Opinión / A mí no me líe

La revolución pendiente de lo bonito

Por Javier Ancín 19 octubre, 2016 - 7:53

En esta ciudad dominada por una cultura oficialista que es un pastiche ruralizante; engordada por subvenciones y completamente vacía de contenido.

Balcones en Pamplona.
Balcones en Pamplona.

Prosistémica, casposa, rancia de chándal y riñonera oficial; llorona como un crío mimado y áspera como unas albarcas, política siempre, a veces te encuentras con una contracultura que va a su bola, preciosista, amable, que te alegra durante unos segundos el alma.

No la conoces porque al poder no le interesa. Al poder solo le interesa una sociedad cultivada en el resentimiento ficticio, en el llanto melancólico fulero, en el bucle destructivo descorazonador. Una sociedad dominada por grupos de paramilitarotes de zapatilla runner, bota de trekking, forro polar y arete políticamente correcto en la oreja que se despliegan como una capa de aceite sobre agua, para pringarlo todo de frustración y que no salga ninguna burbuja de aire desde abajo. Uniformados para el lánguido subir al centro y sentarse en las calles a decir que están cambiando el mundo. Que nadie intente romper este sistema vital porque lo aniquilarán.

Una sociedad completamente dormida y quieta, fofa, haciendo como que lucha contra un enemigo irreal, inexistente, sombras y humo, para que los que realmente dominan los hilos, los suyos, sigan haciendo lo que quieran con la ciudad reservándose un nivel de vida de quedarme pasmado. A la nueva política ya solo me la encuentro en los restaurantes caros de Pamplona a los que me invitan mis amigos. A sus votantes en cambio no, a esos los sigo viendo en las mismas bajeras de siempre, esperando a los bárbaros, como en la novela de Coetzee, pero que no terminan de llegar porque los bárbaros son ellos.

Entre este panorama desolador a veces surgen cosas extrañas, sorprendentes, una especie de revolución de lo bonito. Grupos de música como Belize o Reina Republicana. Una Pamplona más futura, más amable, más optimista, completamente luminosa. Más creativa. Nueva. Colores y no tanto gris, ni tanto marrón, ni tanto vinagre, ni tanta pancarta de plástico, ni tanta mala hostia de pegatinas en la pechera todo el santo día.

 A veces sueño con que, en esta ciudad, a los apóstoles del odio se les caigan las murallas mentales y dejen de dar el coñazo con su paraíso perdido inventado para buscar una belleza real que hoy por hoy es inexistente.

Que surjan más de esas tres o cuatro casas modernistas preciosas que aún quedan del primer ensanche pamplonés y que nos dicen que otra Pamplona casi pudo ser posible. Pero que  triunfe, que no se vuelva a quedar en un amago triste, como aquella reunión cultural que se organizó en la ciudad a principios de los 70, los Encuentros 72, que nunca más se repitieron porque el franquismo y los etarras unieron sus fuerzas para reventarlos y boicotearlos. Urge una tercera Pamplona en la que salir y respirar y crear y amar y disfrutar, y de la que sentirse orgulloso enseñándola a las visitas. Hace falta una ciudad en la que poder vivir, en la que poder tener proyectos, en la que poder deambular feliz con tu pareja.

Paseaba ayer por delante de la Diputación con esos andamios que han puesto para quitar un escudo y que una vez quitado no saben qué hacer con el trozo roto. Me recordaba al ayuntamiento de la peli Regreso al futuro en el que el reloj, destrozado por un rayo, sigue décadas después roto porque no se ponen de acuerdo para arreglarlo. Ojalá un Delorean incendiando el paseo de Sarasate y que se los lleve a todos a departir sobre las tradiciones milenarias a la gruta de Teodosio de Goñi, que ya arreglaremos nosotros el desperfecto creando unas tradiciones nuevas, hermosas, que dejar a nuestros hijos.

La búsqueda de la belleza es lo más subversivo que puede existir, la única utopía a la que se puede aspirar con dignidad en la Pamplona del presente. Nuestros descendientes nos lo agradecerán.


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