Opinión / A mí no me líe

Sánchez e Iglesias son solo un mal truco de magia

Por Javier Ancín 28 octubre, 2020 - 9:23

Es imposible que alguien pueda ir vestido tan mal sin que no sea una pose estudiada.

El presidente del gobierno, Pedro Sánchez (i), junto al vicepresidente segundo y ministro de Derechos Sociales y Agenda 2030, Pablo Iglesias, interviene durante la presentación de las claves de los Presupuestos Generales del Estado (PGE) 2021.
El presidente del gobierno, Pedro Sánchez (i), junto al vicepresidente segundo y ministro de Derechos Sociales y Agenda 2030, Pablo Iglesias, interviene durante la presentación de las claves de los Presupuestos Generales del Estado (PGE) 2021.

Sánchez y sus ministros son un experimento, un juguete en manos de un trilero de la mercadotecnia, de la especulación estratégica política -de la charlatanería, vamos-, dedicado no a mejorar el bienestar de la población sino a que no pierdan el poder sus clientes: el presidente del gobierno y por extensión, el vicechepas.

Iván Redondo es un asesor o mejor un hechicero, un gurú los llaman ahora, que tiene despacho en el poder en el que tiene un caldero y va cociendo palabras y gestos para que tú creas qué... como en las funciones de los magos.

Es más fácil hacer creer que has cortado con un gran serrucho en dos a tu ayudante, metido en una caja, que cortarlo realmente. Es más fácil convencer a la sociedad de que estás mejorando las cosas, basta un juego de espejos y luces, que perfeccionarlas realmente.

Puestas en escenas delirantes, discursos estudiados con promesas que no dicen nada, gestos, poses truchas... todo vale para que creas que hay algo donde en realidad no hay más que vacío envuelto en humo.

Ayer, en la presentación de los presupuestos, salieron a vendernos Sánchez y el Chepas un acuerdo del gobierno con el gobierno mismo -telita con la nadería-. Todo estaba diseñado al milímetro, desde la entrada de los actores la sala, el travelling de la cámara, la forma en la que los dos orates cogían el supuesto libro con los números del estado -su bebé- para presentarlo al mundo, pequeñito, que moviera casi a la ternura., Incluso las vestimentas para que cualquiera pudiera sentirse representado entre ellos estaban pensadas. Guapo el psicópata del Falcon, hecho un puto cromo el del moño.

Es imposible que alguien pueda ir vestido tan mal sin que no sea una pose estudiada.

Yo, que también soy un adefesio contrahecho, como Iglesias, si me pongo una camisa, me cierran los cuellos simétricamente, y si me pongo una corbata va centrada y desciende verticalmente sin mayor problema y si, para rematar las fiesta, me calzo una chaqueta, puedo abotonármela sin hacer el ridículo.

A Iglesias no es que parezca que le quede grande, es que parece que está diseñada con elementos de diferentes tallas: las mangas de una XL y el cuerpo de una M, por ejemplo. Parecía un crío que se había cambiado de ropa rápidamente tras la clase de educación física para sentarse sin demora en el pupitre del aula, con el resuello acelerado de subir las escaleras desde el vestuario, a seguir recibiendo conocimiento. Nada es casual en política y si llegas a creer que sí, es porque ha cumplido su objetivo de engañarte.

Vivimos en un set de rodaje donde se simulan hasta las montañas, con superposición de diferentes maquetas, jugando con la perspectiva, como hacia en el cine el genial director artístico Gil Parrondo. Abro paréntesis. Gil Parrondo ganó un Oscar por la película Patton, rodada entre otras localizaciones en Pamplona y en la sierra de Urbasa. Cierro paréntesis.

Todo es una farsa. Como esa historia magistral que cuentan durante la Segunda Guerra Mundial, donde un ilusionista inglés, Jasper Maskelyne, hizo creer a los nazis que lo que estaban bombardeando nocturnamente era Alejandría. La realidad es que apagando la verdadera urbe, camuflándola en la oscuridad, encendiendo y apagando una estudiada disposición de luces, colocando espejos que distorsionen y algún que otro elemento sin mucha pretensión que confunda, a unos pocos kilómetros de distancia, había creado una nueva Alejandría sin edificios, sin puerto, sin población, falsa completamente, que solo existía en la imaginación de los pilotos de la Luftwaffe, arrojando sus bombas contra la arena del desierto. Y eso es todo.


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