Opinión / A mí no me líe

Pobre de Mí o la que nos espera con Txibite

Por Javier Ancín 14 julio, 2019 - 14:37

Tras los Sanfermines nos espera la eternidad en el infierno que el PSOE está preparando para Navarra, con sus pactos con el nacionalismo vasco.

Imagen de uno de los cánticos a San Fermín durante el último encierro de los Sanfermines del 2019. REUTERS / AFP
Imagen de uno de los cánticos a San Fermín durante el último encierro de los Sanfermines del 2019. REUTERS / AFP

Día 14, al medio día. Ducha, ultima camisa planchada, pañuelo de Osasuna al cuello y salgo, con las manos en los bolsillos, después de la siesta tras el último encierro, después de que ya no quede rastro del vallado por las calles. Después de los dolores, como decía Chiquito de la Calzada.

Pamplona sin los tablones se queda desnuda, sin las cuñas que sostienen los palos solo es una fiesta más. Una fiesta vulgar más. Una verbena de pueblo lánguida. Un puto coñazo lleno de franceses regándolo todo de acentos circunflejos.

Sin el encierro, un acto que es capaz de que la ciudad se detenga y se concentre junta, borrachos y sobrios, trasnochadores y madrugadores, a las ocho de la mañana... nada tiene sentido. Es demencialmente delicioso que a las ocho de la mañana se desarrolle el acto central, la línea de cambio de día. Yo no sé si somos conscientes de lo grande que es eso, que toda la ciudad este más viva cuando cualquier otra, en sus fiestas patronales y semanas grandes y tal, está más muerta. Esa transición nos hace únicos.

El día que acaben con el encierro, enemigos no le faltan, habrán terminado para siempre con los Sanfermines. Pero eso ahora es otra historia.

Sigamos con los estertores. La fiesta ya no es fiesta el 14 de julio, es una celebración desahuciada que camina no tanto triste como resignada hacia el punto y final. Menos de doce horas quedan para el fundido a negro. Está ya sentenciada... los últimos fritos, los últimos marianitos, las últimas cañas, los últimos boletos de la tómbola son los cuidados paliativos antes de que el pañuelo se descuelgue y nos cubra la cara, como un sudario con olor a vino y toro.

Me siento en una terraza del barrio a reconocer el panorama para organizar la agenda. El grupo de WhatsApp de mi cuadrilla a estas horas donde el sol empieza a calentar es un campo de batalla tras la batalla. Alguien ha actualizado el nombre, ahora el frontispicio digital pone “Que alguien pare esta guerra, por el amor de Dios”.

El silencio solo se rompe por quejidos y lamentos. Yo no voy a ir a comer, dice un cojo. Yo tampoco, dice un manco, os aviso si revivo para los fuegos si eso. Un decapitado se limita a mandar un emoticono de dos tibias cruzadas con una calavera. Traducción libre: no estoy para hostias.

Esto es una masacre. Estoy a punto de arrojar la toalla que me acompaña desde los tiempos de andanada de sol. Se acabó, me digo.

Entonces, pensando que la alternativa a la muerte es peor, la eternidad en el infierno que el PSOE está preparando para Navarra: Txibite y sus pactos con los nacionalistas de la eta y con los recolectores de nueces de la eta, de los que vamos a tener que hablar todo el puto verano, me entra una angustia espantosa y hace que le mando un mensaje privado al único colega que nunca falla.

Bajo los adoquines no está la playa, como en París. En Irroña bajo los adoquines está la montaña de mierda de las negociaciones del PSN con el nacionalismo que dejamos aparcada antes de los Sanfermines.

¿Nos vamos por la puerta grande? Reserva una mesa en un buen restaurante, pilla un par de entradas para tendido de sombra y después que venga el diluvio. La traca final ya tiene la mecha encendida. Que les jodan. Esto aún no ha terminado. Hasta el rabo todo es toro.

Nos vemos tras la curva de la Estafeta algún día de estos, amados lectores. Y eso es todo.


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