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Derrota con sabor final a épica, pero derrota

Por José Mª Esparza 22 diciembre, 2019 - 19:23

Pesaron demasiado los tres goles donostiarras sin cumplirse la media hora. Sin embargo, la personalidad del equipo estuvo a punto de dar la vuelta a un partido imposible. Despedida de año agridulce en El Sadar.

Partido entre Osasuna y la Real Sociedad disputado en el estadio de El Sadar. IÑIGO ALZUGARAY
Partido entre Osasuna y la Real Sociedad disputado en el estadio de El Sadar. IÑIGO ALZUGARAY

A la luz del resultado (3-4), de los siete goles, de la intensidad de la segunda parte, del empuje, la rivalidad, de la épica norteña, del tú a tú al límite, de las decisiones arbitrales, del calor anímico pese a la lluvia pertinaz, del carácter rojillo, de su rasmia, empuje y vitalidad, de la posible proximidad de un empate que parecía inaccesible, en fin, a la luz de una derrota que cualquiera justificará y defenderá ahora mismo en alguna parte con sólidos argumentos, lo cierto es que, lejos de la presión ambiental, la Erreala hizo los deberes futbolísticos antes, más y mejor que Osasuna, pese a terminar contra las cuerdas. En tales parámetros, la pérdida de tres puntos cierra un año para enmarcar, pero deja un sabor agridulce en su última entrega, pese al gran espectáculo vivido y disfrutado.

¿Se pudo ganar a la Real? Posiblemente. En cuanto a calidad, los donostiarras están al menos un peldaño más arriba, pero no deja de ser un equipo de los que Osasuna puede tutear en cualquier momento, y también sacarle los colores. Pero, claro, nada de eso en esta última ocasión. El imperdonable 0-3 antes de la media hora pesó y determinó demasiado. Salió dormido el cuadro de Arrasate, quizás influido en demasía por fastos extemporáneos, que despistan en medio de sendos partidos. La Real trianguló a placer durante tal lapsus y, aún concediendo el calificativo de accidente al segundo y tercer goles, marcó distancias siderales en el marcador, y también en el juego.

Sin embargo, el fútbol depende de otros muchos factores más allá de la batuta de jugadores como Martin Odergaard. Sin ir más lejos, situado en las antípodas del juego del futbolista noruego, Ezequiel Ávila revolucionó un encuentro condenado al fracaso. Su golazo dio inicio a otro partido, dentro de las coordenadas que a Osasuna le gustan. Hasta entonces la Real fue dueña y señora, pese al poste de Aridane o la chilena de Rubén. Sus posesiones se hacían eternas. Nadie les hurtaba el balón, tácticamente los donostiarras se situaron mejor, de cara a la pelota, defendió con dos líneas de cuatro bien pegadas y solventes. También pudieron marcar más goles. El partido era suyo.

Sin embargo, Aridane acortó distancias sin tiempo a sacar de medio campo, en un momento psicológico que alargó después el Chimy. Decíamos, que comenzó otro partido. Los donostiarras confiaron a pesar de todo en sus sensaciones del primer tiempo y en su gestión de las urgencias rojillas, donde contaron con la inestimable ayuda de David Medié Jiménez. En una temporada que el VAR iguala a equipos modestos con poderosos, lo cierto es que la RFEF sigue con los viejos vicios de perjudicar a dedo con designaciones de dudosa calidad, pese a que el árbitro catalán pudiera acertar al perdonar la segunda tarjeta a Zubeldia. Su decisión unió al estadio entero en un clamor contra él. Si pitó falta… fue amarilla.

La expulsión de Facundo Roncaglia, volver a acortar con diez, en fin, las pulsaciones a doscientos por hora en la grada y sobre el césped hasta el pitido final ayudaron a vivir una media hora final de infarto, todo lo contrario de la primera. Los rojillos jugando más con el corazón sin renunciar a la cabeza, disfrutando del segundo golazo de Ezequiel, de nuevo tan alejado de como suele, con pausa y estilazo. Sin embargo, la Real se mantuvo firme. Con tres centrales, sin perder la superioridad en el marcador, supo administrar su ventaja, que también pudo aumentar si Sergio Herrera no lo impide. Jugaba otro partido muy diferente al del cuadro navarro.

Osasuna, entusiasmado por su coraje, afán de superación, y entregado a la utopía, implicó a todo el campo al palpar tan cerca, incluso con diez hombres, lo que apenas unos minutos antes resultaba metafísicamente inalcanzable. Tuvo mérito, encandiló al aficionado, pero tampoco evito errores de bulto fruto de las elevadas pulsaciones, caso de Facundo Roncaglia. Pese a todo, El Sadar disfrutó, vibró, sintió a su equipo vivo y así puede sentir su palpitó y vivir con él. Derrota agridulce, que quizás debió terminar en empate como premio a una reacción meritoria que terminó en épica pura. En el fútbol mandan los goles.

Feliz Navidad.

POST DATA. Osasuna es mucho más que lo futbolístico (18). El año 2019 también tiene sombras. Me preguntan frecuentemente cómo veo a Osasuna, y yo respondo que por fuera como un edificio imponente, que deslumbra, brillante, pero que por dentro esconde realidades más que preocupantes. Cito dos hechos sintomáticos.

En este 2019, el Archivo General de Navarra demostró, por primera vez, con documentos hasta ahora desconocidos, que Osasuna ya estaba fundado en 1919, pero el ‘aparato de Estado’ ha obviado la declaración del primer centro de documentación histórica de Navarra.

También el ‘aparato de Estado’ ha llevado a cabo un deslumbrante proceso de remodelación del estadio de El Sadar. Personalmente, no quise votar. Me repelía. Quiero un estadio mejor, por supuesto, pero nunca dejarme manipular por intereses que se me escapan, que incumplen sus propios reglamentos.


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Derrota con sabor final a épica, pero derrota