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Opinión / Tribuna

Dimitir no es un nombre ruso

Por José Ignacio Palacios Zuasti 05 marzo, 2021 - 9:16

El autor repasa los hechos acontecidos con diferentes casos políticos en Navarra en los que se exigieron dimisiones y que posteriormente fueron archivados por los tribunales. 

Parlamento de Navarra. MIGUEL OSÉS
Parlamento de Navarra. MIGUEL OSÉS

Hace ahora siete años, cuando Navarra estaba convulsionada por las declaraciones de una exdirectora de Hacienda, en las que acusaba a su consejera de “intentar favores fiscales” y se pedía la dimisión de esta y hasta se exigía un adelanto electoral, la entonces parlamentaria foral Ana Beltrán, sin tener en cuenta el principio de la presunción de inocencia, escribió un artículo en Diario de Navarra (24 de febrero de 2014) que llevaba por título ‘Navarra como Egüés’, con el que pretendía aplicar al gobierno foral la misma medicina que unos meses antes había sido utilizada en el Ayuntamiento de ese Valle. En su escrito decía: «Nosotros teníamos claro, y así se demostró también en el Ayuntamiento [de Egüés], que el responsable máximo de UPN en el Ayuntamiento [Josecho Andía] había cometido irregularidades en su gestión, y fuimos los primeros en denunciarlo y criticarlo.»

Efectivamente, un año antes, por las “denuncias y críticas” de la Sra. Beltrán -a confesión de parte sobran pruebas-, Josecho Andía, que defendía su honestidad y alegaba que ni el auditor, ni los asesores municipales, ni los servicios jurídicos, ni el secretario municipal le habían advertido de que estuviera haciendo algo incorrecto o ilegal, se vio obligado a dimitir como alcalde y tuvo que emprender en solitario su defensa ante la Justicia. Se sentó en el banquillo y después de siete largos años, en los que recibió un informe favorable de la Cámara de Comptos y dos resoluciones del supremo órgano de fiscalización de las cuentas del Estado y de la gestión económica del sector público, que es el Tribunal de Cuentas, en las que se decía que no estaba debidamente justificada la perpetración de los delitos de prevaricación administrativa, malversación y falsificación de documentos públicos por los que se le acusaba, al fin, en mayo de 2020, le llegó la ansiada sentencia de la Audiencia Provincial de Navarra en la que se le absolvía definitivamente de todos los cargos y se condenaba en costas a los denunciantes. Para ese momento, hacía ya tiempo que las denuncias de esa exdirectora de Hacienda, para las que la Sra. Beltrán prescribía la misma medicina que en Egüés, habían sido archivadas por el Tribunal Supremo y todo había quedado en agua de borrajas.

Desde que se publicó esa sentencia han pasado más de nueve meses y todavía estamos esperando a que la que fue la “primera en denunciar y en criticar” esas «irregularidades» del Sr. Andía, haga públicas sus disculpas y actúe como se hace en estos casos: dimitiendo. Pero, me temo, tendremos que seguir esperando sentados porque la Sra. Beltrán es de esas que creen que dimitir es un nombre ruso y no un verbo de la tercera conjugación que se debe utilizar para asumir responsabilidades políticas. No lo hará y, además, negará su autoría porque es una gran maestra en la manipulación de los datos. Lo demostró cuando, al comienzo de su andadura política, presentó su currículo y tras ser advertida de que era falso y que se lo iban a descubrir, lo recogió y, al estilo de Groucho Marx -este es mi CV y si no os gusta tengo otro-, presentó uno nuevo. Y a día de hoy lo sigue tuneando porque una y otra vez repite que se afilió al Partido Popular en 2008, en el momento de la refundación de ese partido en Navarra, cuando es público y notorio, y está documentado, que no dio ese paso hasta el mes de marzo de 2009, cuando ya se habían celebrado muchos actos de entrega de carnets a nuevos afiliados del PP en la Comunidad Foral.

Vivimos unos tiempos en los que mucho se habla de la necesidad de dignificar la clase política y, para conseguirlo, es preciso que acusaciones como las vertidas por la Sra. Beltrán no queden impunes. Por eso, porque, a pesar de ser presidente del PP de Navarra no tuvo cabida en las listas de Navarra Suma, ni en las elecciones forales y municipales, ni en las generales, y le tuvieron que buscar un acomodo fuera de Navarra -es diputada cunera por Madrid- y allá ha fijado su residencia, y porque este mes de marzo se van a cumplir cuatro años desde que se celebró el último Congreso Regional del PP de Navarra, en el que ella fue nombrada presidente, que tal y como prevén los vigentes Estatutos del partido -artículo 31-, hora es ya de que se convoque un congreso ordinario del que salga una nueva ejecutiva presidida por una persona que ejerza sus funciones, cosa que Beltrán hace tiempo que dejó de hacer en Navarra, y a ella, como en el chotis de Agustín Lara, que en Madrid le nombren emperatriz de Lavapiés o de Chamberí.


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Dimitir no es un nombre ruso