Opinión / Tribuna

¿Fue Calvo Sotelo el protomártir de la cruzada?

Por José Ignacio Palacios Zuasti 24 enero, 2019 - 21:54

El autor analiza en este artículo cómo influyó el asesinato de Calvo Sotelo en la sucesión de acontecimientos del año 1936.

El doctor Antonio Piga contempla, puro en mano, el cadáver de Calvo Sotelo.  Foto: ALFONSO
El doctor Antonio Piga contempla, puro en mano, el cadáver de Calvo Sotelo.  Foto: ALFONSO

Mi amigo y compañero Jaime Ignacio del Burgo, en su condición de jurista e historiador, escribe una carta en Diario de Navarra el 20 de enero abierta al presidente de Vox, en la que se refiere a una serie de asuntos como son, por ejemplo, los fueros, las comunidades autónomas o la unidad de España. No me voy a referir a ninguno de ellos, sino a una afirmación que hace en dicho escrito. Es esta: a José Calvo Sotelo «el franquismo le dio el título de “protomártir de la Cruzada”». Y me voy a detener en dos cuestiones: «protomártir» y «Cruzada».

PROTOMÁRTIR

Como es bien sabido, el 13 de julio de 1936, el líder de la oposición monárquica y jefe del Bloque Nacional en las Cortes republicanas, José Calvo Sotelo, fue asesinado por funcionarios del Gobierno. Para ello, desde el Cuartel de Pontejos de los Guardias de Asalto, situado junto a la Puerta del Sol de Madrid, salieron varias «plataformas» o camionetas para realizar una cacería de «fascistas», entre sus objetivos estaban Alejandro Lerroux (jefe de varios gobiernos durante el denominado ‘bienio negro’), Calvo Sotelo, Gil Robles y Antonio Goicoechea (jefe de Renovación Española).

La última en salir fue la número 17, que estaba al mando del capitán de la Guardia Civil Fernando Condés, escolta personal del ministro Indalecio Prieto y de la diputada Margarita Nelken, ambos socialistas, con diez o doce guardias de Asalto y con cuatro jóvenes socialistas, vestidos de paisano, Luis Cuenca Estevas, Federico Coello García, Francisco Ordóñez Peña y Santiago Garcés Arroyo.

Esa camioneta se dirigió en primer lugar al domicilio del jefe de la CEDA, José María Gil Robles y al no dar con él, pues estaba en Biarritz con su familia, como hacía habitualmente los fines de semana, se encaminaron al domicilio de Calvo Sotelo, en la calle Velázquez Nº. 89, lo sacaron de su casa con engaños, lo subieron a la furgoneta oficial y el guardia de Asalto José del Rey, que estaba sentado detrás de él, le descerrajó dos tiros en la nuca. Inmediatamente después, entre todos, tiraron su cuerpo, como si de un fardo se tratara, a la entrada del cementerio del Este.

Este crimen fue la crónica de una muerte que había sido anunciada reiteradamente desde que el 16 de febrero de ese mismo año el Frente Popular ganara las elecciones Porque, tan sólo seis días de celebrados esos comicios, el 22 de febrero, fueron excarcelados los presos que penaban codena por haber participado en la Revolución de octubre de 1934. Y, una semana más tarde, el 1 de marzo, se celebraron grandes manifestaciones en numerosas ciudades de España para homenajearles. En la de Madrid, los mismos que exigían a voz en grito el indulto de los condenados por delitos de sangre y traición y la amnistía de todos los insurrectos, portaban horcas de las que pendían muñecos grotescos de Gil Robles, Calvo Sotelo y del general López Ochoa, el que fue encargado de reprimir esa Revolución de 1934.

José Calvo Sotelo. ARCHIVO

Y mes y medio después, el 1 de abril, en la sesión plenaria de las Cortes, Gil Robles fue amenazado de muerte. Tal y como recoge el Diario de Sesiones, este fue el cruce dialéctico, que lo inició el secretario general del Partido Comunista, José Díaz Ramos:

-Díaz Ramos: El señor Gil Robles decía de una manera patética que ante la situación que se pueda crear en España era preferible morir en la calle que no sé de qué manera. Yo no sé cómo va a morir el señor Gil Robles.

-Un diputado: En la horca (grandes protestas).

-Díaz Ramos: No puedo asegurar cómo va a morir el señor Gil Robles; pero sí puedo afirmar que morirá con los zapatos puestos. (Bronca monumental)

-Calvo Sotelo: Se acaba de hacer una incitación al asesinato.

Sigue el escándalo. El presidente Martínez Bario, se desgañita llamando al orden, y dispone que «esas palabras no constarán en el Diario de Sesiones».

-Varios diputados: Eso no basta.

-Pasionaria: Si os molesta eso, le quitamos los zapatos y le pondremos las botas.

-Gil Robles: Os va a costar trabajo, con botas o sin ellas, porque me sé defender.

