Opinión / Javier Monzón es expresidente del PSOE en Navarra.

Campana y se acabó

Por Javier Monzón 06 mayo, 2016 - 9:10

Esa era la mítica frase que los supertacañones pronunciaban en el afamado concurso "Un, dos, tres", cuando se culminaba el tiempo asignado a los participantes, para dar la mayor cantidad de respuestas posibles.

No con esa misma intención, aunque algo sí, se ha publicado en el BOE el Real Decreto 184/2016, de la Jefatura del Estado, mediante el que se dispone la disolución del Congreso y del Senado y, a su vez, se convocan unas nuevas elecciones generales, para el domingo 26 de junio, de acuerdo con lo dispuesto en el artículo 99.5 de la Constitución, y de conformidad con lo previsto en el artículo 167.4 de la Ley Orgánica 5/1985, de 19 de junio, del Régimen Electoral General.

Así es y así ha sido, se ha acabado el tiempo. Nuestros representantes, elegidos democráticamente el ya casi lejano 20 de diciembre de 2015, no han sabido o, aún peor, no han querido buscar y encontrar elementos de consenso, para dar respuesta a su primera y principal encomienda, que no es otra que la de elegir un nuevo Presidente o Presidenta del Gobierno de España, que hubiera regido nuestro futuro y, con su acción, hubiese solventado los problemas sociales, económicos e institucionales que, como grandes amenazas y retos, afronta nuestro país.

No obviaré que algunos lo han intentado más que otros y que otros lo han impedido más que algunos. No obstante, afortunadamente para la democracia, nuevamente es la ciudadanía, titular de derechos y obligaciones, la que decidirá a quién encomienda esa tarea y, por supuesto, en quién delegará su representación.

Durante meses hemos escuchado el soniquete de que era malo el bipartidismo. Fruto de dicha creencia teórica, el 20 de diciembre elegimos un modelo de representación cuatripartito, donde los actores tenían un peso algo desigual, pero cuya representación obedecía a un sistema tradicional, derecha - izquierda desdoblado, pasando a tener una derecha radical, una derecha moderada, una izquierda moderada y una izquierda radical, con el "anexo" de opciones nacionalistas y/o independentistas y con la paradoja de que ni la derecha tenía mayoría absoluta, ni tampoco la izquierda, pero sí que sobrevivía el esquema tradicional de izquierda y derecha, arrumbándose otras teorías, para mi peregrinas, como "arriba y abajo".

Es obvio que un país, España en este caso, afronta dificultades y debe superar retos de distinta magnitud y transcendencia. Hay cuestiones institucionales y políticas que deben obtener el consenso más amplio posible, tales como las reformas constitucionales, la lucha contra el terrorismo, la unidad territorial, la defensa nacional y, también la educación o la política exterior.

Estas cuestiones deben ser acordadas, a ser posible, no con una simple mayoría absoluta, sino mejor con acuerdos transversales, donde estén implicadas ideologías diferentes e incluso, a veces, divergentes.

Otras políticas, las que se refieren a derechos, libertades u obligaciones individuales o colectivas, no necesitan, para su implementación, tan amplio consenso y deben ser abordadas y acordadas, por supuesto y si es posible, con el mayor consenso, pero de no serlo pueden ser llevadas a cabo por la mayoría parlamentaria que apoye al gobierno ejerciente, dado que, aquí sí, la ideología marca tendencia. Por ello, yo me manifiesto a favor de acuerdos entre distintos para los asuntos digamos de Estado, pero no de grandes coaliciones para los asuntos digamos ordinarios, aunque tan importantes como los anteriores.

No caben coaliciones entre ideologías divergentes, máxime cuando una quiere hacer lo contrario de lo que demanda la otra o que la otra quiera derogar lo aprobado por la primera. Uno de los pilares fundamentales de la democracia es mantener una alternativa ideológica fuerte y vigilante, que asegure la alternancia en el gobierno.

No tener alternativa es perpetuar la situación actual y convertir a la democracia en una dictadura bajo la apariencia formal de libertad, ya que no se tiene nada entre donde elegir. Por todo ello, no hay que rasgarse las vestiduras, menos opiniones interesadas, cuando no se producen acuerdos de gobierno entre la derecha, sobre todo la popular, y la izquierda, aunque sí se produzcan acuerdos de los llamados de Estado, que deben estar muy por encima de las ideologías.

El 26 de junio, la ciudadanía española votará y delegará su representación en quien considere mejor para defender sus intereses, pero debe hacerlo, así lo haré yo, votando en conciencia, no olvidando lo ocurrido en los años 2012, 2013, 2014 y 2015 y tampoco abstrayéndose de lo acontecido en enero, febrero, marzo y abril de 2016. Todo ello es valorable. Todo menos que no haya habido acuerdos entre la derecha radical y la izquierda.

Eso sí que es lo normal, lo sano democráticamente y lo necesario para mantener la alternancia futura. ¿Qué votaríamos, si todos los partidos, si las ideologías estuviesen de acuerdo y sus soluciones a los problemas no fueses diferentes? La verdad, yo no sabría que votar.


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Campana y se acabó