Opinión / Tribuna

Nacionalismos

Por Javier Marcotegui 25 octubre, 2017 - 10:48

La triste, preocupante y trágica situación de Cataluña y, por extensión, de España, me ha llevado a volver a leer las obras de Ortega y Gasset: “La España invertebrada” y “La rebelión de las masas”.

Una chica camina con una estelada por las calles de Barcelona. MIGUEL OSÉS
Una chica camina con una estelada por las calles de Barcelona. MIGUEL OSÉS

Su contenido permanecía en mi memoria gravemente afectado por la saludable enfermedad inevitable del olvido. Por eso, su lectura, mucho más que en la primera ocasión, me ha causado una impresión extraordinaria. Aconsejo vivamente dedicar algunos días a la lectura de estos textos.

Parece como si Ortega hubiera escrito las obras el día anterior al pasado 1 de octubre, a pesar de haber sido escritas en 1921 y de 1927 a 1929. En ese día, los jefecillos de la CUP, Junts pel sí, Ómnium y ANC, y sus seguidores, nos ofrecieron una clase práctica de la idea orteguiana sobre la rebelión de las masas.

Ciudadanos de toda condición pusieron de manifiesto su carácter más brutal de masa social y se rebelaron contra las entidades líderes de España como proyecto de nación: la Constitución que encierra la soberanía del pueblo español, en el que los catalanes están incluidos, y los poderes legislativo, ejecutivo y judicial de España que lo representan y, en su nombre, defienden y dan contenido a esta soberanía.

Lo hicieron bajo la falaz pancarta de defensa de la democracia. En esos momentos no importaba que la idea de la pancarta fuera falsa, y hubiera sido estéril tratar de hacer pedagogía alguna sobre la cuestión a las masas, porque era el momento del parto en el que sale a la luz la acción de una parte del pueblo catalán convertido en masa.

Esta masa ha dejado de ser obediente a los principios y fundamento del proyecto de España como nación y lo único que pretendía era imponer el suyo, nacionalista o particularista. Se impuso - y sigue imponiéndose- hasta sus propios líderes, si es que alguna vez los tuvo, porque la masa no tiene líderes, ella misma es el líder. No nos debe extrañar, por tanto, que ahora se rebele contra el propio presidente del Gobierno catalán que tenía por referencia y no escuche a alguna voz de ella que clama para defender el liderazgo del presidente. La masa es masa.

Ortega mantiene que España es el resultado de un proceso de integración de partes diversas en torno a Castilla en un proyecto nacional común compartido, sometido desde 1580 a las tensiones centrífugas de las partes integradas. Algunos elementos sociales de estas partes, por su propia naturaleza, aspiran a dejar de sentirse elementos de un todo y aspiran a dejar de compartir los sentimientos de las demás. Quieren dejar de ser partes de un todo para alcanzar ser todos aparte.

Por tanto, los nacionalismos no son movimientos artificiosos, sino consustanciales de España como nación. Los hay, más o menos operantes, en todas las regiones españolas. El modo de combatirlos no es ahogarlos por directa estrangulación, sino actualizar, sacar el brillo, suscitar la ilusión en el proyecto común nacional que antaño los integró en el proyecto común que llamamos España.

Esto nos enfrenta con el concepto mismo de nación. La nación no se concibe mirando al pasado, a la raza, la lengua, el territorio, ni tan siquiera la cultura. Probablemente, hacerlo así nos llevaría a la desintegración por alguna de estas razones. La nación se define mirando hacia adelante.

Nación es un proyecto de convivencia en común, como un movimiento dinámico continuo, proyectado hacia el futuro, como una entidad en continuo proceso constructivo que pretende hacer realidad un proyecto sugestivo de vida en común, con fuerza integradora suficiente para hacer sentir a las partes integradas que son miembros de un todo: la nación.

En este proyecto nacional común es básico el contenido de la constitución que le da forma jurídica. No se debe tener miedo al cambio de la norma de convivencia para aumentar el grado de cohesión y siempre que se mantenga incólume el principio de lealtad hacia su contenido, principio que en la actualidad brilla por su ausencia en España. La educación de los jóvenes sobre la grandeza y las bondades del proyecto de convivencia común es esencial para él.

Muy difícilmente se mantendrá el proyecto de convivencia nacional, si las partes, o alguna de ellas, tergiversan y alteran a su antojo la realidad de la historia del proyecto, hecho que, desde hace algunas décadas, se consiente en España sin reclamar consecuencia administrativa, jurídica o política alguna.


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