Opinión / Tribuna

Historia reciente para jóvenes y desmemoriados

Por José Ignacio Palacios Zuasti 29 mayo, 2020 - 10:00

El autor rememora el 35 aniversario del atentado ocurrido el 30 de mayo de 1985 en Pamplona en el que fueron asesinados el niño Alfredo Aguirre y el policía Francisco Miguel. 

Imagen del lugar del atentado del 30 de mayo de 1985 en el que murieron Alfredo Aguirre y Francisco Miguel. JORGE NAGORE / RELATOS DE PLOMO
Imagen del lugar del atentado del 30 de mayo de 1985 en el que murieron Alfredo Aguirre y Francisco Miguel. JORGE NAGORE / RELATOS DE PLOMO

Jueves 30 de mayo de 1985, en el Ayuntamiento de Pamplona del que yo era concejal se celebraba un Pleno ordinario que había comenzado a las siete de la tarde con 25 puntos en el orden del día, entre otros el de la construcción de la ikastola de Iturrama o el de la constitución de la Gerencia de Urbanismo.

Cuando estábamos en plena sesión todos los allí presentes escuchamos una fuerte detonación que, por la forma como habían retumbado las sólidas paredes del edificio, nos percatamos de que la explosión se había producido no muy lejos de donde nos encontrábamos. Los miembros de la corporación nos cruzamos miradas de asombro con las que nos interpelábamos sobre qué era lo que había pasado y, como si nada hubiera sucedido, el pleno continuó adelante.

El concejal delegado de Protección Ciudadana, Jorge Dallo, abandonó la sala y minutos después regresó y, al oído, le informó al alcalde y, después, vía boca a boca, nos fuimos enterando de los detalles de lo sucedido todos los demás.

Al parecer, en la Comandancia de la Policía Nacional de Pamplona había sonado el teléfono a eso de las nueve de la noche y alguien comunicó que en el número 16 de calle de San Francisco Javier, la bajada de Javier como es conocida popularmente, había un drogadicto que no dejaba de asustar a los vecinos y que portaba un cuchillo. Inmediatamente enviaron para allá a dos coches patrulla y poco antes de que estos llegasen a su destino, una mujer embarazada depositó una bolsa amarilla en la puerta del número 16, en el instante en que un niño de 14 años, Alfredo Aguirre Belascoain, alumno de séptimo de E.G.B. del Colegio de los Jesuitas, al que todo el mundo le conocía con el cariñoso apelativo de “Godo”, regresaba a su casa en el número 13 –casi enfrente del portal 16- de su entrenamiento de piragüismo en el Club Natación, donde dejó su bicicleta y, a continuación, se dirigió al número 16, en donde estaban sus padres en casa de unos amigos.  

En el momento en el que estaba tocando el timbre del telefonillo automático explosionaron los tres kilos de “goma 2” que contenía la bolsa y el cuerpo de Alfredo quedó suspendido en el aire para después desplomarse en el suelo desfigurado y cubierto de sangre. Cerca de él yacía, también, el policía nacional Francisco Miguel Sánchez. 

Mientras el Pleno seguía como si tal cosa, la concejal de UPN Maribel Beriáin se ausentó del salón porque tenía una llamada desde su domicilio, situado a escasos metros del lugar del atentado, en la esquina de esa bajada de Javier con la calle Compañía. Unos minutos después volvió demudada, recogió sus cosas y, tal y como consta en el acta de la sesión, “abandonó la sala con permiso de la presidencia”.

Pues bien, a pesar de que a pocos metros de donde se encontraba reunido el Ayuntamiento habían sido asesinadas dos personas, no sólo no se suspendió el pleno, sino que todavía se debatió un asunto fuera del orden del día (el estudio de Plan Especial e inicio de las conversaciones con los propietarios afectados del Grupo Urdánoz) y cuando concluyó su votación, “siendo las veintidós horas”, se levantó la sesión sin que en ella se hubiera aprobado ninguna declaración de condena por el atentado y, además, los corporativos se fueron juntos a cenar para celebrar el segundo aniversario de nuestra toma de posesión (que había sido el 23 de mayo de 1983).


Cuando nos pusimos en pie, me acerqué al alcalde y le pedí que suspendiera la cena en señal de luto, a lo que me respondió tajante: “No. La vida tiene que seguir”. Y mientras ellos se iban a Casa Marceliano yo emprendí el camino hacia mi domicilio. Me encaminé por la calle de la Estafeta y al llegar al cruce con la bajada Javier, la calle estaba cortada y al fondo se veía el espectáculo dantesco de humo y de luces de los coches de policía y sanitarios propio de esos sucesos.

Al día siguiente, al mediodía, asistí al funeral por el policía nacional Francisco Miguel Sánchez que se celebró en la parroquia de Santa Teresa en Orvina. Al llegar a la iglesia coincidí en la puerta con el general Juan Atarés y con él entré al templo y juntos estuvimos sentados en el mismo banco. Cuando acabó la ceremonia alguien despidió al ministro del Interior, José Barrionuevo, gritándole ¡Hasta el próximo muerto! Sin que yo pudiera imaginar que la que iba a ser la siguiente víctima mortal de ETA en Navarra la tenía tan cerca de mí, porque unos meses después, en la víspera de la Nochebuena de ese año, Juan Atarés caería abatido de tres tiros, por la espalda y a bocajarro, en la vuelta del Castillo de Pamplona, a escasos metros del portal de su casa.

Tampoco, entonces, el Ayuntamiento condenó su atendado, ni hubo minutos de silencio o plenos extraordinarios para debatir lo sucedido. Como tampoco se había inmutado la Corporación cuando en la fría mañana del día 7 de ese mismo mes de mayo de 1985 explosionó un artefacto con kilo y medio de «goma 2» que estaba colocado en los bajos del coche del teniente de la Policía Nacional don José María Izquierdo cuando este lo puso en marcha en la pamplonesa calle Monasterio de Fitero, que le amputó las dos piernas y un brazo. Entonces, el Pleno municipal fue tan mezquino que ni tan siquiera felicitó a un sargento de la Policía Municipal que, en un alarde de eficacia y con tres cinturones de otros tantos viandantes, consiguió cortarle en gran medida el flujo de sangre, con lo que le salvó la vida y hoy, 35 años después, a José María Izquierdo, a su esposa, hijas y nietos se le puede ver paseando por nuestra ciudad con una sonrisa en sus labios dando a todos una gran lección de discreción, de saber perdonar y de mirar hacia adelante en la vida.

Cualquiera que lea todo esto pensará que sucedió hace mucho tiempo, cuando tan sólo han pasado 35 años. Esto ocurría cuando en el Ayuntamiento de Pamplona se alardeaba de que la “mayoría natural” estaba formada por PSOE y Herri Batasuna (brazo político de ETA), que sumaban 15 votos y, aunque los concejales de UPN Y Coalición Popular (11 votos) presentábamos sistemáticamente en el primer pleno ordinario posterior al atentado una moción de condena, estas eran rechazadas por los votos de PSOE, HB y PNV (16 votos).

Ahora, cuando este 30 de mayo se cumple el trigésimo quinto aniversario del atentado de la bajada Javier, conviene refrescar estos hechos para que los más jóvenes conozcan lo que en nuestra ciudad ocurría no hace tanto tiempo y para que a algunos no tan jóvenes se les refresque la memoria.


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