Exactamente dos meses más tarde, el 16 de junio, en una nueva sesión parlamentaria, el «aviso» se lo dieron en esta ocasión a Calvo Sotelo, y los encargados de ello no fueron los comunistas, como la vez anterior, sino el propio presidente del Consejo de Ministros (hoy denominado presidente del Gobierno), Santiago Casares Quiroga. En esa sesión el jefe de la CEDA, Gil Robles, había presentado una proposición no de ley para pedir cuentas al Gobierno acerca de la anarquía creciente que padecía España. Los datos estadísticos que aportó, de casos acaecidos desde el 16 de febrero al 15 de junio (cuatro meses) ponían los pelos de punta: muertos de manera violenta, 269; heridos de diversa gravedad, 1.287; atracos consumados, 138; iglesias totalmente destruidas, 160; parcialmente, 215; centros particulares y políticos destrozados, 33; huelgas generales, 113; parciales, 228; bombas y petardos estallados, 146, etcétera.

Después de una tímida respuesta del diputado socialista De Francisco, tomó la palabra Calvo Sotelo y, con la energía que le era propia, atacó de frente al Gobierno. Así quedó reflejado en el Diario de Sesiones:

-Calvo Sotelo: Yo digo, señor presidente del Consejo de Ministros, compadeciendo a Su Señoría por la carga ímproba que el azar ha echado sobre sus espaldas …

-El presidente del Consejo saltó desde el banco azul como si le hubiese picado una avispa en sálvese la parte y replicó alterado: «Todo menos que me compadezca Su Señoría. Pido la palabra». (Aplausos)

-Calvo Sotelo: El estilo de improperio característico del antiguo señorito de la ciudad de La Coruña … (grandes aplausos)

-Presidente del Consejo: nunca fui señorito. (Varios diputados increpan al señor Calvo Sotelo airadamente).

-Cuando Casares tomó finalmente la palabra dijo: «Después de lo que ha dicho hoy aquí Su Señoría, si algo ocurre, el responsable será Su Señoría». Así lo refleja el Diario de Sesiones, pero la frase fue más larga y más contundente. Manifestó exactamente: «Después de lo que ha dicho Su Señoría hoy en el Parlamento, de cualquier caso que pueda ocurrir, que no ocurrirá, haré responsable ante el país a Su Señoría. Insisto: si algo pudiera ocurrir, Su Señoría sería el responsable con toda responsabilidad».

En aquel instante no se dio a esta amenaza la trágica significación que más tarde alcanzaría. Pero el jefe del Bloque Nacional la recogió con palabras que han pasado a la historia y que Gil Robles recoge en su libro ‘No fue posible la Paz’ (Ediciones Ariel, Barcelona, marzo de 1968, página 697):

-Calvo Sotelo: «Yo tengo, señor Casares Quiroga, anchas espaldas. Su Señoría es hombre fácil y pronto para el gesto de reto y para las palabras de amenaza. Le he oído tres o cuatro discursos en mi vida, los tres o cuatro desde ese banco azul, y en todos ha habido siempre la nota amenazadora. Bien, señor Casares Quiroga. Me doy por notificado de la amenaza de Su Señoría. Me ha convertido Su Señoría en sujeto, y, por tanto, no sólo activo, sino pasivo, de las responsabilidades que puedan nacer de no sé qué hechos. Bien, señor Casares Quiroga. Lo repito: mis espaldas son anchas; yo acepto con gusto y no desdeño ninguna de las responsabilidades que se puedan derivar de actos que yo realice, y las responsabilidades ajenas, si son para bien de mi Patria y para gloria de España las acepto también. ¡Pues no faltaba más! Yo digo lo que Santo Domingo de Silos -la frase pertenece a Santo Domingo de Guzmán- contestó a un rey castellano: “Señor, la vida podéis quitarme, pero más no podéis”. Y es preferible morir con gloria que vivir con vilipendio».

Quince días más tarde, en la sesión de Cortes del 1 de julio, fue el diputado socialista y ex subsecretario de Gobernación, Ángel Galarza Gago, el que amenazó de nuevo a Calvo Sotelo. En una intervención en la que condenaba en abstracto la violencia, Galarza, dirigiéndose directamente al diputado monárquico, le dijo:

-Galarza Gago: «La violencia puede ser legítima en algún momento. Pensando en Su Señoría encuentro justificado todo, incluso el atentado que le prive la vida».

En medio del escándalo que se produjo, se pudo oír la voz de Dolores Ibárruri, que gritaba hacia los escaños de la derecha: «Hay que arrastrarlos». Las palabras de Galarza fueron parcialmente tachadas del Diario de Sesiones por orden del presidente, pero su autor las confirmó de manera rotunda en su pretendida rectificación y así quedaron recogidas en el Diario de Sesiones. (Gil Robles, ob. cit., pág. 697)

Estos son los hechos que rodearon el secuestro y asesinato de Calvo Sotelo que el propio padre de Jaime Ignacio del Burgo, Jaime del Burgo Torres, los narra así en su libro ‘Conspiración y guerra civil’ (Editorial Alfaguara, Madrid-Barcelona, 1970, página 117):

Portada de ‘Conspiración y guerra civil’ de Jaime del Burgo. ARCHIVO

«Quizá el asesinato de Calvo Sotelo, perpetrado por fuerzas de Asalto de la República, en la madrugada del 13 de julio, actuara como catalizador y precipitara los acontecimientos. Es evidente que muchos conformistas que titubeaban vieron en este lamentable suceso lo que podían esperar de los dirigentes de la República. Hay también motivos para creer que los revolucionarios conocían los manejos conspiratorios del general Mola y dieron orden de adelantar la fecha de su movimiento.

