Opinión / Tribuna

Nostalgia del examen de ingreso de Bachillerato

Por José Ignacio Palacios Zuasti 24 diciembre, 2020 - 10:28

El autor rememora los exámenes para poder avanzar en sus cursos de educación cuando acudían los escolares de Navarra al Instituto Plaza de la Cruz. 

Aulas del IES Plaza de la Cruz de Pamplona. IÑIGO ALZUGARAY / ARCHIVO
Aulas del IES Plaza de la Cruz de Pamplona. IÑIGO ALZUGARAY / ARCHIVO

Con motivo del 175 aniversario de la creación del hoy denominado Instituto Plaza de la Cruz, primero y único que hubo en Navarra hasta mediados de la década de los años sesenta del siglo pasado, que en estos días se está celebrando, un periódico local nos contaba las peripecias del examen de Ingreso al que nos teníamos que someter, cuando cumplíamos los diez años, todos los chicos y chicas de Navarra, los de la capital y los de los pueblos, los de las clases pudientes, medias y modestas de la sociedad, y los de los colegios de pago y de las escuelas públicas, para poder pasar de la enseñanza Elemental a la Media o Bachillerato.

Para ello, después de haber sido preparados en nuestros respectivos centros de enseñanza durante los cursos anteriores, teníamos que acudir, en junio y/o septiembre, al que hoy es el Instituto Plaza de la Cruz de Pamplona, que entonces albergaba dos centros gemelos: el femenino –“Príncipe de Viana”- y el masculino –“Ximénez de Rada”- y, como me confesaba hace unos pocos días uno de esos niños, que vino desde su Estella natal a realizar la prueba y que después llegaría a ser catedrático de bachillerato: «Aquel Centro con sus columnas en la fachada principal nos parecía, como poco, una gran facultad. Los comentarios que, entre examen y examen, teníamos en aquella Plaza de la Cruz los recuerdo con total nitidez.

Allí estábamos con nuestra americana, corbata y pantalón corto consultando con los profesores acompañantes cómo nos había ido en una u otra asignatura.» Así, a esa edad tan temprana, ya éramos sometidos a nuestro primer ensayo competitivo, al que, después, a lo largo de los siguientes años, seguirían otros: las reválidas de Bachiller Elemental y Superior y el PREU, en la Universidad de Zaragoza, que, después, sería sustituido por el COU.

Como bien describía ese periódico, el examen de Ingreso consistía en dos pruebas, una escrita y otra oral. En la escrita, había que resolver unos problemas de matemáticas, para demostrar que se sabían las cuatro reglas, y un dictado en el que había un tope de faltas, más o menos gordas, de ortografía que se podían cometer. A continuación, se pasaba a la prueba oral, de cultura general, en la que, solo ante el peligro (como en la película de Gary Cooper), te tenías que enfrentar a las preguntas de un Tribunal, formado por tres catedráticos, con el que ya, de entrada, había un desnivel tanto numérico como material, pues los profesores tenían su mesa en el estrado o tarima y el examinando se encontraba a ras de suelo. En ese momento empezaba un bombardeo de preguntas que podían ser de gramática, geografía, catecismo, matemáticas o de lo que se le ocurriera al catedrático al que, como escribió hace ahora 55 años Vicente Galbete, bajo el jocoso nombre de «Katontxu Zensorua», se le definía como: «un animal inofensivo durante la mayor parte del año, que emigra por los veranos; pero que, en la primavera y el otoño, suele agruparse en manadas de tres, cuatro y aún de cinco cabezas y prevalido de su superioridad numérica, acostumbra a atacar al alumno, aislado e indefenso, desde una posición dominante.»

Y «Katontxu Zensorua», que pertenecía a ese gremio y ejercía de profesor en el “Príncipe de Viana”, contaba lo que sucedió en el “Ximénez de Rada”, en un examen oral de Ingreso, con un alumno al que, después de varias preguntas infructuosas por parte del tribunal, el catedrático de Geografía, queriendo salvarlo, recurrió a un bonachón y fácil subterfugio:

- ¿De dónde es usted? -le preguntó, como último recurso.

-De Tudela.

-Bueno; pues díganos qué río pasa por Tudela.

- ¿Por Tudela? ¡El Queiles! -contesta rápido, el chaval.

-Hombre, sí; el Queiles pasa por Tudela, desde luego; pero díganos otro...

-El Queiles… el Queiles… ¡Ah sí! El Queiles y el Mediavilla (el Mediavilla, como su nombre indica, es un regato urbano y sin importancia).

-No hombre no. Vamos a ver; ¿no pasa el Ebro por Tudela?

¡Qué va! El Ebro pasa por las afueras...

Por eso, «Katontxu Zensorua» concluía entonces diciendo que, ante casos como este, el catedrático no tenía más remedio que dominar su tendencia y suspender, a menos que aspirara a ser nombrado miembro Honorario de la Sociedad Protectora de Animales. Claro, esto lo decía, y en plan jocoso, en 1965. 

El examen de Ingreso hace ya medio siglo que desapareció y desde entonces hemos padecido en este país demasiadas leyes de Educación y, sin incurrir en el habitual «cualquiera tiempo pasado fue mejor», como escribió el profesor Andrés Amorós, en este tiempo «se ha producido un descenso en el nivel de nuestra enseñanza, en todas las edades porque ha cundido la creencia de que el esfuerzo, el trabajo y la disciplina son algo irrelevante y en la nueva pedagogía predomina lo lúdico, lo igualitario, la motivación, en antielitismo, la creatividad, las habilidades y, en vez de estudiar, hacer trabajos, tantas veces copiados directamente de internet». A lo que añadía Amorós: «Se predica ahora la democratización de la enseñanza, la libertad del alumno. (Recuerdo a Chesterton: “No puedes hablar de educación libre porque, si dejáis a un niño libre, no lo educaréis”). Se abomina de un instrumento tan necesario como la memoria. Se considera «reaccionario» hablar de exámenes, calificaciones, suspensos y hasta asignaturas y horarios. Todos los alumnos tienen «derecho al éxito»: si alguno falla, se echa la culpa al ‘sistema’, no a que haya trabajado poco… Y a todo ello se unen los disparates localistas que han traído, también a la enseñanza, las autonomías.».

Me temo que con la Ley Celaá que estos días se está aprobando en las Cortes, con la que se va a dar un paso adelante y se va permitir que se pueda pasar de curso con varios suspensos, habrá que crear esa Sociedad Protectora de Animales, única y exclusiva para los profesores, de la que hablaba Galbete pues, del nivel educativo de los tiempos de nuestro examen de Ingreso al actual, solamente se ha podido llegar con mucho esfuerzo y como decía el maestro Juan Belmonte: «degenerando». 


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