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Opinión / A mí no me líe

Pedro Sánchez es un 'yonki' del poder

Por Javier Ancín 26 mayo, 2021 - 10:11

Sánchez no está en el poder para hacer avanzar una sociedad, transformarla según sus ideas acertadas o disparatadas y a desgastarse en esa empresa, a Sánchez esa vertiente del poder le da igual. 

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene en la presentación del acto 'Haciendo de España un polo industrial del hidrógeno verde en Europa', a 24 de mayo de 2021, en Toledo, Castilla-La Mancha, (España). Este encuentro está convocado para dar a conocer una importante iniciativa inversora en España para la generación de hidrógeno renovable gracias a un acuerdo entre la corporación norteamericana Cummins y la energética española Iberdrola que se materializará en una inversión de 60 millones de euros.
24 MAYO 2021;TOLEDO;CASTILLA LA MANCHA;HIDROGENO;RENOVABLE
Isabel Infantes / Europa Press
24/5/2021
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Isabel Infantes / Europa Press.

No sé qué tiene el poder para perseguirlo como lo persiguió Sánchez, que aunque lo echaron de su propio partido, se buscó un chofer en Navarra, Santos Cerdán, un buscavidas socialista únicamente conocido por odiar al PP más que la partido de la Eta, al que no odia, y se puso a recorrer España con un coche viejo para recuperarlo.

Alguien que es capaz de ese tipo de actos entre horteras y humillantes para llegar a arriba, a mí me daría vergüenza intentar volver a un sitio del que me han echado, es capaz de lo que sea para no tenerse que ir de nuevo. A esa clase de yonkis hay que desalojarlos siempre. 

Pero volvamos al tema principal. Qué tendrá el poder que pese a consumirlo y corroerlo físicamente, se está haciendo viejo a una velocidad que asusta, es un retrato de Dorian Gray en directo, sin velo que oculte la transformación en esa cosa con patas en la que se metamorfoseó Gregorio Samsa; y moralmente, sus mentiras públicas son tan habituales que ya son marca de la casa un vídeo con una opinión suya y otro con la contraria cinco minutos después, Sánchez es incapaz de desengancharse de esa droga.

¿Compensará el volar en helicóptero, avión privado, disfrutar de los palacios de patrimonio nacional en vacaciones, que te llame el servicio presidente y te abran las puertas al pasar todo ese espectáculo bochornoso que nos está brindando el personaje? 

Quiero decir, degradarte tanto como ser humano delante de una audiencia, bajar con una cámara de televisión que te enfoca a los infiernos de la condición humana, rencor, envidia, egolatría, sadismo... ¿le permitirá disfrutar de los placeres de los que dispone un poderoso o vivirá con miedo a perderlo en cualquier segundo, como el drogadicto que solo piensa angustiado cuando se mete un pico en cómo conseguir la siguiente papelina?

Sánchez es un tipo curioso. Sánchez no está en el poder para hacer avanzar una sociedad, transformarla según sus ideas acertadas o disparatadas y a desgastarse en esa empresa, a Sánchez esa vertiente del poder le da igual. 

Él no quiere mandar como quiso mandar González o Aznar, él solo quiere el poder, la representación del poder, la encarnación del poder, la presidencia del poder, no el cargo ejecutivo del poder, por eso le ha dado igual durante este año y medio ponerse de perfil y que fueran otros los que hicieran y deshicieran. Los aspectos prácticos del poder le dan igual, no los quiere. 

Sánchez no tiene ideales más allá de la permanencia en el poder y por eso durante esta pandemia no se ha preocupado en mejorar ningún aspecto de la vida de la gente. Mientras la gente moría, él pactaba con el partido de la eta. Mientras la gente se quedaba sin trabajo y sin futuro, él hablaba con los independentistas catalanes de indultos a los presos golpistas. Mientras el país se desangra Sánchez solo se ha preocupado de no perder sus apoyos aún a costa de demoler las instituciones que sustentan el estado. Sánchez no quiere hacer nada con el poder, Sánchez solo quiere poseerlo, encarnarlo, metérselo en vena.

Por eso con quien rivaliza es con el jefe del estado, el rey Felipe VI, su enemigo absoluto, su antagonista virtuoso -frente a la prudencia de uno, la ambición desmedida del otro. Frente a la Constitución que representa el monarca, la prostitución del estado de derecho que encarna el presidente-, y no con ningún político, a los que ve como seres inferiores: tomar decisiones, qué ordinariez... y eso es todo.


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