» Se entabló, pues, una fatídica carrera hacia la meta final que no podía ser otra que la guerra. Pero nos adelantamos. Y esto es lo que pretenden ahora poner en entredicho los insensatos y malolientes tránsfugas de todas las situaciones, que entonces eran los primeros en clamar porque saltáramos a la calle, al campo, a la montaña, a cualquier sitio, con tal de que de que defendiéramos tantas cosas que a la postre resultaron inconfesables…».

Por tanto, hasta el propio padre de Jaime Ignacio del Burgo plantea que el asesinato de Calvo fue el ‘catalizador’ y el que ‘precipitó’ la guerra civil. Así que puede ser considerado como el primer ‘mártir’ de esa guerra que comenzaría cinco días después. Y, a esa figura, el diccionario de la Lengua Española la denomina como: ‘protomártir’.

CRUZADA

Por otro lado, calificar o no una guerra como ‘cruzada’ es algo que le corresponde hacer a la Iglesia. Y así sucedió con la guerra civil, pues fue la Iglesia española la que la consideró como tal.

Y para demostrar este aserto, voy a recurrir nuevamente a la obra ya citada de Jaime del Burgo Torres pues, en su página 78, nos cuenta que el 23 de agosto de 1936 (es decir, cuando faltaba mes y medio para que Franco asumiera la Jefatura del Estado y empezara propiamente ‘el franquismo’), el obispo de Pamplona, doctor Marcelino Olaechea, en una carta pastoral escribió:

«No es una guerra la que se está librando; es una cruzada, y la Iglesia, mientras pide a Dios la paz y el ahorro de la sangre de todos sus hijos -de los que la aman y luchan por defenderla, y de los que la ultrajan y quieren su ruina- no puede menos de poner cuanto tiene en favor de sus cruzados».

Marcelino Olaechea, Obispo de Pamplona en 1936. ARCHIVO

Y, sigue contando Jaime del Burgo, que el Doctor Mateo Múgica, obispo de Vitoria, en el Boletín Eclesiástico de su diócesis, correspondiente al 1 de septiembre, escribe:

«… Los católicos deben saber y saben que a todos nos es absolutamente necesaria la victoria del Ejército español, si es que deseamos de veras que no se vayan consumando entre nosotros las indescriptibles infamias del comunismo de Rusia, y en las regiones dominadas por el monstruo.

»No contento con esto, el 8 de septiembre da una alocución por la emisora de Vitoria en la que sale al paso de los que niegan la autenticidad de su postura: “No podéis de ninguna manera cooperar ni mucho ni poco, ni directa ni indirectamente, al quebranto del ejército español y cuerpos auxiliares, requetés, falangistas y milicias ciudadanas que, enarbolando la auténtica bandera española, bicolor, luchan heroicamente por la religión y por la patria… ¡Qué diferencia, amadísimos hijos, con lo que sucede en las provincias que resueltamente se adhirieron al salvador movimiento del ejército español! Allí no se oye el satánico estallido de la blasfemia; el crucifijo ha sido restituido a su puesto de honor en las escuelas; la imagen veneranda del Sagrado Corazón de Jesús ha retornado al trono que ocupaba en diputaciones y ayuntamientos; son respetados los derechos de la santa Iglesia; sacerdotes, religiosos y religiosas son respetados, apoyados y amados; funcionan fábricas y talleres; trabajan tranquilamente los labradores, y se prometen oficialmente soluciones cristianas ventajosísimas a los obreros… El Ejército español y sus cuerpos auxiliares están resueltos a triunfar, cueste lo que cueste, y hay que apoyarlos decididamente”».

En la página (79), Jaime del Burgo dice: «El 1 de julio de 1937 se publica la Carta Colectiva del Episcopado Español a los obispos del mundo, en la que sólo faltaban las firmas del arzobispo de Tarragona y del obispo de Vitoria. Este último se hallaba fuera de España por aquella época y alegó que no pudo firmar por no encontrarse física y personalmente en su sede y por carecer, por tanto, de la libertad y la independencia que exigían los cánones para ejercer sus funciones episcopales».

Por tanto, como narra Jaime del Burgo, a la guerra civil no la calificó como ‘Cruzada’ el ‘franquismo’ sino la jerarquía de la Iglesia española.

CONCLUSIÓN:

Conforme a todo lo expuesto más arriba, creo que no hay duda de que Calvo Sotelo fue el primer mártir -el ‘protomártir’. de una larga lista que desgraciadamente vendrían a continuación durante la guerra civil. Como tampoco la hay de que fue la Iglesia la que denominó ‘Cruzada’ a esa contienda. Así que nos puede gustar más o menos que al líder de la oposición monárquica de 1936 se le haya titulado como “protomártir de la Cruzada” pero, a la vista de todos esos hechos, ese título no fue inexacto.


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