Opinión / A mí no me líe

Pamplona debe de independizarse

Por Javier Ancín 21 septiembre, 2018 - 9:26

Tenemos que hablar. Seamos valientes, quitémonos las caretas. No soy yo, eres tú, que eres un euskoplasta. Hace mucho que lo único que nos une es la inercia de haber estado juntos unos cuantos años.

Ofrenda floral ante el mausoleo de Carlos III en la Catedral  con motivo del día del Privilegio de la Unión de Pamplona. IÑIGO ALZUGARAY
Ofrenda floral ante el mausoleo de Carlos III en la Catedral con motivo del día del Privilegio de la Unión de Pamplona. IÑIGO ALZUGARAY

Lo acabo de ver tan claro como cuando Jack Nicholson en A propósito de Schmidt, una noche desvelado en la cama, con su mujer roncando a su espalda -típico matrimonio de toda la vida- se pregunta, ya jubilado, quién coño es esa gorda que está durmiendo a su lado.

En realidad, cuando “tenemos que hablar”, ya no tenemos nada de qué hablar.

La gente de Pamplona no se aguanta. Es un hecho. No es una opinión. Nos damos asco. Asco puto. No hay más que vernos. Aunque muchos disimulan con las visitas, pensando que hay algo que salvar o el qué dirán o yo qué sé: “Qué bien nos va. Como aquí, en esta ciudad, no se vive en ninguna otra”. Mentira.

Si no tenemos ya nada en común, si no nos miramos. Nos despreciamos. Incluso alguno, para darte más asco -una versión en batua de la guerra de los Rose-, deja la puerta abierta del cuarto de baño cuando tras el café, se pone a defecar desnudo, peludo, grasiento, viejo, rascándose los huevos a la vez que fuma, tirando la ceniza ora entre sus piernas ora en el lavabo, para que la náusea sea ya irreprimible. ¿No puedes cerrar la puerta, gilipollas? Hay gente que hace de la contemplación forzosa de su ser, el peor de los insultos.

Hay dos grupos mayoritarios en Pamplona/Irroña: nacionalistas vascos y no nacionalistas vascos. Aquí no nos dividimos entre izquierda y derecha, que de ambos hay en los dos bandos irreconciliables. Ya ni en Sanfermines nos saludamos y cuando bajamos al Sadar, tratamos unos de entrar por unas puertas hacia unos graderíos y otros hacía otros vomitorios, aburridos de tener que compartir los mismos espacios.

Urge romper este matrimonio absurdo que lo único que nos está haciendo es destruirnos. Merecemos empezar de nuevo para conseguir algo mejor. Merecemos ser felices, joder. Hace tiempo, siglos, que en vez de follarnos solo sabemos jodernos, a todas horas. Esto es inaguantable.

Quizás los aberchandales tengan razón en lo de pedir la independencia. Si la cosa va de crear naciones nuevas, étnicamente puras, no veo inconveniente en que también se puedan separar ciudades por ideologías. A tomar viento.

No tener que soportar a un batasuno nunca más, en la vida, ponerte la cabeza como un bombo es algo que lo imagino y se me saltan las lágrimas de la emoción. ¿De verdad que eso existe... ciudades así? Prometo que si eso sucede vuelvo del exilio donostiarra/madrileño -las dos capitales vascas en las que me muevo donde se vive, ay cómo se vive...- como gesto de buena voluntad, para dar ejemplo de reconciliación.

Una vuelta a los burgos me parece que sería la opción menos traumática para nuestra ciudad. La Chantrea con tx, la Rochapea supongo que también con tx, San Jorge con lo que sea, San Pedro... ¿San Pedro existe o es un poco como el burgo de san Miguel que nadie lo tiene muy claro?

Resumiendo, lo que queda al otro lado del Arga, abajo, para ellos: Reino batasuno republicano de Irroña y todo lo contrario. Para nosotros lo de arriba, Pamplona, a secas, no necesitamos más: Iturrama, San Juan, los Ensanches... Y lo viejo, zona desmilitarizada de ikurriñas y demás pancartas cansalmísticas. Una zona neutral, por los hijos más que nada, donde poder tomar una cocreta (sic), una cerveza, comprar unos boletos en la tómbola de Cáritas, ver si nos toca la bici para darle gusto a Cuenca y tan felices luego cada uno a su ciudad

Separémosla, repartámosla y a vivir en paz todo el mundo. La Pamplona burguesa mirando al progreso, por fin, sin distracciones, sin pérdidas de tiempo folclóricas, y la Irroña en su burbuja perfecta donde por fin podrán tocar diana a diario con los de los cencerros en el culo y poner tres millones de ikurriñas por cada habitante en las farolas de la berriciudad.  O cuatro... no vayan a quedarse cortos y alguien los confunda con un barrio dormitorio de Soria.

Al final, Pamplona, la Pamplona del Privilegio de la Unión, no deja de ser el invento de un rey gabacho, Carlos III el Noble, y de una reina castellanaza/españolaza que cuando vinieron aquí y vieron lo imbéciles que éramos, zurrándonos a hostias entre los burgos separados por menos de 100 metros entre sí a diario, decidieron que basta ya, que abajo las murallas y que todos junticos como buenos hermanos.

Hermanos, dice... ilusos. El gabacho no tenía ni puta idea del asco que nos tenemos entre nosotros y pensó que esas rencillas entre barrios iban a desaparecer, diluidas. Ni de coña, claro. Duran hasta hoy. Y con más fuerza que nunca. Caravinagre no es casual que sea lo que mejor define a esta ciudad.

El gabacho, viendo el percal, también se dio cuenta, dejándonos por imposibles. Se construyó un palacio en Olite y se largó allí a disfrutar del sol, alejándose de las nubes sobre la Cuenca siempre amenazando tormenta, mientras él se dedicaba a la poesía, la música, el amor a la castellana y al vino. Un sabio. Un jodido festivalero. Y eso es todo.


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