Opinión / A mí no me líe

¡Premio Príncipe de Viana de la cultura para la estación de autobuses ya!

Por Javier Ancín 03 mayo, 2017 - 7:00

Salvo honrosas excepciones, y suicidas, un par o tres de bares que adoro donde aún pelean por traer grupos en directo, el mejor lugar para la cultura musical en Pamplona es la estación de autobuses: coges un bus y en cinco horas te plantas, por ejemplo, en Madrid para ver los conciertos que quieras.

Interior de la estación de autobuses de Pamplona.
Interior de la estación de autobuses de Pamplona.

Subo al bus y por el pasillo, cojo el diario de uno o de otro lado, de no sé qué o de no sé cuántos, que hay en la repisa, sobre el urinario, igual me da y me entra una pereza tremenda ver las noticias culturales de la ciudad.. Un chistu o dulzaina con tamboril más de fiestas de barrios y me explota la cabeza. ¿Qué necesidad hay de tener gigantes feos de cojones y cabezudos horteras como un euskotroll de los que aquí pululan, con sandalias y pantalón corto, riñonera y sus aros en la oreja años ochenta en cada barrio, si la comparsa de Pamplona ya es perfecta, y bella, bellísima, de lo poco salvable de esta ciudad estéticamente horrorosa?

Los gigantes de Pamplona ya son insuperables, entregad las armas, no más comparsas chuscas, joder, por favor. Supongo que cobrarán subvención del ayuntamiento de herriboronicos que a saber en qué gastarán porque si no no se entiende esa proliferación de chirriantes tonadillas tururí y esas estructuras altas con telas que ni son gigantes, ni molinos ni la madre que los parió ni padre que pasaba por ahí, ni saben bailarlos, copón. Comparsa de gigantes de Sarriguren... por ejemplo, o de la Chantrea. Estamos locos, de verdad. Todos.

Desconcertantemente está también en este autobús el New Yorker a disposición de los viajeros, puedo adjuntar prueba fotográfica. Lo trinco, flipando como si me hubiera metido un micropunto (a mi eskotroll puritano hoy le da un perrenque) y me atrinchero en mi asiento, feliz. Salir de Pamplona leyendo el New Yorker es una de esas cosas que jamás pensé que pudiera hacer. Prueba superada.

Pillo un bus a Madrid para ver un concierto de los Planetas. 25 años escribiendo mi biografía y profetizándomela. Está ahí todo, en sus letras, en esas notas, en esas sensaciones, en esos mamporros de Eric a la batería, en esa voz de J que cuando la entiendes es el Oráculo de Delfos puesto hasta las orejas de efluvios de cianuro aclarándonos el porvenir, siempre oscuro como un vistazo al Darro desde el Paseo de los Tristes de madrugada.

Mi vida es constantemente una estrofa de mi grupo preferido. 25 años desde que los escuchaba en aquella heroica era del Donegal, de los Portales en la vieja ciudad de Pamplona. Qué jóvenes os habéis hecho, todos, joder, con lo que lo era yo también. 25 años... Hay tradiciones milenarias en Pamplona que comenzaron hace menos tiempo.

El caso es que llegué, dejé la mochila, me pillé la moto y me fui a ratonear por entre los coches y las avenidas camino de alguna terracita de mis bares de siempre en la que leer un rato. Estoy con Murakami y su “De qué hablo cuando hablo de escribir”.

Los escritores somos así, mientras algunos hacen yoga para prepararse para un un momento histórico, rompiéndose las articulaciones, otros pintan ikurriñas en pancartas de plástico, espero que reciclado al menos, para el recibir al etarrilla de turno que vuelve viejo canoso o calvo, nosotros los intelectuales nos tomamos una cerveza, un tercio de Mahou o de Lacar por Sigüenza, (va por ti, abuelo), y leemos o escribimos un rato para preparar nuestro espíritu para el misterio. La vida desde la terraza del Viajero, en La Latina, quizá no sea mejor pero al menos es más soportable y a ella me entrego, con devoción, con fe, con intensidad religiosa. Como un monje.

Del concierto no diré más que fue la hostia. Me fui alejando de todo y con la música de mi vida que me iba traspasando fui a volar. No supe exactamente ni dónde estaba pero estudié entera, memorizándola, cada nota, estrofa, cada inflexión. Un rapto místico, un retrato de Caravaggio fue aquello, un resultado sublime con modelos carentes de moral. Y se me aparecieron mil escenas en cada canción. Hace tres o cuatro vidas o yo qué sé cuantas llevo ya, me llevaron en Granada al Bar de Eric, el batería de los Planetas. Allí estaba el músico, tranquilo, departiendo con la clientela en la barra.

Un tipo amable que tiene montado un templo a mi grupo preferido, su grupo, de caerse de espaldas de la emoción. Cañitas y tapas y Los Planetas. Eran tiempos felices. Luego también me enseñaron más cosas, como el Bar Soria, donde Fran, el dueño, que vacila a todo el mundo con esa malafollá que solo tienen en Granada, a mí me trataba las veces que estuve con un cariño sorprendente. Era encantador. Un gran tipo, muchas risas, una pena no volver a verlo nunca más. La vida es así, o sea, una puta mierda.

Entrabas para tomar el aperitivo de mañana y al segundo aquello era un after con vino y raciones de paella y buen rollo de lado a lado y música de la mejor cosecha. El símbolo del Soria son unos azulejos con un pajarito azul y unas filigranas vegetales del mismo color sobre fondo blanco. El jueves 27 de abril en el concierto, J, el cantante, llevaba en la correa blanca de su guitarra esos dibujos. Me quedé hipnotizado y melancólico mirando ese pajarito azul durante muchas canciones, entre Madrid y Granada, por alguna galaxia perdida.

Incluso cuando me dieron una patada en el culo de la que no creo que me reponga, porque de algunos sitios no se vuelve nunca, lo hicieron frente al Amador, en la calle Pedro Antonio, justo en el momento que lo veía por primera vez. El Amador es un bar de barrio donde los planeteros peregrinan esperando encontrar no saben muy bien qué y cuando llegan se quedan como me quedé yo. ¿Ya está, eso es todo? Eso es todo.

Los Planetas saben más de mí que yo mismo. Y eso fue todo, sí. No hubo nada más. El concierto de Madrid fue el más intenso de mi vida, lo fui diseccionando por completo conforme iba desarrollándose, pero nadie lo va a entender así que me lo guardo para mí. Hermoso y terrible. Perfecto y desolador. Eufórico a la vez que una patada en los cojones. El juego de luces fue una puta mierda pero el sonido fue, por fin, magistral. El gym y el ñam.

Gracias estación de autobuses por permitirme vivir estos momentos mágicos. Desde aquí quiero lanzar una propuesta. Creo que nadie ha hecho más por la cultura musical de esta ciudad que la estación de autobuses de Pamplona, merece el premio Príncipe de Viana de Cultura pero ya. Y eso es todo. 


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