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Opinión / A mí no me líe

Un osasunista en Madrid

Por Javier Ancín 08 febrero, 2017 - 10:12

El otro día pasé por allí, pero ya no estaba. Sabía que lo habían cerrado hace años pero me apetecía recordar las caminatas que me pegaba desde la plaza de Olavide, donde vivía, hasta aquella zona más noble para refugiarme en su barra.

El escudo de Osasuna, siempre presente
El escudo de Osasuna, siempre presente

La primera vez que me fui a vivir a Madrid hace como 15 años, más o menos, en la calle Hermosilla con Príncipe de Vergara había un bar que se llamaba El Sadar. El Sadar, en pleno madrileño barrio de Salamanca. Háganse cargo del oasis extraño que era aquello. Allí nos juntábamos, sobre todo los domingos por la tarde, cuando el fútbol tenía un horario de humanos, a ver los partidos de Osasuna.

Íbamos en anónima peregrinación, cada uno desde su punta de la ciudad, diluidos en metros, coches, autobuses, motos, andando, hasta que llegábamos, entrábamos en aquel garito con los tiradores de la puerta con el escudo de nuestro equipo y comenzaba la ceremonia. Ya no éramos anónimos, ahora éramos osasunistas en aquel graderío madrileño. No recuerdo que quedara nunca con nadie para ir. Mis amigos de Pamplona, salvo Miguel, no eran son nada futboleros.

Me acercaba solo, entraba, y en el tiempo que tardaba en pedirme una Mahou, en Madrid yo siempre bebo Mahou, y encenderme un cigarro, porque yo fumaba como un animal por entonces, ya me había encontrado con algún conocido con el que charlar un rato antes de que empezara el partido. Por aquellos años aún conservaba algo de mi navarrismo y aprecio por Pamplona y me gustaba encontrarme con gente de casa.

Me sentía bien entre personas que compartíamos más o menos un universo local común. Hoy, como todos los que me sigan por aquí ya saben, me importa un bledo todo eso. El caso es que esa necesidad que tenía por entonces de sentirme de algún grupo étnico o como se llame, casi juvenil, adolescente mental, aquel bar la colmaba absolutamente.

Para darle más dramatismo identitario cada descanso me pedía un bocata de chistorra porque los sentimentales somos así, incluso creo que los últimos pacharanes que me he tomado, bebida que no es que me guste especialmente, me los pimplé allí.

Un navarro tiene que beber le guste o no bebida Navarra. Era un crio muy iluso, lo reconozco. Hoy que ya soy adulto me quedo con el Rioja o el Ribera del Duero al vino navarro salvo que sea Inurrieta, que ese vino sí que lo prefiero a cualquier otro, pero porque está muy bueno, no porque sea de dónde es.

El ambiente era magnífico, jóvenes que empezaban a vivir, a abrirse camino en curros ilusionantes en la capital se juntaban para dejar de ser niños y comenzar a ser adultos juntos. Había un buen rollo como pocas veces he visto en lugares parecidos. Tuvimos la suerte de que nos tocó una buena época de Osasuna y cantábamos muchos goles. Cuando esto pasaba salíamos por la acera de la calle a celebrarlo rodillas en tierra, apretando los puños contra el pecho, abrazándonos como posesos y bailando, mientras asustábamos a algún caniche y a alguna señora bien que por ahí pasaba.

Era divertido. Algún vecino que ya se conocía el panorama se apostaba cerca para reírse mucho con el ritual de ver a una señora bien ajustarse el abrigo de piel contra la papada y salir deprisa calle abajo porque los navarros, como nos llamaban, estaban liándola un domingo a las seis de la tarde por las aceras de Madrid. Alguno a veces entraba a tomarse un algo con nosotros y le contábamos historias del verdadero Sadar y de los Sanfermines.

Éramos inofensivos y gamberros y buena gente. Y los que se nos acercaban siempre se iban más contentos de lo que habían venido. Aunque me gustaba menos aquel Madrid de lo que me gusta hoy, quizás porque mi vida, cómo no, era una mierda, aquella por exceso, y aunque ahora ya no me tomaría pacharanes solo porque se llama la bebida pacharán, y es de donde es, a veces echo de menos aquellas tardes de domingo con aquellos desconocidos amigos que tenía. A veces incluso echo de menos sentirme de algún lado.

Allí vivimos la competición de aquella mítica Copa del Rey en la que llegamos a la final. La final la vi en el Calderón y es uno de los días más emocionantes que recuerdo. De mis tres o cuatro vidas que me he tenido que inventar a lo largo de mi vida, aquella primera etapa madrileño me tocó con traje y corbata porque yo era una joven promesa, y cuando mis vecinos pijos del edificio donde vivía me vieron salir aquel día de junio, por la mañana, con la bufanda en la cabeza, el pañuelo de san Fermín al cuello, la camiseta de Osasuna y la bandera de Navarra sobre los hombros se quedaron asustados.

¿Hay partido hoy?, me preguntó uno. No, hoy celebramos san Fermín en Madrid. Y ya te digo que lo celebramos. Como nunca. Luego perdimos, pero yo ya sabía que íbamos a perder, porque yo siempre pierdo a todo. Como sabía qué iba a pasar solo quería celebrar un gol. Solo deseaba celebrar un gol que sirviera de algo, solo eso, y eso el diosito del fútbol sí que me lo concedió.

El gol de Aloisi que nos metía en la prórroga creo que es el momento de éxtasis más salvaje que he tenido en mi vida futbolera. He tenido alguno mucho más emotivo, como aquel que conté una vez de mi amigo fallecido Pablito, pero salvaje, salvaje, éste fue el que más. Me abracé con medio graderío y casi me caigo hacia abajo por ponerme a saltar, o intentarlo, en el filo del respaldo del asiento. Más vale que alguien me agarró de la camiseta y me tiro hacia atrás que si no aparezco en el césped.

Luego marcó el Betis y se nos jodió Pamplona, claro, y más cosas se nos jodieron, a mí por lo menos aunque aún no sabía cuáles, pero qué más daba, yo estaba destrozado del día de juerga y por el paseo de los Melancólicos ya sabía, lo tenía asumido, que siempre todo acaba mal. Creo recordar que nunca más volví al bar El Sadar. Dejé mi vida en Madrid antes de la siguiente temporada y volví a la casa del pueblo solo con mis libros, a empezar de nuevo de cero, como siempre me pasa. En fin, no sé por qué he contado esto, pero me apetecía hacerlo. Pasear por Madrid siempre hace que recuerde cosas buenas. Y eso es todo.


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