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Opinión / Javier Caballero es abogado e hijo de Tomás Caballero.

La colocación de la ikurriña y Tomás Caballero. Memoria y Verdad.

Por Javier Caballero 16 abril, 2016 - 13:46

En distintas ocasiones se ha tratado de utilizar, desde el mundo nacionalista, la actuación de mi padre, Tomás Caballero, en su calidad de Alcalde de Pamplona, en relación con la colocación de la ikurriña en el Ayuntamiento en 1977, para justificar su pretensión de que ondee ahora en las instituciones de Navarra.

He sido testigo de ello por mi presencia en el Parlamento y en todas las ocasiones he saltado porque suponía manipular la memoria de quien no puede defenderse, ni explicarse, precisamente por haber sido asesinado por quienes han querido imponer la ikurriña en esta tierra por la fuerza de las armas, pretendiendo, precisamente, con ese asesinato, callar la voz de quien era en ese momento el representante, como portavoz, del grupo que mayoritariamente representaba a la ciudadanía de Pamplona y que, obviamente, estaba en contra de tales pretensiones.

Leo en Navarra.com, y lo he visto en la grabación correspondiente, que ayer, en la sesión plenaria del Parlamento, la Presidenta volvió a aludir a la cuestión, ciertamente con palabras medidas y, formalmente, desde un planteamiento de homenaje como víctima y demócrata, que sinceramente agradezco, pero que no puede ocultar el disgusto que me ocasiona, en la medida en que se pretende justificar posiciones políticas actuales, con las que sin ninguna duda mi padre estaba y estaría en desacuerdo, con una incorrecta lectura de lo ocurrido realmente en 1976 y 1977.

La Presidenta dijo que la ikurriña “ha ondeado por decisión soberana de la mayoría de los representantes de los pamploneses entre los años 76 y 77” y que Tomás Caballero como Alcalde “llevó a efecto aquel acuerdo municipal” y “sin ningún aspaviento atendió el acuerdo municipal aprobado para izar de forma oficial la ikurriña”, cuando lo realmente ocurrido fue lo siguiente:

El Alcalde Erice fue suspendido por el Gobernador Civil el día 1 de octubre de 1976, por lo que mi padre se hizo cargo de la Alcaldía en su condición de Primer Teniente de Alcalde. Eran años y días muy convulsos tras la muerte de Franco en lo que, si algo estaba claro, es que los Ayuntamientos no eran democráticos, por lo que sus miembros no eran los representantes de los ciudadanos.

El 19 de enero de 1977 se legalizó la ikurriña, autorizando su exposición en los centros oficiales junto a otras banderas legales, y el día 25 se celebró una tormentosa sesión del Pleno del Ayuntamiento de Pamplona en la que, a priori, unos concejales no querían bajo ningún concepto que se colocase la ikurriña y otros querían que se hiciese de forma permanente como “la bandera de nuestro pueblo vasco”.

Fue mi padre, Tomás Caballero, el que presentó una moción en la que explicó que “no me considero, ni considero a este Ayuntamiento, con el suficiente grado de representatividad –tampoco le concedo, por ahora, mas representatividad a nadie- para tomar la decisión discutida e histórica de colocar la ikurriña oficialmente, de forma permanente en el balcón principal de la Casa Consistorial”, que para algunos la ikurriña “es el símbolo de una opción política: Euzkadi”, “para otros significa la lucha por las libertades, la lucha contra el centralismo de los cuarenta años del régimen franquista, el no estar de acuerdo con el atropello, las arbitrariedades y el dolos producido”, proponiendo la adopción del acuerdo, que se aprobó con 12 votos a favor y uno en contra (se había ausentado algún concejal),  y que decía textualmente:

“Primero Manifestar la satisfacción de esta Corporación por la decisión del Ministro de la Gobernación de autorizar el uso de la ikurriña.

Segundo: Como símbolo de esta satisfacción, y sin entrar en la opción política que el pueblo de Navarra pueda tomar libremente en el futuro, se acuerda que la misma se exponga hoy junto a las banderas oficiales.”

Nótese que el acuerdo dice se exponga “hoy”. Y así ocurrió, tal y como se cuenta en el libro de Víctor Manuel Arbeloa “Vida y Asesinato de Tomás Caballero”, saliendo al balcón del Ayuntamiento el Alcalde destituido Erice con la ikurriña (el mismo explica después que “la puse yo, pero por una razón: la ikurriña era entonces un símbolo de libertad”), mientras mi padre portaba la bandera de Navarra.

Al día siguiente dejó de ondear.

Mi padre, Tomás Caballero, dimitió como Alcalde, siguiendo como concejal, en abril de 1977 para presentarse a las primeras elecciones democráticas, asumiendo la Alcaldía Segundo Valimaña, y fue posteriormente, significativamente tras la celebración de las elecciones del 15 de junio de 1977, en las que, por primera vez, el pueblo había podido elegir a sus representantes, cuando los representantes  de los partidos ORT, EKA, PSOE, PTE, PSP de Euzkadi, EMC-MCE, PCE, ANV, PNV, UNAI y LKI, que, insisto, habían sometido su representatividad a las urnas, solicitaron al Ayuntamiento, todavía no democrático,  la colocación de la ikurriña, por lo que se acordó, por unanimidad,  que “la ikurriña se colocará, al igual que la nacional, la de Navarra y la de Pamplona en el balcón principal del Consistorio, en los días de fiestas populares y en las oficiales”.

Luego fue el Ayuntamiento democráticamente elegido por el pueblo el que la quitó y el Parlamento de Navarra, elegido también democráticamente, el que aprobó la vigente Ley de Símbolos.

Pediría, por tanto, a la vez que agradezco nuevamente el homenaje como víctima y demócrata que hizo la Presidenta del Gobierno, que no se vuelva a utilizar la memoria de Tomás Caballero para justificar algo con lo que, evidentemente, no estaba de acuerdo y mucho menos cuando se haga compartiendo un pacto de gobierno con quienes todavía no han sido capaces de condenar su asesinato.


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La colocación de la ikurriña y Tomás Caballero. Memoria y Verdad.