Opinión / A mí no me líe

Las trolas del nacionalismo

Por Javier Ancín 27 octubre, 2017 - 9:23

Les van pillado la matrícula por el mundo a los nacionalismos en general y a los nacionalistas catalanes en particular. Las trolas que llevan contando durante décadas al final les han pasado factura. No se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo.

Carles Puigdemont, durante la sesión del Parlament del jueves tras no convocar elecciones.
Carles Puigdemont, durante la sesión del Parlament del jueves tras no convocar elecciones.

Han tardado, es verdad, porque esta movida puigdemontana también nos ha enseñado que el periodismo extranjero es bastante desastroso, por no decir vendido, pero al final les han olido a los nacionalistas todo el sectarismo y victimismo que sudan a borbotones, descubriendo el pastel.

Conforme los medios internacionales han ido analizando en frío la información en caliente que fueron enviando sus corresponsales, esos periodistas que compraron la mercancía averiada del nacionalismo catalán -ellos sabrán por qué-, se han dado cuenta de que había algo que no cuadraba. En realidad se han dado cuenta de que casi nada cuadraba. Una mentira repetida mil veces no se convierte en verdad salvo para los convencidos de la causa. Una mentira repetida mil veces solamente es una mentira repetida mil veces.

Florecen como setas estos días en el Washington Post, The Guardian, The Wall Street Journal, Le Monde... artículos y editoriales entre avergonzados y cabreados, señalando las trolas que el nacionalismo catalán les ha metido hasta la bola con eso del pruces.

Incluso Liberation, más de izquierdas que el mástil de la bandera roja de la hoz y el martillo, les llamó racistas o Charlie Hebdo, que como todo el mundo sabe no sólo la fundó Franco (que tiene el culo blanco porque su mujer blablablá...) si no que estuvo suscrito a esa revista la Collares hasta su muerte, directamente los define a los nacionalistas catalanes como gilipollas en un editorial que es para enmarcar de lo clarito que habla.

Editorial donde también atiza a izquierdosos nacionalistas como Pablo Iglesias, por cierto, para que vaya poniendo su coleta a remojar (Bescansa, Errejón, a calentar, que igual salís de nuevo a jugar).

A la farsa se le empieza a caer encima la tramoya. Empresas que huyen por centenares al supuesto país opresor (ni una se ha ido a Francia). La manifestación heterogénea de esa Cataluña hasta hoy dormida, europea-española-catalana-ciudadana, sacudiéndose el miedo a que le señalen como enemiga del pueblo, que revienta florida en Barcelona, harta de la tiranía monolítica nacionalista de bota negra tiránica que aprieta cuellos ajenos.

Nosotros, los que no somos nacionalistas también somos catalanes, decían, para que lo escuchara el mundo, ese mundo que había comprado la idea de que solo había una Cataluña, la nacionalista, hasta que se han empezado a caer del guindo. Cuando pierdes el miedo a que te llamen fascista, los que te lo llaman, sacan su mejor perfil ridículo y totalitario para retratarse ellos sí como perfectos fascistas.

La brutalidad policial que ya nadie en esas redacciones del mundo se cree y que solo produjo un ingreso hospitalario (se discute si dos, añadiendo a la tremenda lista de uno o dos ingresos hospitalarios, a un señor que sufrió un infarto y que nadie se aclara ni de dónde se encontraba cuando le falló la patata).

Poco se dice que la revolución de las sonrisas, como tan cursimente se definen ellos mismos, ya tiene a dos detenidos por brutalidad reaccionaria. Uno por pegarle un patadón en la cabeza a un policía que había caído al suelo -un claro acto de concordia y amor-, y otro por meterle un sillazo a otro policía, dejándolo KO al instante, en otro ilustrativo ejemplo de manifestación pacífica de buen rollito que persigue el diálogo y tal.

Y no seré yo quien defienda a la policía por el mero hecho de ser policía como otros la atacan simplemente por ese mismo hecho. En mi currículum tengo el honor de que todas, pero todas, desde munipas, forales, gendarmes, picolos, nacionales, charainas hasta mossos me ha hecho salir del coche y poner las manos en el techo para cachearme.

