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Opinión / A mí no me líe

Aquellos veranos aburridos de Pamplona

Por Javier Ancín 20 julio, 2018 - 10:47

Recuerdo aquellos años en los que Pamplona desaparecía el 15 de julio. Cerraban hasta los bares y por no poder haber, no había ni donde correrse una juerga normal, nada del otro jueves, en agosto.

Comienzan a señalizar las obras que el Ayuntamiento de Pamplona va a realizar en la avenida Pío XII como expansión de su plan de amabilización NAVARRACOM
Comienzan a señalizar las obras que el Ayuntamiento de Pamplona va a realizar en la avenida Pío XII como expansión de su plan de amabilización NAVARRACOM

Siempre quedaba algún garito clandestino hasta que se abría de nuevo todo en septiembre, ya con el nuevo curso, pero en aquellos años aún soñábamos algunos con encontrarnos con la chica que nos gustaba, no con darle fuego al mundo, escondidos, por las calles paralelas a las que transitábamos durante el año.

Pienso mucho en aquel tiempo en el que los veranos empezaban después de los Sanfermines y nos aburríamos como ostras casi dos meses, encerrados en la ciudad quieta, porque no pasaba nada. Después del curso escolar, las notas y la vorágine de las fiestas todo se congelaba. Hasta la primera semana de septiembre de vacaciones, cuando la gente volvía del pueblo, de viaje con la familia o de la piscina.

Antes todos éramos de una piscina. No todos tus amigos eran de la misma, la lucha de clases piscineras, y nos llamábamos de un club a otro para que, tras anuncio por la megafonía, poder comunicarnos y quedar en algún sitio intermedio, a pasar el tedio juntos, imaginando lo que haríamos cuando pudiéramos hacerlo, fuera de estas calles.

De teléfono fijo a teléfono fijo. Antes llamábamos a sitios y no a personas. Antes no había teléfonos móviles, aunque alguien no se lo crea, y comunicarse, dar con la persona que buscabas, era un follón. Llamábamos de parte de alguien y dejábamos recados. Recados que nunca sabíamos si llegaban o se perdían o no querían ser recibidos. Si llama Fulanito no me lo pases.

Mi mayor logro telefónico fue una vez, en Inglaterra, desde el salón de la familia que me acogía para hacer como que estudiaba inglés en un colegio, llamé a cobro revertido al club de la presidenta Barkos, el Tenis, algún chalado aceptó la llamada, y cuando me preguntó que qué quería, le dije que llamara a mi amigo Fulanito, para que se pusiera. Y lo llamaron por los altavoces y estuve hablando con él gratis casi una hora.

Logros analógicos. Como aquel otro, por las noches, con mi walkman Panasonic que tenía radio y auriculares de diadema con espuma, sintonizaba con mucha nieve, por AM, los programas deportivos y me sentía más cerca de casa. La era analógica fue más emocionante que esta era digital. Encontrar en el dial una emisora audible en extranjero era tan emocionante como ir a Roma y darle una colleja al Papa.

Luego, afortunadamente, me saqué el carnet de conducir y tuve coche, coches, unos cuantos, con los que escapar de esta ciudad en la tercera semana de julio, como hago hoy, de noche, sin que nadie se entere, camino de la playa, o más concretamente, hacia esa terraza que da a la playa en la que puedo tomarme, da igual en qué momento del día, un café o tres cervezas, de trago.

Mochila en el asiento trasero, spotify vía Bluetooth del móvil en la radio, antaño paquete de Marlboro en el asiento del copiloto hoy sustituido por medio litro de agua y adiós.

Salir de Pamplona siempre me ha parecido un alivio. Hoy para escapar paso al lado de los parterres de Pío XII con Iturrama, con las flores arrancadas por Asirón y sus máquinas, para amabilizar la ciudad destrozándola ya sin remedio, matando pétalos y tallos.

El alcalde, que tiene hecha unos zorros Navas de Tolosa, con esas aceras sin aceras cubiertas de hormigón sin desbastar, ha decidido seguir arrasando la ciudad descojonando las maravillosas avenidas que disfrutábamos. Que le den y disfrutad al tirano.

Quién fuera burgalés de Gamonal para que no le jodieran su ciudad. Yo estoy ya en la autopista. Disfrutad, pamploneses, del Boy Scout batasuno/tuno. Yo estoy ya en la playa, cañón de cerveza en mano, con una palabra silenciada en el buscador de tuiter: Pamplona. Y eso es todo.


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