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Un descenso con bombo y platillos

Por José Mª Esparza 30 abril, 2017 - 18:14

Un gol al cuarto minuto tampoco ayudó a ganar, en este caso al Deportivo, pero no importa. Ni seguir de colista ya descendido cortó la fiesta en El Sadar. Pareció como que solo la lluvia puso notas de tristeza.

Osasuna - Deportivo. MIGUEL OSÉS
Osasuna - Deportivo. MIGUEL OSÉS

Osasuna, ya descendido, regresa a su casa tras ser goleado y humillado por enésima vez, ¿qué ocurrirá? Muy sencillo, cantos y más cantos, saludos, aplausos, griterío, música, palmas, más griterío, guiños de complicidad y, en fin, añada cada cual cuantas loas quiera a un estadio, una afición, un club… El recuerdo de otros descensos nada tiene que ver con éste. Quizás las imágenes de aquel Osasuna-Betis de la grada caída, con los jugadores saludando al final a la afición y ésta regalándoles un abrazo interminable, guarde alguna relación con lo vivido durante estos últimos partidos en El Sadar.

La afición no quiere reproches ni a los jugadores, ni al cuerpo técnico, ni al palco, ni a Tebas o a Villar, ni al rey Felipe V o la III República. Busca  juerga, y el estadio navarro la regala a espuertas. Hay música ininterrumpida gracias a un macro equipo de música escondido en Graderío Sur, gracias a la bondad de Fran Canal para con sus buenos colegas, que desparrama decibelios por todo el campo. Las canciones se suceden con el acompañamiento del resto de la grada, cada gol se festeja como si fuera el de una final de Champions, se corea la cola de vaca de Kodro como la mejor jugada de Leo Messi, y cuando el rival empata o remonta no pasa nada. Hay que seguir disfrutando. Esto es Osasuna, esto es El Sadar. Volveremos.

Nada que ver con los dos últimos descensos, por citar los más recientes. En el penúltimo, el de 1994, por cierto con Enrique Martín en el banquillo, el ambiente nada tenía que ver. El presidente Fermín Ezcurra dejó el cargo a mitad de temporada, cada día saltaba una juerga a destiempo de un jugador, El Sadar no escondía críticas. En fin, no digo que aquello sea lo ideal. Hay que apoyar, de acuerdo. Pero apoyo no significa complacencia, ni sumisa resignación, que en este caso es lo mismo. En el último descenso, el de 2014, la grada despidió con aplausos a unos jugadores que debieron dar más, pero al menos costó la caída de la junta directiva de Archanco en pleno. Aquí y ahora, nada de nada, que sigan sonando el bombo y los platillos, y cuanto más fuerte mejor.

La plantilla tiene sobrados motivos para sacar al final una pancarta dando las gracias. Pocos campos del mundo, por no decir ninguno, exigen menos a sus jugadores. Aquí se hunde el mundo, la situación institucional da pavor, y la asamblea decide que la directiva que ha confeccionado este esperpento se encargue también del próximo proyecto. Así lo arregló Fran Canal con sus amigos de Graderío Sur en un plis-plas, como las sabrosas pipas de girasol andosillanas. Dicen unos que la asamblea dio así un voto de confianza a la actual junta directiva, mientras otros dan por bueno el retraso para facilitar unas elecciones con alternativas más fiables. En fin, todo se verá.

Decía que sorprende este club, esta afición, esta plantilla. Todos hundidos en la mierda pero con alegría y buen humor, cantando y bailando. La única pena es que la Ley del Deporte impida entrar zurracapote al campo. En fin, este descenso no lo entiende ni Blasillo. Parece que hubiera caído la lotería. Lo normal sería que después de una temporada como ésta, hubiera un mínimo de autocrítica, exigencia de responsabilidades y culpas. Después del último partido, un empate ante Deportivo que bien pudo acabar en derrota, con todo a favor desde el cuarto minuto, con el equipo descendido y colista irredento, a nadie extrañaría que El Sadar enseñara los dientes por una mala gestión, por el espectáculo ofrecido en cada partido, por tres ejercicios de dirección técnica que han dado cada uno más lástima que el otro. Pero no, Osasuna es diferente. Por lo menos hay algo de que presumir.

Tan diferente que mientras los jugadores aplauden a la grada y a la parte de ésta que siguió aguantando la lluvia tras el pitido final se le caían las lágrimas de emoción, quienes se lanzan las puyas son el presidente y el entrenador. El primero al admitir un cierto grado de responsabilidad, así, en general, institucionalmente, como presidente que es, pero dejando claro que él no ha montado el esperpento sufrido estos últimos nueve meses; y el segundo al responderle que él no fichó ni a Jan Urban ni a Jokin Caparrós. Olé sus narices. Por si fuera poco, uno de los jugadores con rango de capitán se ve obligado a centrar que la directiva también tiene su culpa. ¡Quién da más! A lo dicho, aquí desciende el equipo y hay que aplaudir con complacencia, que ya se darán de leches entre presidente y entrenador, y los jugadores ayudarán a centrar la disputa. Todos tan contentos, autocrítica consumada. El año que viene más y mejor, pero en Segunda División. Eso sí, volveremos, aunque nadie sepa cuándo.


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