Uno tiene un pasado delincuencial como conductor que hace temblar el misterio. Es decir, sé de qué va el asunto y sé también que policías cretinos los hay, como hay cretinos en todas las profesiones. Pero también sé que la mayoría son gente profesional y eficiente. Si alguien la caga, sea policía, médico, bombero, barrendero o tornero fresador, se denuncia y punto, que para eso está el estado de derecho con sus leyes. Que los tribunales decidan.

Quién lo iba a decir, al final la reserva espiritual de Occidente de todos los tópicos de la España negra iban a quedar almacenados en los territorios con nacionalismos que padecemos. Mientras la sociedad española es una sociedad que ha ido avanzando hacia la modernidad, unas veces más lenta y otras más velozmente, el nacionalismo en general y el catalán en particular, ha estancado a sus súbditos en la caspa de un pasado cochambroso y oscuro, feudal, que solo ha servido para generar frustrados, amargados y tristes; que solo ha servido para generar odio a puños llenos; que solo ha servido para destruirse a sí mismos como sociedad, mirando siempre al pasado y jamás al futuro.

No han tenido reparo, en ese loco caminar hacia el abismo, de triturar lo que ya habían conseguido, lo que era suyo por derecho propio. Se decía hace medio siglo que Madrid era un pueblillo castellano y Barcelona la puerta hacia Europa, la capital cultural española, la ciudad del libro, nada menos. Hoy, aquel pueblucho castellano es una de las ciudades más vitales y cosmopolitas del mundo y Cataluña, la puerta tapiada hacia el progreso, hacia el futuro, de donde han huido hasta las editoriales de libros.

Cómo Madrid, las calles de Madrid, los bares, los comercios, las oficinas, las librerías, teatros, salas de conciertos, la gente venida de todos los lados del mundo, la vida de Madrid, le ha comido la tostada a una Barcelona que hoy por hoy está muerta por la arterioesclerosis creada por lo sentimental-nacional es de tesis; para quien tenga ganas de ordenarlo todo negro sobre blanco, en bonito, y ganarse un cum laude doctoral.

Este último Orgullo Gay paseando por Madrid, vi participantes y policías charlando amistosamente, policías velando por la seguridad de todos para que ningún loco nos devolviera a la edad de las cavernas. Incluso guardo una estampa de un policía y un ciudadano, a cuál más buenorro -pero eso es un dato subjetivo que no viene al caso-, que yo creo que estaban ligando.

Cómo han cambiado los tiempos, pensé, qué lejos queda ya el estereotipo de policías barrigones con bigote del antiguo régimen persiguiendo a homosexuales por antros ruinosos escondidos en calles grises. Me gusta vivir en una sociedad así, más tolerante y gracias a todos, mejor, concluí.

Soy un ñoño, lo sé, pero espiar a aquellos dos tipos me hizo sentir orgullo de vivir en una sociedad tan libre como la española. Todo ha cambiado, todo ha cambiado y mucho, menos el nacionalismo, que no se entera porque no le conviene para su fantasía, sumido en su espiral conservadora, que le impide moverse un metro de su paranoia eterna y poder abrir las ventanas para que se airee tanta absurda identidad milonguera y supremacista.

No sé en qué acabará todo este sainete nacionalista catalán. Estoy saturado. Me preocupa bastante poco.

La realidad política de mediocres políticos nacionalistas que solo aspiran a destruir su sociedad para llenarla de tristeza, me sirve para ver, flipar un ratito, escribir y pirármesla, que la vida, la real, está ahí fuera.

Parafraseando la anotación más famosa de los diarios de Kafka, añado hoy a mí dietario algo parecido: “Puigdemont declara la independencia o no o yo qué sé o vete tú a saber (cuando entrego este artículo aún sigue mareando la perdiz entre la Generalitat y el Parlament). Por la tarde yo me voy a disfrutar del Bime en Bilbao”. Y eso es todo.


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