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Opinión / A mí no me líe

Los peluches de los niños ucranianos

Por Javier Ancín 16 marzo, 2022 - 9:47

Los peluches cruzando escombros, de colores vivos como una antorcha en la oscuridad, como un arco iris en mitad de un desolado paisaje gris, marrón, negro. Qué pocos colores tiene la guerra. 

Un militar lleva a un niño durante la evacuación..Miles de residentes de Irpin tienen que abandonar sus casas y evacuar mientras las tropas rusas bombardean una ciudad pacífica. EUROPA PRESS

Una fila interminable de peluches, una fila interminable de juguetes salvadores, una procesión de animales mitológicos infantiles, de unicornios, de dinosaurios, de personajes de dibujitos animados, de recuerdos de un salón de una casa destruida por el ejército de Putin en la que hacía calor y se reía, se merendaba o se tomaba leche con cacao en el desayuno, antes de ir al colegio. Una hilera de peluches que les salvaban a los niños de los miedos de la noche, al acostarse cada día, les acompañan ahora para que no tengan miedo y avancen hacia su salvación.

Los peluches como único cordón umbilical con una vida segura y en paz que te ha sido arrebatada de un día para otro. Los rusos han decidido que tu mundo debe desaparecer, Putin ha decidido que tu familia debe de ser exterminada. Los peluches como último símbolo de normalidad, de no rendirse a la locura, de no dejarse vencer por el horror: yo era un niño que jugaba y quiero seguir siendo un niño que juega. El peluche como hogar. Mi casa es mi peluche y es mi amigo y es mi padre y mi abuelo que han tenido que quedarse a defender nuestro hogar del invasor ruso implacable y cruel, mientras yo cruzo un campo desolado y peligroso con mi madre y mi abuela.

Los peluches abrazando niños ucranianos, agarrados a ellos con fuerza, como una balsa a su náufrago, como un chaleco salvavidas al grumete de un barco que se va a pique. Ojalá fueran peluches también anti balas, anti esquirlas, anti metralla, anti el odio ruso con el que son atacados bombardeo indiscriminado, como si los hubiera discriminados alguna vez, a bombardeo indiscriminado. 

Llevo días viendo peluches. En cada foto de refugiados. Niños y peluches. Una masa de niños cada uno con el suyo. Un peluche único, diferente cada vez, en una masa de niños que parecen todos el mismo. Llevo días viendo peluches y pensando que gracias a ellos esos niños se individualizan, son sacados de la masa, se hacen personas, cada uno, uno a uno, con su drama propio que aunque es el mismo es completamente diferente al del niño de al lado. Mi habitación es única, mis amigos son únicos, mi padre es único con su nombre y su apellido, yo soy único con el mismo apellido que mi madre, mis profesores aunque iguales son diferentes a los tuyos, incluso la señora que me vendía las chucherías, cuando bajábamos a los columpios, tiene cada una su nombre.

Llevo impactado desde hace semanas por esos peluches con sus colores y formas singulares entre ellos, que nos rescatan a los niños, cada niño, de la masa que los deshumaniza. Cada peluche como el abrigo rojo de la niña, esa niña, aquella niña, con sus ojos que miran por todos pero de forma única en el gueto de Cracovia de la La lista de Schindler. Cada vida es irreemplazable, inimitable, exclusiva y a veces en las guerras nos olvidamos de ello. 

Cada niño particularizado por su peluche, rescatado por él de esa maquinaria infernal de triturar seres humanos en masa uniforme que es el ejército ruso, es hacernos un poco más humanos a todos nosotros también. 

Los peluches están salvando a miles de vidas y como reza la frase del Talmud en las medallas de los Justos de la Naciones: quien salva una vida, salva al mundo entero. Y eso es todo.


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Los peluches de los niños ucranianos