Opinión / A mí no me líe

Los Sinfermines

Por Javier Ancín 15 julio, 2020 - 10:10

Apenas se han visto pañuelos rojos y aglomeraciones, ni el seis de julio a las doce del medio día.

Pobre de mi en Pamplona con San Fermín de 2020 cancelado por la crisis del coronavirus. PABLO LASAOSA
Pobre de mi en Pamplona con San Fermín de 2020 cancelado por la crisis del coronavirus. PABLO LASAOSA

Día quince de julio. El que alguna vez fue para muchos el peor día del año, una resaca acumulada de nueve días de juerga no hay cuerpo y alma que lo resista, este año es un día más... o un día menos, según se mire, para los de 2021. Y si no fuera porque ha amanecido nublado, un día más o menos perfecto para irse a la playa, aunque sea a la de Oricain, por el paseo del Arga y acercarse caminando por la orilla hasta Sorauren a echar el aperitivo en el chiringuito de piedra, mirando al río Ulzama cómo pasa bajo el puente medieval.

Se han terminado los Sanfermines que nunca han existido: los Sinfermines.

Pamplona no huele a nada, y con mascarilla menos, que se te mete ese aroma a tejido estéril de envase recién abierto por las napias y ya no hay matices. Pamplona no huele a limpio, huele a quirófano, que es otra categoría distinta.

Mis padres, que curraron toda la vida en sanidad, traían ese olor a casa impregnado en su ropa. Hueles a hospital, mamá... un limpio tan limpio que estremecía. Un limpio tan puro que necesitabas abrir la ventana para que entrara el olor a calle, a ciudad, esa mezcla de humo de tantos coches y piel, afortunadamente la mayoría perfumada, para recordarte que estabas vivo, que papá también lo estaba. A eso olió mi infancia, a los intentos de que mis padres no olieran a cirugía, a camilla, a pasillo con luz fría, a sala de espera, a uci...

Me hice de letras solo para dejar de oler ese olor que hoy ha vuelto y que dispara mi hipocondria a niveles desquiciados. Espero que este olor no dure eternamente en Pamplona.

No suena tampoco Pamplona. Salvo los trinos de los pájaros se ha apagado el sonido. Tengo la sensación de que estos meses de encierro han aprendido a piar más fuerte. Tengo la sensación de que nos han perdido el miedo. Los primeros días que salí en el encierro, las palomas se quedaban frente al coche sin echar a volar. O frenabas o te las llevabas por delante. Recuerdo en una de esas incursiones al súper que hacía, cómo en la Avenida del Ejército tuve que frenar frente a una y salir del coche para aplaudir. Solo así se fue.

El otro día, por San Sebastián, vi un grupo de gaviotas posarse entre la gente, desafiantes, nunca había visto esos pájaros tan cerca, como si hubieran descubierto que les molestamos, como si hubieran aprovechado para ver la película de Hitchcock y estuvieran planeando su ataque contra los humanos para quedárselo todo. La naturaleza es muy cabrona... fíate tú.

Pero volvamos a casa. No había buenos presagios, la corneja parecía volar a la siniestra. El primer acojonado era yo. ¿Qué imagen daremos al mundo? En el País Vasco la habían liado la semana anterior. En Vitoria, celebrando de discotecas el título de liga de baloncesto, llegaron incluso a darse de hostias con los txarainas y en Irún, la calle estaba que no cabía un alfiler por San Marcial.

Pero Pamplona respondió, para mi sorpresa, con una precisión casi de relojero suizo -donde hay humanos la perfección es imposible-. No hay Sanfermines pues no hay Sanfermines, no se celebran y punto. No busquemos un sucedáneo. Y nadie lo buscó. Apenas se han visto pañuelos rojos y aglomeraciones, ni el seis de julio a las doce del medio día. Enhorabuena a todos por la responsabilidad.

Por primera vez tuvimos un chupinazo triste. Eso también podremos contarlo, el año que vivimos todo patas arriba, incluso con un Pobre de mi alegre, que puso la cuenta atrás en marcha... feliz. Ya falta menos, copón. Y eso es todo.


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