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Opinión / A mí no me líe

Que vivan las librerías vivas

Por Javier Ancín 10 agosto, 2022 - 10:52

"Yo, que tantos yos he sido, he tenido la suerte de trabajar en mi vida en dos librerías (...) Ninguna de las dos existen ya. Solo de pensarlo me entran los siete males. Por favor, que no se mueran más librerías, las necesitamos todas vivas".

Librería-Deborah-Libros-en-la-calle-de-la-Media-Luna-de-Pamplona.-IÑIGO-ALZUGARAY--(03)
Javier Ancín

Colecciono librerías. Bares también, cafeterías incluso, pero lo de las librerías, para los que nos movemos por el mundo de ataque de pánico en ataque de pánico, es más que vicio, una necesidad.

Las librerías son una fórmula moderna de acogerse a sagrado. Un lugar donde sabes que si entras, descansas. Un espacio en el que si te come la ansiedad, te sosiegas. Un local en el que da igual la ciudad del mundo en la que te encuentres siempre suena cercano, concreto, municipal.... local. Una librería aunque esté al otro lado del mundo siempre es tu vecindario.

Da igual que todo sea extraño, como en aquella librería de la calle Huérfanos de Santiago de Chile, donde me ocurrió una cosa curiosa. Reconocía todas las editoriales, sus formatos, su estilo de encuadernación pero era incapaz de saber quiénes eran esos escritores que firmaban las obras. Fue como aterrizar en ese presente paralelo al que vuelve Marty McFly en una de las pelis de Regreso al futuro, donde todo sabe qué es pero no lo reconoce porque no es el suyo. Pero en plan bien, en plan buen rollo, en plan sigo en casa porque esta también es mi casa.

Me pasa con las librerías y también con los aeropuertos, pero eso es más incomprensible para mí, me lo explico peor. En esos espacios tengo la sensación de que nada malo puede pasarte. La realidad se suspende, no operan las reglas universales, todo se vuelve acolchado y eso para un hipocondriaco, tener la seguridad de que en ese punto del planeta no vas a enfermar, produce una paz mental tan parecida a la felicidad que solo un experto podría ser capaz de diferenciarla.

Woody Allen, otro neurótico hipocondríaco, lo resumió mejor: 'Las palabras más bonitas en nuestro idioma no son te quiero, sino es benigno'. En las librerías todos los males son curables. En las librerías las hemorragias internas se cauterizan. En las librerías dejas de hiperventilar, el flujo de CO2 y oxígeno se equilibra y te zambulles en un mar de la tranquilidad, mucho más fantástico que en el que aterrizó el módulo lunar del Apolo 11.

Yo, que tantos yos he sido, he tenido la suerte de trabajar en mi vida en dos librerías. Dos buenas librerías, de las de buen corazón, es decir, con mucho fondo, de calidad. Una estaba en Pamplona y la otra en Bilbao. La primera era joven y no fui consciente pero la segunda, que ya venía de vuelta de casi todo, vapuleado, fue como un sanatorio. Era entrar y con cada jornada laboral, comenzar la terapia. La disfruté como un regalo.

Ordenar los montones de las mesas, recibir las novedades, hojear y ojear los nuevos libros, buscarles acomodo, retirar los antiguos, charlar con la clientela, recomendar, buscar obras imposibles, e incluso encontrarlas, solo con datos como el color de la portada o la ilustración que en ella aparecía... y surtía efecto el tratamiento. Todo un prodigio. El callo se hacía piel y la herida, también, sin pasar por el abultamiento de la cicatriz. Al final de cada tarde, cuando bajábamos la persiana y de vuelta por la Gran Vía, cruzaba la plaza Circular, bajaba por la avenida de Navarra camino del casco, donde tenía el piso, me palpaba el cuerpo, incrédulo, disfrutando del paseo y del milagro de curarse de aquella manera tan peculiar.

Ninguna de las dos existen ya. Solo de pensarlo me entran los siete males. Por favor, que no se mueran más librerías, las necesitamos todas vivas. Y eso es todo.


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Que vivan las librerías vivas