Opinión / A mí no me líe

Euskoaburrimiento

Por Javier Ancín 21 febrero, 2018 - 9:35

Llueve. Llueve en Pamplona de una forma aburrida, sin intensidad, sin generar espectáculo alguno, solo por molestar, calando, en silencio. Llueve aburrimiento sobre la aburrida Pamplona. Ciudad gris y triste.

GRA261. PAMPLONA, 05/02/2017.- Imagen de un paraguas roto en una papelera de una calle de Pamplona que hoy se ve afectada por fuertes vientos, de hasta 90 kilómetros por hora en el norte de Navarar y nieve de más de veinte centímetros de espesor, por lo que se ha activado el aviso naranja. EFE/Villar López
GRA261. PAMPLONA, 05/02/2017.- Imagen de un paraguas roto en una papelera de una calle de Pamplona que hoy se ve afectada por fuertes vientos, de hasta 90 kilómetros por hora en el norte de Navarar y nieve de más de veinte centímetros de espesor, por lo que se ha activado el aviso naranja. EFE/Villar López

Para una depresión esta ciudad es un disparo en mitad del pecho. Triste ciudad, como circular con una bici mientras te calas por la aburrida lluvia, mientras te salta sobre la espalda el reguero de mugre que te ensucia entero, recordándote que eres mortal y de barro. No hay nada más triste y frío que pedalear bajo la lluvia. Las bicicletas son para el verano, eso todo el mundo que aprecie la bici lo sabe, como el título de la obra de teatro que escribió Fernando Fernán Gómez, no para esta ciudad donde el invierno dura más de 350 días al año. El verano aquí es una mañana y media tarde y si te pilla despistado te la pierdes.

Un estudio del prestigiosos Instituto Tecnológico de Stalgasin asegura que Pamplona es una de las ciudades con el ratio de suicidios más alto del universo. No seré yo quien discuta a los expertos. Una ciudad aburrida y oscura no puede generar otra cosa más que dramas.

El el capítulo decimotercero de su ensayo: "Aburridos los quiere el nacionalismo", de mi autor de cabecera, Jean Louis Valenciene, escribe esto que procedo a traducir del francés más o menos literal y con lo que estoy bastante de acuerdo:

“El aburrimiento es un arma revolucionaria, como la mentira. Una sociedad a la que se le aburre es una sociedad más manipulable. Aburrir a una sociedad es como ese sapo que no es capaz de saltar de la olla que se va calentando hasta hervir, para hacer con ella lo que se quiera, hasta incluso la muerte, como el animal cocido. Una sociedad aburrida es una sociedad perdida. Una sociedad aburrida es una sociedad quieta. Teme y aléjate de quién te quiera aburrido y quieto, no vaya a ser que mires alrededor, o por la ventana, y descubras que fuera existe la diversión, la vida, la diversidad, el futuro”.

Me acordé entonces del terror que le daba a Otegi internet, porque le parecía que producía aburrimiento -pobre terrorista iluso- allí por le 2003. Se lo confesó al cansalmas de Julio Medem en La pelota vasca, aquel documental bastante ñoño, muy como actividad final de primero de carrera de imagen y sonido.

Un ejercicio infantil que al menos nos dejó esta perla, también de un infantil que mete miedo. Literalmente Otegi dijo: "Pensamos que el día en que en Lekeitio o en Zubieta se coma en hamburgueserías y se oiga música rock americana, y todo el mundo vista ropa americana, y deje de hablar su lengua para hablar inglés, y todo el mundo esté, en vez de estar contemplando los montes, funcionando con internet, pues para nosotros ese será un mundo tan aburrido tan aburrido que no merecerá la pena vivir."

Luego internet les pasó por encima, internet es fascinante, y tuvieron que crear un ejército muy bien engrasado de trols para intentar seguir aburriendo a la sociedad. No tienen mucho éxito, pero siguen intentando someterla a golpe de trol, dirigiendo opiniones y almas.

El aburrimiento los aberchandales sí que lo utilizan como arma revolucionaria. Una vez más, Jean Louis Valenciene mete un dardo en el epicentro del problema del nacionalismo. No me extraña que no quieran que leamos en otros idiomas y que pretendan reducirnos cada vez más la realidad al suyo, solo al suyo, su euskera, ese idioma ideológico del que algunos huimos como de la lluvia, porque no queremos identidades, queremos comunicarnos. Están matando su idioma pero no son conscientes. Ya se darán cuenta cuando deje de ser un modo de vida, porque lo dejará de ser, es insostenible. Es la última burbuja. Petará.

En el fondo es por esto que Asiron no ha permitido hacer un hotel para jóvenes en Pamplona, no vaya a abrir los ojos la gente y nos jodan nuestro proyecto de ingeniería social. Les da terror que la juventud se mezcle con otra juventud y deje de mirar los montes, aburridos  como las vacas, y se dedique a mezclarse, diluirse, divertirse y ver mundo. Las ciudades siempre han sido más divertidas que los pueblos. Entre pueblerinos y ciudadanos yo me quedo con ciudadanos. Cada vez más gente elige ciudadanos. Algo está cambiando muy rápidamente.

Asiron dice que no quiere un hotel para jóvenes por no fomentar el turismo de borrachera... él, que tiene la Navarrería como la tiene, alcoholizada y bien consumida por los canutos, tirada por el suelo, mugrienta. Esa Navarrería no le preocupa, porque esa Navarrería es de los suyos. En esa plaza sí que pueden abrirse locales municipales a golpe de okupación, consentida por el que manda, para que se anestesien trasegando birras y porros los jóvenes, para que se aburran en su endogamia más rancia y no despierten nunca. Esa sí que es una ciudad que no merece la pena ser vivida. Hachis, Pamplona, la combinación ideal par la parálisis permanente.

El aburrimiento mata más que cualquier otra cosa en el mundo. Pero hay antídotos. Jep Gambardella en La gran belleza:  "El descubrimiento más importante que hice pocos días después de cumplir los sesenta y cinco años es que no puedo perder más tiempo haciendo cosas que no quiero hacer".

Yo fui consciente de eso con 39. Tarde, pero no del todo. He perdido tanto tiempo haciendo y estando en sitios donde realmente no quería estar y hacer, que me olvidé de lo importante, de desear estar en cada momento donde quería estar, no a una distancia inmensa de ese lugar soñado.

Y entonces, la libertad de la modernidad me permite estas cosas, metí los trastos en la mochila, hice una maleta ligera, encendí el coche y puse en el GPS: Lisboa. En nueve horas, solo en nueve horas, lo que dura una aburrida jornada laboral de un anodino administrativo gris, lluvioso, de Pamplona, estaré cruzando el puente 25 de abril, con Pessoa de copiloto. Qué cerca en realidad está todo cuando te liberas de los muermos que intentan convencerte de que te estés quieto, de que tú solo tienes que estar aquí, con tu identidad, con tu hecho diferencial, aburrido.

Por el camino pillaré un hotel por internet. A mí internet no me da miedo, como al aberchadal de Otegi. A mí internet me da trabajo, movilidad y me salva siempre la vida y los viajes, valga la redundancia. Tengo la sensación de vivir en el futuro, por fin. Mañana me como con los ojos la inmensidad del Atlántico, mezclándome con el mundo que me vaya encontrando por el camino, mientras escribo en algún café chulisimo. Allí nunca llueve por dentro. Eso es vida y es bella. Y eso es todo.


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