Opinión / A mí no me líe

Tengo un sosias en Huarte

Por Javier Ancín 11 abril, 2018 - 9:18

Habíamos estado de concierto en el Txintxarri, Texxcoco, unos canarios que suenan mucho ahora en Radio 3. A veces hay que vivir el presente, al menos durante un rato, y huir de él en cuanto se acaba el guitarreo..

Un concierto de rock en un local.
Un concierto de rock en un local.

Huir de él y sobre todo de sus comentarios. Luego la noche se hizo lluvia, y mientras les veía a la banda desmontando el andamio y los cables, cargando los amplis en el coche, yo me fumaba un cigarro en la puerta y evitaba que la lluvia me diera en los ojos porque cuando escribo fumo, mucho. También cuando escribo llevo sombrero, un pequeño Borsalino hoy, para que la teatralidad de izar lentamente el telón de la mirada, al cruzarte con cualquier otra, no se pierda.

Vive como si fuera la vida siempre literatura, me prometí hace un tiempo, como si fuera un buen libro, no como las páginas amarillas, que también son hojas encuadernadas. Y en eso estamos, en el intento de vivir como si fuera una obra de arte. Últimamente se me está dando bien. La noche ya no es ese lugar tan desquiciado que recorre Max Estrella, ni tan amargo como el que relata Umbral en sus Metales Nocturnos.

Sonaba la lluvia por toda la calle San Francisco. En esa calle que en mi otra vida tuvo una actividad que hoy ha desapareció, muerta, por la gentrificación sufrida. Muchos de los locales de antiguos bares ocupados ahora por peñas sanfermineras. La calle ha sido privatizada de una forma tristísima, cerrada a cal y canto.

Pasamos al otro lado del muro, al Nébula, a seguir desgarrando el tiempo. En mi cabeza sonaba You Want It Darker, la canción, de Leonard Cohen. La tarareaba imitando la misma voz rajada de quién ya es leyenda, acodado con los dos brazos en la barra, mirando las paredes decoradas con retales de papeles que aún merecen la pena: portadas discos, carteles de conciertos, fotogramas de cine, retratos en blanco y negro. Una cerveza grande en la mano.

Los chavales del concierto anterior entran a beber al fondo, al final de la barra. Ha ido bien le digo a uno, y mi colega Egoi, que vivió en Canarias y también es músico, se aparta de mi conversación para tender puentes con la juventud insular. Yo me quedo en mis cosas, disfrutando del ruidoso silencio que siempre hay en los bares.

Hineni, hineni. I'm ready, my lor. Leonard Cohen canta desde ese primer momento de oscuridad, hacía un micrófono que está en la luz, caminando de espaldas por el túnel negro de la muerte, mirando la vida cómo se queda allí, cada vez más pequeña la boca que ha atravesado para siempre. Ese último disco es una joya. Hay gente que consigue que su desaparición sea una obra de arte y Cohen es de esos privilegiados que lo consiguen.

Es un disco de música de funeral, y si no alegre... porque un funeral no puede ser alegre nunca, sí serena. Reconforta esa cadencia de notas con esa voz que es un testamento, ni viejo, ni nuevo, eterno. Un disco, una canción, que están grabados desde la muerte, como si alguien lo hubiera traído de allí de milagro.

Pensaba en todo esto cuando un tipo bastante borracho se me acercó y me dijo, no me conoces, pero tú me has puesto el desayuno hoy en tal cafetería de Huarte. Y le digo, no, imposible, yo no soy camarero. Y el tipo se lo toma mal, pensando que le vacilo por borracho, y me suelta un no me mientas, que tú eres el camarero de tal cafetería de Huarte. Qué mal lleva la gente que le lleven la contraria, me digo, y decido que si él quiere que sea camarero, pues seré su camarero.

¿Qué tal estaba el café que te he servido? Muy rico, me dice. Pues la próxima vez deja propina, joder, que la vida está muy apretada. Y continúa hablándome de que si ya solo va a desayunar en mi cafetería porque se ha mudado hace poco y que le he caído bien esta mañana. Me alegro, le digo, e insisto con lo de la propina. Al final se va y me deja a mí con todo el pastel.

Tengo un sosias en Huarte, cojonudo. Ojalá le dejen una buena propina semanal y nadie vaya a tocarle las narices con que no le gusta tal o cual artículo que ha escrito, al pobre. Alguna mañana a lo mejor bajo yo a tomarme un café, a ver si realmente nos parecemos como para que nos confundan con tanta vehemencia, como para que siga siendo todo en mi vida igual de extraño, de literario. Y eso es todo.


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