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Opinión / A mí no me líe

Los Sanfermines son la fiesta de los toros

Por Javier Ancín 10 julio, 2022 - 10:47

Llevo años leyendo a una infinidad de jipis contándonos que los toros están muertos, que es una cosa del pasado, que ya no enganchan a las nuevas generaciones, que languidecen, que sin toros los Sanfermines funcionarían igual de bien. 

La plaza de toros a rebosar durante la corrida de este sábado en Pamplona. PABLO LASAOSA
La plaza de toros a rebosar durante la corrida de este sábado en Pamplona. PABLO LASAOSA

Es curioso los ríos de tinta que la realidad se lleva. Todos queremos explicarla o comprenderla o acotarla o moldearla o engañarla u opinarla o yo qué sé. Si juntáramos todos los párrafos que soltamos a diario sobre ella más que una realidad con sus sesenta segundos por minuto, tendríamos minutos de mil segundos o de dos mil. Hay más palabras que cosas. Hay más horas de análisis que horas tiene lo analizado.

Llevo años leyendo a una infinidad de jipis contándonos que los toros están muertos, que es una cosa del pasado, que ya no enganchan a las nuevas generaciones, que languidecen, que sin toros los Sanfermines funcionarían igual de bien. Lustros pontificándonos que solo con juerga y bares se arreglaría el asunto, sin necesidad de nada más. Incluso yo llegué a comprar está mercancía averiada. 

Realmente pensé que los toros se estaban acabando, que era un coto cerrado, una película impermeable, una cápsula hermética de la que participábamos cada vez menos gente. Llegué a interiorizar la idea de que después de tres años sin encierros, estos perderían su sitio en la ciudad, pasando a ser un asunto secundario, que con el tiempo pasaría a terciario descendiendo un escalón más cada nueva fiesta, hasta que desaparecieran por ausencia de interés. 

Error. La realidad no está en los papeles, la realidad hay que olerla y palparla para saber cómo opera porque va por libre, sin hacer ni puto caso a todos los profetas que más que cronistas quieren ser protagonistas/catalizadores del Apocalipsis. 

He visto Sanfermines de todos los colores y yo no recordaba unas fiestas que giraran tan alrededor del toro como las de este año. Encierros con más espectadores que nunca, infinidad de niños, recorridos atiborrados, incluso se hace difícil, lo nunca visto, conseguir asiento en la plaza. 

Por no hablar de las corridas. Estuve en la del 7 de julio en andanada de sol y en contrabarrera de sombra en la del 8. Y lo que más me llamó la atención es la cantidad de chavalas y chavales que se veían en ambos ambientes. Un torrente de juventud que va cogiendo el relevo de la generación de mis padres, que en realidad para ellos es ya la de sus abuelos. 

El primer sorprendido de esta tendencia soy yo. Siempre pensé que los toros irían a menos y la juerga alcohólica desfasada iría a más, pero la realidad que yo aprecio es que la locura salvaje de farra nocturna de hace treinta años es menor hoy, y que las ganas de espectáculo taurino son tan grandes que ya la gente ni abandona las gradas, como siempre había pasado, a la hora de la merienda. 

Les intentarán engañar y embaucar con mil "esques" pero lo cierto es que nadie está en un sitio, y más por puro ocio, que no quiere estar, ni nadie participa de un festejo del que no quiere participar por convicciones ideológicas. Si estás es porque quieres y si participas es porque, al menos, no te opones a que siga existiendo. Lo demás, literatura chunga.

Las explicaciones no las sé. Nadie las sabe. Quizás la gente esté harta de vivir en un mundo tan fluido, tan poco sólido que no puedes ni acariciarlo porque ya ha desaparecido al acercar los dedos. Tan líquido que ni existe porque, cuando vas a cogerlo, se te escapa entre los manos sin poder beberlo/saborearlo. Ninguna persona puede vivir de forma equilibrada sin más referentes que el minuto anterior, sin más pasado que la publicación en las redes de hace dos segundos, que ya son viejas cuando termino esta frase. 

Quizás la gente esté harta de no tener esencias, no tener raíces, no tener dónde agarrarse para explicarse su propia existencia. En un mundo donde la religión prácticamente ha desaparecido, quizás la gente necesite misterio, liturgia, arte... alma y en los toros lo encuentra. Y eso es todo.


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