Opinión / A mí no me líe

Los sanfermines en los que ETA asesinó a Miguel Ángel Blanco

Por Javier Ancín 13 Julio, 2018 - 18:01

Hace 21 sanfermines yo no tenía ni 20 años y estaba en Londres, de vacaciones, con tres amigos.

Imagen de una concentración en memoria de Miguel Ángel Blanco, asesinado por ETA en 1997. Foto EFE Archivo
Imagen de una concentración en memoria de Miguel Ángel Blanco, asesinado por ETA en 1997. Foto EFE Archivo

Dormíamos en un un hotel destartalado cerca de Hyde Park y nos hacíamos pasar por un grupo de música al que bautizamos como The Cube, por la forma cúbica perfecta de la habitación, enmoquetada y con dos literas en la que nos habían metido.

Contábamos la historia rodeados de pintas de cerveza a quien nos quisiera escuchar que habíamos llegado para grabar un disco y que íbamos a ser los nuevos Rolling Stones. Tener 18 años y sentirse Keith Richards por Londres es estupefaciente. Pura adrenalina y felicidad. En una época en la que internet no estaba ni en pañales la fantasía podía llevarse tan lejos como quisiéramos.

Lo pasamos bien con la tontería, hasta que en una llamada desde una de esas cabinas rojas que hice a casa, cambió aquel viaje, jodiéndolo por completo: han secuestrado a un concejal del PP y lo van a matar en 48 horas me dijo mi padre. Puta mierda de realidad, pensé. Y subí a la habitación a nublar con las noticias nuestra estancia londinense.

Los tres siguientes días solo recuerdo que cada vez que en una tienda o pub nos escuchaban hablar en español, algún dependiente o camarero nos preguntaba por lo que estaba pasando en España. Nos lo decían como pidiéndonos casi explicaciones, pero qué está pasando, qué estáis haciendo, cómo podéis permitir esa salvajada, parecían decir sus miradas. No lo sé, no lo sé... es todo lo que contestaba, medio cabreado. Yo no tengo nada que ver con esa mierda, joder.

Me dio por comprar El País, por enterarme de algo. Como en aquella época la prensa extranjera llegaba cuando quería, mañana, medio día, tarde, casi noche... sin horario fijo, yo iba y volvía unas cuantas veces al quiosco hasta que por fin me hacía con el periódico.

Con tanto viaje de ida y vuelta, empecé a charlar sobre el secuestro con el indio con turbante que regentaba el negocio. ¿Lo matarán?, me preguntó en una de mis vistas. Le respondí duro, cortante, seco, que sí, que no tenía ninguna duda. Han matado a niños, no tendrán ningún problema en asesinar a uno de 29 años.

Hasta que los nacionalistas vascos, sección agitador de nogales, le pegaron dos tiros en la cabeza y lo mataron en un camino de su euskalherria sangrienta y ya solo se hizo el silencio entre nosotros. Mi viaje se volvió negro y ya no hubo más risas.

Al día siguiente volví a por el periódico. Me impresionó ver el expositor de prensa mundial con todas las portadas tratando el asesinato a página completa. En algunas se ilustraba con fotos de Pamplona. No sé muy bien por qué, creo que porque los batasunos se vieron encerrados en sus sedes de Pamplona, acojonados, ante la revolución social que se les venía encima, llegando a ser protegidos por la misma policía a la que habían pedido a ETA que la matara mil veces.

Si el PNV no llega a levantar unos meses después con los batasunos el dique del pacto de Estella para preservar su obra nacionalista, esa ola revolucionaria habría acabado con los crímenes de ETA en seis meses. El nacionalismo siempre tan inhumano y reaccionario. En fin, volvamos a Londres.

Esta es mi ciudad, le dije muy triste a mi ya por entonces amigo indio, señalando una foto. Recuerdo que salió de su parapeto de publicaciones con El País en la mano y sin decirme nada me lo dio. Cuando le fui a pagar, me abrazó como si hubieran asesinado a un miembro de mi familia y no quiso cobrarme. Lo siento mucho, me dijo al rato, sin dejar de abrazarme. Y no sé por qué, porque yo no había llorado nunca con estas historias, me puse a llorar, desconsolado.

Como avergonzado, como sintiendo que yo tenía una parte de culpa de todo este pozo de mierda excavado por el nacionalismo vasco, sección recolectores de nueces incluida, por no haberme opuesto con más fuerza a ellos. Por haber dejado que con mi pasivo silencio, utilizaran hasta mi ciudad, mis fiestas, para darse más publicidad mundial de sus crímenes, de su proyecto fascista de sociedad que querían, que siguen queriendo, imponer. Y ya no callé mas. Que les jodan. Siempre. Y eso es todo.

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