Opinión / Tribuna

El Gobierno y el Parlamento

Por Javier Marcotegui 21 mayo, 2017 - 8:54

Hablemos del Gobierno, o lo que es lo mismo, del Parlamento.

Vista del pleno del Parlamento de Navarra.
Vista del pleno del Parlamento de Navarra.

Aristóteles, entre las seis formas de Gobierno que describió, incluyó la democracia entre los sistemas puros. La consideró como el mejor gobierno para la sociedad griega de su tiempo porque era el gobierno de todos mediante leyes respetadas, que buscaba el interés general. Advertía, no obstante, que podía dar lugar a una forma degenerada, la demagogia. Es decir, el gobierno de todos sin respeto a las leyes y sin otro objetivo que el interés particular.

La situación política actual española y en concreto la navarra, evidencia el riesgo advertido de que la democracia se transforme en una demagogia. Las actitudes que los ciudadanos estamos observando en el Parlamento navarro y en el Congreso español, y en algunos otros como el catalán, nos advierten de este riesgo.

A mi parecer, es debido a varios motivos. En el primero se confunde el Gobierno con el órgano llamado a controlar sus actividades, el Parlamento. Ambos forman un sólido y férreo paquete político. Los grupos políticos que eligieron al presidente del Gobierno creen que están para defender al Presidente y a su Gobierno de los controles políticos de los grupos de la oposición. Piensan, incluso, que lo están para salvaguardarlo de los ciudadanos, al menos de algunos.

Así se explica que los portavoces de los grupos parlamentarios que apoyan al Gobierno de Navarra insulten y descalifiquen a los ciudadanos que convocan una manifestación pública y abierta a todos para la defensa de la bandera de la Comunidad. No son conscientes de que ellos y sus grupos representan el interés de los ciudadanos y que deben defender el interés general ¿Puede haber alguno más general que la defensa de la bandera que representa la Comunidad?

En esta fusión monolítica de Gobierno y Parlamento, algunos grupos solo defienden los intereses nacionalistas del Gobierno. Por ello, afirman que la manifestación convocada ataca al Gobierno. Es decir, a ellos que pretendieron dejar sin protección a la bandera oficial de Navarra frente a otras particulares e incluso anticonstitucionales.

En el segundo se olvida que el Parlamento, entre las altas responsabilidades que tiene reconocidas (la de legislar, controlar al Gobierno, señalar posiciones políticas) la superior y fundamental, la de representar al pueblo navarro. Representación que, entre otras obligaciones, reclama la de ser imagen o símbolo de los valores del pueblo navarro. De ahí la importancia de que los parlamentarios desarrollen su labor con honestidad, con verdad, con coherencia argumental, incluso con estéticas formales y linguísticas muy cuidadas.

La mentira, la falsedad, la incoherencia, el oportunismo o como se le llama ahora para disimular su verdadera faz, la “posverdad”, no pueden estar presentes en el Parlamento ni en los discursos y actitudes de los parlamentarios como comprobamos que está ocurriendo con gran frecuencia.

El ciudadano navarro solo puede estar representado por quienes están adornados con los valores primeros. Además, con sentido pedagógico, los parlamentarios deben ser ejemplo de conducta para sus representados. Al respecto, no vendría mal recordar que la corrupción tiene varias caras. La económica es la más aparente pero detrás está la corrupción ética y moral, mucha más peligrosa, a la que no se le presta la atención debida y con la que pocos se identifican.

En el tercero se confunde el interés general con el interés de partido: la democracia con la “partitocracia”. Los partidos y sus programas son considerados objetivos por sí mismos, cuando son solo instrumento para la designación de los parlamentarios y para la orientación de la voluntad política del ciudadano. Nuestros parlamentarios han olvidado –quizá nunca lo supieron- que los argumentos y criterios aplicados para derrotar o aprobar una propuesta no pueden ser oportunistas ni partidistas.

Así se explica que los grupos supediten sus decisiones a favor o en contra a la filiación política de los proponentes de las propuestas. No consideran la atención del interés general al que se deben. No saben que la democracia se nutre del debate, la confrontación de pareceres, el abandono de posiciones numantinas y el acuerdo, no del rodillo. Su fuerza no está en la votación. El interés general no se define por el resultado de una votación

Mucho temo que, con la ayuda del populismo oportunista y particular, hayamos transformado la democracia en una demagogia.


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