parado los pies. No obstante, queda por saber si la operación afectará a los conceptos de objetivos y variables que acompañan a su nómina anual fija, que es lo que verdaderamente importa. Lo demás no pasa de ser un juego donde se mueve como pez en el agua, es decir, infinitamente mejor que Diego Martínez en Alcorcón o El Sadar.


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