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Opinión / A mí no me líe

¿Y si Pompaelo viene de Pompeya?

Por Javier Ancín 23 junio, 2017 - 10:38

A mi compañero columnista de por aquí, Laporte, me consta que le jode que cuelgue fotos desde las terrazas en las que escribo bajo el título de “mi oficina”. No le voy a hacer ni puñetero caso, por chinchar, y voy a contar lo que veo, cervecita fresca en mano, desde esta en la que me encuentro, en pleno baluarte del Redín, esperando a los bárbaros.

Escultura en honor a Pompaelo en Pamplona
Escultura en honor a Pompaelo en Pamplona.

Todo iba bien. Ya es verano y tal, la gente tranquila, disfrutando de la sobremesa.  Había un poco de trajín porque estaban montando un escenario para algún concierto y probando sonido. Creo que no hay nada más veraniego que un técnico de sonido ecualizando con sus eys, sí, sí, y demás repertorios

La tarde estaba calurosa pero tolerable hasta que empieza a nublarse de una extraña forma el cielo, un gris demasiado veloz incluso para esta ciudad gris, y sin avisar, sin permiso del ayuntamiento ni nada, por libre, comienza a caer ceniza en todos los idiomas oficiales menos en euskera. En euskera no caía ceniza... yo creo que los euskéricos tendrían que montar una manifa para denunciarlo. Es intolerable, llueve ceniza hasta en lapón clásico pero ni rastro del euskera.

Unas briznas que primero manchan las sombrillas y después dejan gris la ropa empiezan a cuajar, como esa capa de polvo en la casa de los abuelos cerrada  hace años que ya nadie va a barrer. Esto ya es el fin, me digo, y levanto corriendo la mano para que el camarero me traiga otro cañón de cerveza antes de que, yo qué sé, salga corriendo camino de una muerte segura también el muchacho.

Si hay que dar la vida que sea con la garganta refrescada y la pose de dandy despreocupado, en la silla, sin prisas, que luego te llenan los moldes que dejaremos con yeso y no es plan de que tu efigie descanse en un museo, para la eternidad, con un rictus grotesco.

Mira que si esto es Pompeya, me digo divertido, y yo una suerte de Plinio el viejo si casco, o joven, si vivo,  glosando los últimos minutos de mi amada Pompaelo romana. Si hay que morir que sea como un romano, porque de lo poco bueno que tiene Pamplona es que es una ciudad romana. Pero romana, romana, al cien por cien, pese a que la historihorrorografía romántica, esa pesadilla para los que somos historiadores y que tanto daño hizo a la verdad científica, diga que bla, bla, bla... No hay ni rastro de esa entelequia llamada vascones en Pamplona. Es decir, de la Pamplona pre romana no se sabe nada.

Pero nada de nada. Se podría sostener con la misma pasión y rigor que esto estaba lleno de caballeros jedi alienígenas y tendría el mismo efecto, el de producir únicamente ruido. Oye, que a la gente le gusta el ruido, pues estupendo, que sigan escuchando ruido. Esa ya no es mi guerra.

Los euskotrolles gritarán mucho cuando lo lean y solo serán capaces de sacar para justificar sus ensoñaciones tres monedas acuñadas en Calahorra o por ahí, encontradas en algún sótano de la parte vieja de la Pamplona más romana que las sandalias de Máximo Décimo Meridio, alias Gladiator.

Mañana nos reímos un rato con sus teorías sin prueba alguna, tranquilos. Podemos hasta hacer una quedada en alguna terracita, si el flujo piroplástico del Vesubio del Perdón no ha terminado con esto antes, para descojonarnos un rato comentario va, comentario viene, de los cansalmas de siempre entre risas y más cervezas.

¿Qué nos han traído los romanos? Pues entre otras cosas el nombre de vascos del que tanto presumen los que van de no romanizados, por ejemplo. Antes de los romanos tenían tan poca conciencia de sí mismos todos los habitantes de la euskalhernía mitológica decimonónica que no tenían ni nombre. Quizás se señalaban con el dedo, como cuenta García Márquez que hacían en Cien años de soledad, cuando aún no se habían inventado ni los nombres. Yo qué sé. El realismo mágico vasco. El eu para todo. Euuuu, euuuu.

Quizás los dioses se han apiadado de mí y la destrucción de esta ciudad insalvable ha comenzado, pienso. Hace tiempo que sostengo la tesis que esta ciudad no tiene remedio y que sería mejor empezar de cero que intentar reformarla. Sodoma eta Gomorra por fin arrasadas por sus pecados y quién venga detrás que arree y que se curre algo diferente, algo menos de caravinagre, algo más habitable y menos político. Algo sin identidad alguna. Algo vivo, cojones, y no muerto en restos arqueológicos que ni existen además.

Sigue nevando ceniza, y por lo que leo en internet, va para rato. Los bomberos no consiguen atajar el fuego en Gazólaz. A ver si mañana no tenemos ni euskotrolles con los que partirnos de risa un ratillo después de la siesta... a ver si mañana ya no tenemos nada, a ver si mañana ya solo somos una más de las nebulosas que se traga la historia y la vida porque, en realidad, fuera de nuestro ombligo, no le importamos ni nosotros ni nuestras cuestiones identitarias, sobre todo vascas, a nadie. Por cierto. Roma Vincit! Eso sí que es incuestionable, Aitorico Miura, eso sí que es incuestionable. Y eso es todo.


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