Opinión / Profesor de medicina Preventiva y Salud Pública. Exparlamentario Foral y exsenador por Navarra.

Doña Pompeya y la corrupción

Por José Javier Viñes 28 noviembre, 2016 - 7:45

Están de actualidad, por desgracia, los efectos de las acusaciones a los políticos, verdaderas o falsas, sobre corrupción, como fenómeno explosivo que aplasta su credibilidad.

Los efectos devastadores son achacados a los periodistas, a la lentitud de la justicia, a los políticos demagogos canallas, o a los políticos justicieros. Hay para todo en las tertulias y cenáculos. Los ataques a quienes se encuentran en la palestra, ya estén cercanos o de pleno en la corrupción, llegan de los propios compañeros o de extraños justicieros con saña. Se suceden comportamientos imprevisibles en los partidos políticos, posturas hipócritas contradictorias, desaforadas a veces, o exculpatorias cómplices otras.

Los partidos políticos se afanan en atajar el problema que tanto desprestigia como mancha de aceite, a justos y pecadores, lo que amenaza a la democracia representativa y acrecienta la populista. Pero cometen el mayor error al querer reglamentar la corrupción, el poner normas y límites a la actuación: ¿cuándo actuar, a qué nivel de información o de ruido mediático; a qué nivel de actuación judicial: sospechoso, investigado, imputado, sentenciado? Vana y falsas pretensiones de resolver por esta vía el problema que los sospechosos, investigados, o imputados, crean a los partidos.

La mejor receta, que no he oído plantear en ningún corro todavía, comentaristas, políticos o tertulianos, es la receta que nos dan los clásicos, aquello de la mujer del César frase traída y llevada no siempre con precisión: “la mujer del César ha de ser honrada”. Tomemos de los historiadores como fueron los hechos. “En el año 62 a. de C., ocurre en aquellos años un suceso doméstico de singular resonancia, pues los hechos, aunque fueran minúsculos tratándose de Cesar adquirían relieve. Cesar, muerta su primera mujer Cornelia, había contraído nupcias con Pompeya de la cual, estaba prendado el demagogo Clodio, que disfrazado de mujer, penetró en el hogar de Cesar confundido entre los músicos cuando se celebraban las fiestas domésticas y femeniles (sólo para mujeres) de la diosa Bona. Descubierto Clodio por una esclava de Aurelia madre de Cesar, esta mandó suspender las fiesta, y, expulsado Clodio, se declaró sacrilegio. Clodio fue detenido y juzgado. Compareció Julio Cesar en el juicio y no acusó a Clodio, pero repudió a Pompeya que era inocente y pronunció la conocida frase: <Yo solo quise que no se sospechase de la mujer del Cesar>”. Se interpretó luego como “la mujer del César ha de parecer honesta” o más frecuentemente, “la mujer del Cesar no solo ha de ser honesta sino parecerlo”. Pero la clave está en que la alejaba de su magistratura, aun siendo inocente.

En la frase está toda la doctrina de la actitud y oportunidad política ante la corrupción: no hay graduación del hecho corrupto ante la respuesta del Cesar, que la sabe inocente, porque cualquier conducta sospechosa que le rodea, aunque no haya participado, daña a la imagen y eficacia del Cesar, del tribuno, del Cónsul, de la propia República; de la credibilidad del ejercicio del poder, de la institución o del partido político de que se trate y puede perjudicarle gravemente. El Cesar por el bien público debe repudiarla. Esta es la lección del Cesar que en tiempos actuales no se sigue. La persona sospechosa cerca del Cesar debe retirarse o ser retirada en beneficio de la “cosa pública”, del Gobierno o del partido político. Es el precio a pagar al acceder al puesto de mando, a sus sueldos y prebendas o a la sola representación ciudadana. Esta conducta no juzga sino que, en otro plano, protege al bien superior al sistema público y democrático.

Yo tampoco juzgo, pero cuánto bien público hubiera hecho la Infanta, tan cercana a la corrupción, renunciando a sus derechos sucesorios, o cuánto bien hubiera hecho Rita Barbera al Gobierno de España retirándose de la política, estando en el ojo del huracán rodeada de corruptos. Luego, mi deseo de la inocencia de ambas. Yo solo quiero que no se sospeche de cuanto rodea al Cesar, en ningún grado. Es la servidumbre del oficio de la política.


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