Opinión / osasuNAvarra

Aquí hay mucha Liga

Por José Mª Esparza 27 agosto, 2016 - 21:50

Más justo hubiera sido un empate por lo visto en el campo, pero la Real supo jugar sus bazas mientras que Osasuna es un equipo en construcción.

Osasuna salió a por todas. Como los indios, que decía Paquito. Si hubiera metido un gol en medio de su ofensiva, de su empuje, El Sadar habría volado por los aires. Menudo ambientazo, ¡qué ganas de fútbol, de vida! Pero ese gol no llegó y… a la Real le bastó con aprovechar un malentendido de la defensa para marcar en el minuto de prolongación de la primera parte. Prácticamente, a efectos prácticos, ahí se acabó el partido, en ese jarro de agua fría. La afición se vino abajo, y los jugadores acusaron igualmente el golpe. A Osasuna le tocaba luchar contra la defensa de seis que le plantó entonces Eusebio y contra sus propias carencias. Demasiado, y más para un plantel que en la reanudación ya se le veía tocado físicamente tras el desgaste hecho.

El caso es que la Real no fue mejor. Tiene más experiencia en Primera, supo estar bien plantada, y apenas le hizo falta correr. Mantuvo sus posiciones, confiado en  jugar mejor sus bazas con el potencial de sus hombres de toque (Illarra, Pardo, Oiarzabal, Prieto) o de músculo (Zurututza, Martínez y compañía), pero sin proponer nada, sin arriesgar, sin personalidad definida. No creó ocasiones. Más aún, iban camino de terminar desquiciados la primera parte o, peor todavía, desesperados,  cuando se encontraron con el gol que mató a Osasuna, que le dejó sin confianza.  Sobre todo, tras el repliegue defensivo realista de la reanudación. Los rojillos buscaron el empate y luego la honrilla con corazón y profesionalidad, pero sin fe.

¿Qué le ocurrió a este equipo que empató en Málaga? Dos cosas: que salió a hacerlo todo, y que se encuentra en estado de construcción. En La Rosaleda concentró sus esfuerzos en hacer cuatro cosas y, eso sí, las cuatro bien. En El Sadar le pudieron la ambición, las ganas, la ansiedad… Jugó con más corazón que cabeza, y ahí le supieron esperar los donostiarras. En el primer partido acusó desbarajustes claros desde el centro del campo hacia adelante que amplificó con creces ante la Real. Se vio en la obligación de dar algo más y ahí se perdió. Ni siquiera creó peligro. En el estreno liguero Oier, es decir, la casta, se erigió en la figura. Ante la Real destacó Miguel De las Cuevas, y no precisamente por hacer un partidazo, sino simplemente porque tiró del equipo. Ante la falta de orden y concierto, de batuta clara, estuvo omnipresente. Cubrió las múltiples lagunas originadas por doquier, sea en el centro del campo o de la media punta.

No quedaron definidos los papeles en el centro del campo, y menos todavía en la parcela delantera. Contrasta que Jaime Romero fuera de los primeros en llegar con la falta de compás con sus compañeros, que jugaban a otra cosa que él no supo captar. Se le vieron detalles, caso del mejor centro de la tarde, pero su partido fue otro. No supo ver a sus enlaces y, lo que es peor, se chocó demasiadas veces con Oriol, o viceversa, que para el caso es lo mismo. A Martín le vendrá muy bien la experiencia de este partido para trabajar y corregir durante el primer parón liguero. La pena es que deja el recuerdo de la derrota, que siempre escuece y más si llega en el estreno liguero en casa.

Sin embargo, aquí hay Liga. Al final, y más si llega Riviere, queda un plantel competitivo y que competirá. Ante la Real también lo hizo, pero con excesivos desajustes, sean entre cabeza y corazón, o entre las líneas encargadas de conectar. No pasa nada, esto acaba de comenzar, hay tiempo de sobra para recomponer, y también mimbres. No hay que perder el ánimo y mucho menos la esperanza, pese a que el próximo partido sea en el Santiago Bernabéu, donde lo más lógico se llama derrota. Sin embargo, competirá, porque saltará al césped con las ideas más claras y definidas que ante los donostiarras. Seguro. 


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